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Benjamín Barajas


 

La noche intacta (en La gracia inmóvil)

 

El caos

El caos entra a los sueños,
y proclaman las imágenes su credo.
Vuelven los días de los remotos hechos,
parten la alegría con vieja espada
y nos dejan esa forma acariciable y vaga.

 

Al despertar

Al despertar exhibimos en la cama
nuestra condición reclusa.
Hay en la frente una síntesis de luz
y en los labios la fatiga
de un sabor que nos implica.
Despertamos para un grito
un alarido
y volvemos a la antigua condición
vacíos.

 

Como un árbol

Como un árbol respiramos en secreto
y comemos pan extraño
mezcla de la lluvia con el sol
y dulce sal de muerto.
Como un árbol emprendemos el oficio de la vida
y seguimos al verde desafío que a nadie obliga.

 

Ciudad

Un miedo sin fantasma nos hechiza,
se enciende la ciudad en nuevos ritmos
y reparte en cada lámpara una gota de su vida.
Ciudad de amor terrestre, de apresurada huella,
espacio en que perdemos la mirada
en un rostro de mujer, de hombre o de quimera.

 

De lo disperso

Reunimos en un punto la pasión de lo disperso:
una lámpara que arde con círculo nocturno
una voz que va palpando la piel de otro deseo,
reunimos las imágenes en torno a la memoria,
preparamos la palabra y la sonrisa natural
como una herida,
preparamos el desnudo como la luz se prepara
antes de hacer el día.

 

Utopía

En lo mejor de la calle
tal vez un rostro nos permita
construir las realidades.
A la mitad del viento
o en el centro del agua horizontal
emerge como isla
que el fuego levantó de las profundidades.
En lo mejor de la calle
el pensamiento se deja deslizar
por esa piel de superficie suave.

 

Puertas

Tocamos puertas de imposible llave
vamos en medio de la noche
como náufragos metódicos
esperando la señal, la clave...
bajo el rigor oscuro,
queremos insistir, partir las sombras
y esperamos el nuevo amanecer
desde un presente alcoholizado y crudo.

 

Cada mañana

Cada mañana descubríamos
(como el agua o el animal)
el rumbo que tomar,
cada mañana había en los ojos
un deseo de claridad
y apurábamos la taza de café
y seguíamos el ímpetu del sol
sin fatigar.
Cada mañana trajo un árbol
y a su abrigo
la noche se reunía puntual.

 

La orilla de la llama

En los ojos persiste la ilusión
el rito de la forma en vieja danza,
el ritmo al que supimos penetrar
con un salto de emoción, sin gracia.
Se aviva el sol y el aire juega
con la orilla de la llama
y es grande cada beso,
cada mordedura de raíz deja su marca.

 

Cerrar los ojos

Cerrar los ojos es quedar a solas
como bestia sin destino
acostumbrada a retener
del rostro de los otros
algún vago jeroglífico.
Cerrar los ojos es quedar a solas
delgados de mirar la ruta de la luz
por los resquicios de una casa a oscuras.
Cerrar los ojos es reír para nosotros
como locos rodeados de destierro.

 

Sabores

Pasada la memoria
de cuerpos y de nombres,
pasada la angustia y el deseo
sobre el espejo que proyecta
nuestra paz inmóvil.
Se detiene en este cuerpo
la sangre sencilla y torpe
y una risa involuntaria
como una herida noble
se tiñe de nostalgia
y de cándidos sabores.

 

Cotidiana

Vivimos la alegría de un vino crudo
entre días sin contenido
y llenos de ese sol a la mirada absurdo.
Vivimos la alegría sonámbula
compartimos la breve intimidad
de una mirada
y la pequeña muerte de un deseo.
Vivimos la luz en retroceso
y el sueño de oro limitado por un cuerpo.

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