|
Regresar al índice
|
|
|
Aloysius Bertrand |
|
Las fantasías de Gaspar de la noche / libro primero |
|
|
V EL VENDEDOR DE TULIPANES El tulipán es entre las flores lo que el pavo real es
entre los pájaros. Ningún ruido, a no ser el del roce de las hojas de vitela entre los dedos del doctor HuyIten, que no apartaba los ojos de su Biblia tapizada de góticas miniaturas sino para admirar el oro y la púrpura de dos peces cautivos entre las húmedas paredes de un bocal. Los batientes de la puerta giraron: era un vendedor de flores que, con los brazos cargados de varias macetas de tulipanes, se excusó por interrumpir la lectura de tan sabio personaje. «¡Maestro le dijo, he aquí el tesoro de los tesoros, la maravilla de las maravillas, un bulbo como no florece más que uno al siglo en el serrallo del emperador de Constantinopla!» «¡Un tulipán —exclamó el anciano enojado—, un tulipán, ese símbolo del orgullo y la lujuria que engendraron en la desdichada ciudad de Wittemberg la detestable herejía de Lutero y de Melanchton!.» Maese HuyIten cerró el broche de su Biblia, colocó sus anteojos en el estuche y apartó la cortina de la ventana, dejando ver al sol una flor de pasión con su corona de espinas, su esponja, su látigo, sus clavos y las cinco llagas de Nuestro Señor. El vendedor de tulipanes se inclinó respetuosamente y en silencio, desconcertado por una mirada inquisidora del duque de Alba, cuyo retrato, obra maestra de Holbein, colgaba de la pared.
VI LOS CINCO DEDOS DE LA MANO Una honrada familia que no se ha visto nunca en bancarrota,
en la que nadie ha sido jamás ahorcado. El pulgar es ese gordo tabernero flamenco, de humor chocarrero y pícaro, que fuma a su puerta, bajo la muestra de la cerveza doble de marzo. El índice es su mujer, virago seca como un bacalao que, desde por la mañana, abofetea a su sirvienta, de la que está celosa, y acaricia su botella, de la que está enamorada. El dedo medio es su hijo, compadre desbastado a hacha, que sería soldado si no fuera cervecero y caballo si no fuera hombre. El dedo anular es su hija, diestra e insinuante Zerbina, que vende encajes a las damas y no vende sus sonrisas a los caballeros. Y el dedo meñique es el Benjamín de la familia, rapaz llorón que está siempre columpiándose de la cintura de su madre, como un niño pequeño colgado del garfio de una ogresa. Los cinco dedos de la mano son el más maravilloso alhelí de cinco hojas que jamás hayan bordado los parterres de la noble ciudad de Harlem.
VII LA VIOLA DE GAMBA Reconoció, sin asomo de duda, el rostro lívido de su
amigo intimo Juan Gaspar Deboureau, Al claro de la luna, Apenas el maestro de capilla hubo interrogado con el arco la runruneante viola, ella le respondió con un gorgoteo burlesco de gorgoritos y trinos, como si hubiera sufrido su vientre una indigestión de Comedia Italiana. *** Era, primero, la dueña Bárbara, que gruñía al imbécil de Pierrot por haber dejado caer, el muy torpe, la caja de la peluca del señor Casandro y haber derramado por el suelo todos los polvos. Y el señor Casandro a recoger lastimosamente su peluca, y Arlequín a soltarle al gaznápiro un puntapié en el trasero, y Colombina a enjugarse una lágrima de risa loca, y Pierrot a ensanchar hasta las orejas una mueca enharinada. Pero en seguida, al claro de luna, Arlequín, cuya vela había muerto, suplicaba a su amigo Pierrot que abriera los cerrojos para volvérsela a encender, de suerte que el traidor raptaba a la joven junto con la caja del viejo. *** «AI diablo Job Hans el guitarrero, que me vendió esta cuerda!», exclamó el maestro de capilla, recostando la polvorienta viola en su polvoriento estuche. La cuerda se había roto.
VIII EL ALQUIMISTA Nuestro arte se aprende de dos maneras, a saber: por
la enseñanza de un maestro, ¡Nada aún! ¡Y en vano he hojeado durante tres días y tres noches, al pálido resplandor de la lámpara, los libros herméticos de Raimundo Lulio! Nada, no, a no ser, junto al silbido de la retorta refulgente, las risas burlonas de una salamandra que ha hecho un juego de turbar mis meditaciones. Tan pronto ata un petardo a un pelo de mi barba, tan pronto me dispara con su ballesta un dardo de fuego en el manto. O bien bruñe su armadura y es entonces cuando aventa la ceniza del fogón sobre las páginas de mi formulario y en la tinta de mi escritorio. Y la retorta, cada vez más refulgente, silba la misma tonada que el diablo cuando San Eloy le atenazaba la nariz en su forja. Mas ¡nada aún! ¡Y durante otros tres días y otras tres noches hojearé, al pálido resplandor de la lámpara, los libros herméticos de Raimundo Lulio!
IX PARTIDA PARA EL SABBAT Se levantó ella de noche y, a la luz de la vela, tomó
una botella de cebo y se ungió; después, pronunciando ciertas palabras,
fue transportada al Sabbat. Había allí una docena comiendo la sopa en el ataúd y cada uno de ellos usaba por cuchara el hueso del antebrazo de un muerto. La chimenea estaba roja de ascuas, las velas chisporroteaban entre la humareda y los platos exhalaban un olor a fosa en primavera. Y cuando Maribas reía o lloraba, se escuchaba a un arco como gimotear en las tres cuerdas de un violín desbaratado. Entretanto, el soldado extendió diabólicamente sobre la mesa, al resplandor del sebo, un grimorio al que vino a caer una mosca abrasada. Aún zumbaba la mosca cuando con su vientre enorme y velludo una araña escaló los bordes del mágico volumen. Mas ya brujos y brujas habían alzado el vuelo por la chimenea, a horcajadas quién en la escoba, quién en las tenazas y Maribas en el mango de la sartén.
Aquí termina el primer
libro
|