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Aloysius Bertrand |
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Las fantasías de Gaspar de la noche / libro segundo |
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Aquí comienza el segundo libro
El viejo París I LOS DOS JUDÍOS Vieux époux, Vieja canción. Dos judíos, que se habían detenido bajo mi ventana, contaban misteriosamente con la punta de sus dedos las horas demasiado lentas de la noche. «¿Tienes dinero, rabino?», preguntó el más joven al más viejo. «Esta bolsa —respondió el otro— no es ningún sonajero.» *** Mas entonces, un tropel de gente se precipitó con alboroto desde los cuchitriles del vecindario, y sus gritos restallaron en mis vidrieras como proyectiles de cerbatana. Eran unos alborotadores que corrían alegremente hacia la plaza del mercado, de donde el viento traía pavesas de paja y un olor a chamusquina. «¡Eh! ¡Eh! ¡Tarararí!» «¡Mis respetos a la señora luna!» «¡Por aquí la cogulla del diablo! ¡Dos judíos en la calle durante la queda!» «¡Apaleo! ¡Apaleo! ¡Para los judíos el día, para los truhanes la noche!» Y las campanas cascadas repicaban en lo alto, en las torres del gótico San Eustaquio: «¡Din-don, din-don, dormíos, din-don!.
II LOS MENDIGOS NOCTURNOS A monsieur Louis Boulanger, pintor. J’endure Canción del pobre diablo. «¡Eh! ¡Alineaos, que nos calentemos!» «¡Sólo te faltaba subirte encima del hogar! Este bribón tiene las piernas como tenazas.» «¡La una!» «¡Vaya cierzo!» «¿Sabéis, lechuzos míos, lo que pone a la luna tan clara?» «¡No!» «Los cuernos de los cornudos que allí queman.» «¿Roja brasa para asar una zarbacoa!» «¡Qué azul danza la llama sobre los tizones! ¡Eh! ¿Quién es el rufián que pegó a su compañera?» «¡Tengo helada la nariz!» «¡Y yo las grevas achicharradas!» «¿No ves nada en el fuego, Choupille?» «¡Si, una alabarda!» «¿Y tú, Jeanpoil?» «Un ojo.» «¡Lugar, lugar a monsieur de la Chousserie!» «¡Aquí estáis, señor procurador, cálidamente abrigado y enguantado para el invierno!» «¡Ya lo creo! ¡Los morroños no tienen sabañones!» "¡Ah! ¡He aquí a los señores de la ronda!» «Vuestras botas echan humo.» «¿Y los capeadores?» «Hemos matado a dos de un arcabuzazo, los demás escaparon por el río.» *** Y así es como se codeaban ante un fuego de teas, con los mendigos nocturnos, un procurador del parlamento que andaba de picos pardos y los gascones de la ronda, que narraban sin reír las hazañas de sus maltrechos arcabuces.
III EL FAROL La Máscara.- Está oscuro; préstame tu linterna. Una noche de Carnaval. ¡Ah! ¿Por qué se me habrá ocurrido esta noche que había sitio donde acurrucarme contra la tormenta para mí, duendecillo de canalón, en el farol de madame de Gourgouran? Yo reía al oír cómo un espíritu a quien el aguacero empapaba, mariposeaba en torno a la mansión luminosa sin poder encontrar la puerta por la que yo había entrado. En vano me suplicaba, ronco y aterido, que al menos le permitiera encender su torcida de cera en mi candil para buscar su camino. De súbito, el papel amarillo de la linterna se inflamó, reventado por una ráfaga de viento que hizo gemir en la calle las colgantes muestras como banderas. «¡Jesús, misericordia!», exclamó la beata, persignándose con los cinco dedos. «El diablo te atenace, bruja», exclamé, escupiendo más fuego que un buscapiés de artificio. ¡Ay! ¡Yo, que esta misma mañana rivalizaba en gracias y ornato con el jilguero de orejeras de paño escarlata del doncel de Luynes!
IV LA TORRE DE NESLE Había en la torre de nesle un cuerpo de guardia en el que se albergaba la ronda por la noche. Brantome «¡Valet de trébol!» «¡Dama de picas! ¡Yo gano!» Y el soldado que perdía mandó su apuesta al suelo de un puñetazo en la mesa. Mas entonces, micer Hugues, el preboste, escupió en el brasero de hierro con la mueca del avaro que se ha tragado una araña al comer su sopa. «¡Puagh! ¿Es que los chacineros escaldan ahora sus cerdos a medianoche? ¡Voto a Dios! ¡Si es un barco de paja que arde en el Sena! El incendio, que al principio no era sino un inocente fuego fatuo perdido entre las brumas del río, fue bien pronto una de mil diablos con disparos de cañón y venga de arcabuzazos al hilo del agua. Una turba de bufones, de cojitrancos, de mendigos nocturnos, atraídos al arenal, bailaban gigas ante la espiral de llama y humo. Y enrojecían cara a cara la torre de Nesle, de la que salió la ronda con la escopeta a la espalda, y la torre del Louvre desde la cual, a través de una ventana, el rey y la reina lo veían todo sin ser vistos.
V EL EXQUISITO Un perdonavidas, un exquisito. Scarron, Poesías «Mis guías aguzadas en punta semejan la cola de la tarasca, mi ropa blanca lo es tanto como un mantel de taberna y mi jubón no es más viejo que los tapices de la corona. ¿Alguien se imaginaría jamás, viendo mi pimpante facha, que el hambre, alojado en mi vientre, extrae de él —¡el verdugo!— una cuerda que me estrangula como a un ahorcado? ¡Ah! ¡Con sólo que de esta ventana, en la que chisporroteaba una luz, hubiera caído en el ala de mi chambergo una alondra asada en lugar de esta flor marchita! ¡La plaza Real está esta tarde, con sus faroles, clara como una capilla! “¡Ojo a la litera!” “¡Limonada fresca!” “¡Macarrones de Nápoles!” “¡Ea, pequeño, trae que pruebe con el dedo la trucha en salsa! ¡Bribón! ¡Le faltan especias a tu pescado de abril!”». «¿No es esa Marion de l’Orme del brazo del duque de Longueville? Tres perritos de lanas la siguen ladrando. ¡Hermosos diamantes tiene en sus ojos la joven cortesana! ¡Hermosos rubís lleva sobre la nariz el viejo cortesano!» *** Y el exquisito se pavoneaba, la mano en la cadera, codeando a los que pasaban y sonriendo a las que pasaban. No tenía para cenar; compró un ramillete de violetas.
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