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La noche intacta (en La gracia
inmóvil)
El caos
El caos entra a los sueños, y proclaman las imágenes su credo. Vuelven los días de los remotos hechos, parten la alegría con vieja espada y nos dejan esa forma acariciable y vaga.
Al despertar
Al despertar exhibimos en la cama nuestra condición reclusa. Hay en la frente una síntesis de luz y en los labios la fatiga de un sabor que nos implica. Despertamos para un grito un alarido y volvemos a la antigua condición vacíos.
Como un árbol
Como un árbol respiramos en secreto y comemos pan extraño mezcla de la lluvia con el sol y dulce sal de muerto. Como un árbol emprendemos el oficio de la vida y seguimos al verde desafío que a nadie obliga.
Ciudad
Un miedo sin fantasma nos hechiza, se enciende la ciudad en nuevos ritmos y reparte en cada lámpara una gota de su vida. Ciudad de amor terrestre, de apresurada huella, espacio en que perdemos la mirada en un rostro de mujer, de hombre o de quimera.
De lo disperso
Reunimos en un punto la pasión de lo disperso: una lámpara que arde con círculo nocturno una voz que va palpando la piel de otro deseo, reunimos las imágenes en torno a la memoria, preparamos la palabra y la sonrisa natural como una herida, preparamos el desnudo como la luz se prepara antes de hacer el día.
Utopía
En lo mejor de la calle tal vez un rostro nos permita construir las realidades. A la mitad del viento o en el centro del agua horizontal emerge como isla que el fuego levantó de las profundidades. En lo mejor de la calle el pensamiento se deja deslizar por esa piel de superficie suave.
Puertas
Tocamos puertas de imposible llave vamos en medio de la noche como náufragos metódicos esperando la señal, la clave... bajo el rigor oscuro, queremos insistir, partir las sombras y esperamos el nuevo amanecer desde un presente alcoholizado y crudo.
Cada mañana
Cada mañana descubríamos (como el agua o el animal) el rumbo que tomar, cada mañana había en los ojos un deseo de claridad y apurábamos la taza de café y seguíamos el ímpetu del sol sin fatigar. Cada mañana trajo un árbol y a su abrigo la noche se reunía puntual.
La orilla de la llama
En los ojos persiste la ilusión el rito de la forma en vieja danza, el ritmo al que supimos penetrar con un salto de emoción, sin gracia. Se aviva el sol y el aire juega con la orilla de la llama y es grande cada beso, cada mordedura de raíz deja su marca.
Cerrar los ojos
Cerrar los ojos es quedar a solas como bestia sin destino acostumbrada a retener del rostro de los otros algún vago jeroglífico. Cerrar los ojos es quedar a solas delgados de mirar la ruta de la luz por los resquicios de una casa a oscuras. Cerrar los ojos es reír para nosotros como locos rodeados de destierro.
Sabores
Pasada la memoria de cuerpos y de nombres, pasada la angustia y el deseo sobre el espejo que proyecta nuestra paz inmóvil. Se detiene en este cuerpo la sangre sencilla y torpe y una risa involuntaria como una herida noble se tiñe de nostalgia y de cándidos sabores.
Cotidiana
Vivimos la alegría de un vino crudo entre días sin contenido y llenos de ese sol a la mirada absurdo. Vivimos la alegría sonámbula compartimos la breve intimidad de una mirada y la pequeña muerte de un deseo. Vivimos la luz en retroceso y el sueño de oro limitado por un cuerpo. |