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Aloysius Bertrand

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VI

EL OFICIO VESPERTINO

Quand, vers Pasques ou Noel, l’église, aux nuits tombantes
S’emplit de pas confus et de cires flambantes.

Victor Hugo, Les Chants du Crepuscule.

Dixit Dominus Domino meo: sede a dextris meis.

Oficio de Vísperas

Treinta monjes, espulgando hoja a hoja salterios tan grasientos como sus barbas, alababan a Dios y cantaban las cuarenta al diablo.

***

«Madame, vuestros hombros son un tejido de lis y de rosas.» Y como el caballero se inclinara, sacó un ojo a su criado con la punta de su espada.

«¡Burlador! —púsose ella melindrosa—. ¿Jugáis a distraerme?» «¿Es la Imitación de Cristo lo que leéis, madame?» «No, es la Berlanga de Amor y Galantería

Mas ya el oficio se había salmodiado. Ella cerró su libro y se levantó de su silla. «¡Vayámonos —dijo— bastante he orado por hoy!»

***

Y a mí, peregrino arrodillado a solas bajo el órgano, me parecía escuchar cómo los ángeles descendían melodiosamente del cielo.

Yo recogía de lejos algo de los perfumes del incensario y Dios permitía que espigase el grano del pobre tras de su rica cosecha.

 

VII

LA SERENATA

De noche, todos los gatos son pardos.

Refranero

Un laúd, una guitarra y un oboe. Sinfonía discordante y ridícula. Madame Laura en su balcón, tras una celosía. Ningún farol en la calle, ninguna luz en las ventanas. La luna con sus cuernos.

***

«¿Sois vos, d'Espignac?» «¡Ay! No.» «Entonces, ¿eres tú, mi pequeño Flor de Almendro?» «Ni uno ni otro.» «¡Cómo! ¿Vos otra vez, monsieur de la Tournelle? ¡Estáis buscándole tres pies al gato!»

LOS MÚSICOS PARA SU CAPOTE.— «El señor consejero va a pescar un resfriado.» «¿Pero es que el galán no teme al marido?» «¡Bah! El marido está en las islas.»

Entretanto, ¿qué cuchichean juntos? «Cien luises al mes.» «¡Encantador!» «Una carroza con dos heiducos.» «¡Soberbio!» «Un palacio en el barrio de los príncipes.» «¡Magnífico!» «Y mi corazón forrado de amor.» ¡Oh! ¡Será una linda pantufla en mi pie!»

LOS MÚSICOS SIEMPRE PARA SU CAPOTE.— «Escucho reír a madame Laura.» «La cruel se humaniza.» «¡Ya lo creo! ¡El arte de Orfeo enternecía a los tigres en los tiempos fabulosos!»

MADAME LAURA.— «¡Acercaos, encanto, que os deslice mi llave en el lazo de una cinta!» Y la peluca del señor consejero se empapó de un rocío que no destilaban las estrellas. «¡Eh! ¡Gueudespin! —gritó la hembra maligna cerrando el balcón—, cogedme un látigo y corred aprisa a secar al señor.»

 

VIII

MICER JUAN

Grave personaje cuya autoridad anunciaban la cadena de oro y la blanca vara.

Walter Scott, El Abad, cap. IV.

«¡Micer Juan, le dijo la reina, id al patio de palacio a ver por qué esos dos lebreles libran batalla!» Y él fue.

Y cuando allí estuvo, el senescal increpó severamente a los dos lebreles que se disputaban un hueso de jamón.

Mas ellos tironeando de sus negros gregüescos y mordiendo sus medias hojas, dieron con él en tierra como con un gotoso encima de sus bastones.

«¡Hola! ¡Hola! ¡Ayuda!» Y los partesaneros de la puerta acudieron, cuando ya los hocicos de los dos flacos habían vaciado la apetitosa escarcela del buen hombre.

Entretanto, la reina se moría de risa desde una ventana en su alto griñón de Malinas, tan rígido y plisado como un abanico.

«¿Y por qué disputaban, micer?» «Disputaban, madame, porque uno sostenía contra el otro que vos sois la más bella, la más sabia y la más grande princesa del universo.»

 

IX

LA MISA DE GALLO

A monsieur Sainte-Beuve.

Christus natus est nobis; venite, adoremus.

Natividad de Nuestro Señor Jesucristo.

Ni lugar ni fuego habemos.
Dadnos lo que Dios nos concede.

Antigua canción

La virtuosa señora y el noble sire de Castelviejo partían el pan vespertino, y el señor capellán bendecía la mesa, cuando se escuchó ruido de zuecos en la puerta. Eran unos rapaces que cantaron un villancico.

«¡Virtuosa señora de Castelviejo, apresuraos! La multitud se encamina hacia la iglesia. Apresuraos, por temor a que el cirio que arde sobre vuestro reclinatorio, en la capilla de los Ángeles, no vaya a apagarse, cubriendo con las estrellas de sus gotas de cera el libro de horas de vitela y cojín de terciopelo. ¡Ya suena el primer toque de campanas de la misa de Gallo!»

«¡Noble sire de Castelviejo, apresuraos, por temor a que el sire de Grugel, que camina allá lejos con su linterna de papel, no vaya a apoderarse en vuestra ausencia del puesto de honor en el banco de los cofrades de San Antonio! ¡Ya suena el segundo toque de campanas de la misa de Gallo!»

«¡Señor capellán, apresuraos! ¡EI órgano brama, los canónigos salmodian, apresuraos! ¡Los fieles están reunidos y vos aún estáis a la mesa! ¡Ya suena el tercer toque de campanas de la misa de Gallo!»

Los niños se soplaban los dedos, mas no se cansaron mucho tiempo esperando. Y por encima del umbral gótico, blanco de nieve, monseñor el capellán les regaló, en nombre de los dueños de la morada, a cada uno un barquillo y una moneda.

***

Entretanto, ya ninguna campana tañía. La virtuosa señora sumergió en un manguito sus brazos hasta el codo, el noble sire cubrió sus orejas con un birrete y el humilde preste, encapuchado en una muceta, echó a andar detrás, su misal bajo el brazo.

 

X

EL BIBLIÓFILO

Un Elzevir le causaba dulces emociones;
mas lo que le sumergía en un arrebato extático era un Henri Etienne.

Biografía dc Martin Spickler

No era ningún cuadro de la escuela flamenca, un David Teniers, un Brueghel del Infierno, ahumado hasta no verse ni al diablo.

Era un manuscrito roído por las ratas en los bordes, de escritura toda enmarañada y de tinta azul y roja.

«Supongo que el autor —dijo el Bibliófilo— pudo haber vivido hacia el final del reinado de Luis doce, aquel rey de paternal y enjundiosa memoría.»

«Sí —continuó con aire grave y meditabundo— sí, debe haber sido un clérigo de la casa de los sires de Castelviejo.»

En este punto hojeó un enorme in-folio que llevaba por título: Nobiliario de Francia, en el que no encontró mencionados más que a los sires de Castelnuevo.

«¡No importa! —dijo un poco confuso—. Castelnuevo y Castelviejo no son sino un mismo castillo. De igual forma, ya va siendo hora de rebautizar al Puente Nuevo.

Aquí termina el segundo libro
de las fantasías de Gaspar de la noche

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