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Edgar Omar Avilés


 

La mujer que escribía poemas a la lluvia

A cinco años de haber naufragado la mujer, sola en su reducida isla desierta, sin más compañía que unos viejos libros —de los cuales arrancaba las hojas para deslavarlas y escribir sus poemas utilizando varas carbonizadas—, pescó una botella de mar. Adentro encontró una piedra larga, delgada y aplastada, como la hoja de una navaja, que tenía torpemente esculpido: metuia. La mujer emocionada volvió a leer la palabra cien veces, al final concluyó casi en llanto: “Es una clave que significa sin duda: MuÉstrame TU poesÍA”.

Y así la mujer le mandó adentro de la botella el primer poema.

Siete días tuvieron que pasar para que llegara la contestación: jumuitay reehlat rpotos juka. La mujer, sin encontrar mayor coherencia tras muchas horas, decidió que el mensaje significaba: “Es hermoso”. Y mandó un nuevo poema.

Los días de marea muy alta se sucedieron junto con las notas de contestación, esculpidas cada vez con mayor pericia en las piedras:

uslkia nawt terso ohj

ubop calido koilt

sqawt suave qujria es kolip

si deshj mucho koiltrwp gusta

Con los meses, su lector aprendía más y más palabras del castellano y ella procuraba los poemas de lluvia, pues estaba segura que esos le agradaban más.

Aconteció, tras casi dos años, que agotó el papel de sus reservas.

La última nota pétrea que arribó a su costa, luego de mandar vacía la botella, fue: por que no mandas son calidos suaves sensibles consistentes tengo frio vivir sin ellos.

Una embarcación pasó a los pocos meses. La mujer imploró y tuvo que entregar su cuerpo para que le fuera concedido el deseo de ir a la otra isla que, los marineros aseguraban, era la única cercana en esos lares. “Pero no alberga nada, ni árboles, ni pastos. Sólo los fuegos del sol, las lluvias y los témpanos de la noche entre sus arenas estériles y sus filosas piedras aplastadas”, advirtieron mientras subían sus pantalones; pero ella replicó: “Ahí se encuentra mi gran admirador, y no importa si es mujer, yo lo quiero para mí. ¡Necesito rescatarlo!” Por último solicitó papel y escribió un nuevo poema que guardó en la botella, para después entregarlo en persona.

Llegaron a la otra isla. La mujer emocionada bajó para abrazar fuerte no sólo a su gran admirador, sino al único que la comprendía. Pero regresó desconsolada tras unas horas murmurando: “No hay nadie, pero he dejado mi poema”. Y se desplegaron las velas.

Por la noche se recostó en la proa, acunada en una mar juguetona. Vio al cíclope azabache que en el cielo se burlaba mostrándole sus millones de dispersos dientecillos, luego sonrió entre enternecida y aniquilada por la decepción, percibiendo en los aires fantasía. Entonces recordó, sin comprender cabalmente, que en aquella isla sólo encontró a un animal feo y a su familia —algo parecidos a koalas, pero sin pelo—, tan juntos arrebujados en un nido, hecho de pedazos de papel llenos de una plasta gelatinosa como pegamento. En alguno de los pedazos de papel alcanzó a leer:

Leer Melodental