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Aloysius Bertrand |
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Las fantasías de Gaspar de la noche / libro quinto |
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V La alarma «Sin separarse nunca de su carabina más que doña Inés del anillo de su bienamado». Canción española. La posada, un pavo real en su tejado, alumbraba sus vidrios con el incendio lejano del sol poniente, y el sendero serpenteaba luminoso por la montaña. *** «¡Chist! ¿No habéis escuchado nada vosotros?», preguntó uno de los guerrilleros, pegando el oído a la rendija del postigo. «Mi mula —respondió el arriero—, se ha tirado un cuesco en la cuadra». «¡Gabacho! —exclamó el bandido—, ¿monto yo acaso la carabina por un cuesco de tu mula? ¡Alerta! ¡Alerta! ¡Una trompeta! Vienen los dragones amarillos!». y de repente, al choque de las copas, al rechinar de la guitarra, a las risas de las sirvientas, al guirigay de la muchedumbre, sucedió un silencio a cuyo través hubiera zumbado el vuelo de una mosca. Mas no era sino el cuerno de un vaquero. Los arrieros, antes de embridar sus mulas para hacerse a la anchura, apuraron su odre, ya medio bebido; y los bandidos, que provocaban en vano a las gordas maritornes de la negra hostería, treparan a los sobradillos bostezando de tedio, de fatiga y de sueño.
VI El Padre Pugnaccio «Roma es una ciudad en la que hay más esbirros que ciudadanos y más monjes que esbirros». Viaje a Italia. El Padre Pugnaccio, con el cráneo fuera de la capucha, subía las escaleras del domo de San Pedro entre dos devotas envueltas en mantillas, mientras se escuchaba a las campanas y los ángeles reñir en las nubes. Una de las devotas —era la tía— recitaba un avemaría por cada cuenta de su rosario; y la otra —era la sobrina— espiaba con el rabillo del ojo a un apuesto oficial de la guardia del Papa. El monje murmuraba a la anciana mujer: «Dotad mi convento». Y el oficial deslizaba hasta la joven una esquela de amor almizclada. La pecadora se enjugaba unas lágrimas, la ingenua enrojecía de placer, el monje calculaba mil piastras al doce por ciento de interés y el oficial retorcía el pelo de su mostacho ante un espejo de bolsillo. ¡Y el diablo, acurrucado en la ancha manga del Padre Pugnaccio, reía socarrón como Polichinella!
VII La canción de la máscara «Venecia, de rostro de máscara». Lord Byron. ¡No es con hábito y rosario, sino con pandereta y disfraz como emprendo yo la vida, ese peregrinaje hacia la muerte! Nuestra tropa ruidosa ha desembocado en la plaza de San Marcos desde la hostería del signor Arlecchino, que nos había convidado a to-dos a un festín de macarrones en aceite y de polenta con ajo. Unamos nuestras manos, tú que, efímero monarca, ciñes la corona de papel dorado, y vosotros, sus grotescos súbditos, que le hacéis cortejo con vuestras capas de mil retales, vuestras barbas de estopa y vuestras espadas de madera. Unamos nuestras manos para cantar y bailar al corro, olvidados del inquisidor, al esplendor mágico de las girándulas de esta noche reidora como el día. Cantemos y bailemos nosotros que somos alegres, mientras esos melancólicos van canal abajo en el banco del gondolero y lloran al ver llorar a las estrellas. ¡Bailemos y cantemos, nosotros que nada tenemos que perder y que, tras el telón en el que se dibuja el tedio de sus frentes inclinadas, nuestros patricios se juegan a una baza de cartas palacios y queridas!
Aquí termina el quinto libro |