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Aloysius Bertrand

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VII

UN SUEÑO

«He soñado eso y más, pero no entiendo ni jota.»
«Pantagruel», libro IIII.

Era de noche. Primero fueron —como lo vi lo cuento— una abadía de muros agrietados por la luna, un bosque atravesado por senderos tortuosos, y el Morimont hormigueante de capas y sombreros.

Después fueron —como lo oí lo cuento— el tañido fúnebre de una campana al que respondían los sollozos fúnebres de una celda, gritos plañideros y risotadas feroces que hacían estremecerse cada hoja a lo largo de toda la enramada, y las plegarias runruneantcs de los penitentes negros que acompañaban a un criminal al suplicio.

Por fin fueron —como acabó el sueño, así lo cuento— un monje que expiraba acostado en la ceniza de los agonizantes, una joven que se debatía colgada de las ramas de una encina. Y yo, desmelenado, que me ataba el verdugo a los radios dc la rueda.

Don Agustín, el prior difunto, tendrá las honras de la capilla ardiente en hábito de franciscano, y Margarita, a quien mató su amante, será enterrada con su túnica blanca de inocencia entre cuatro cirios de cera.

En cuanto a mí, la barra del verdugo se había quebrado al primer golpe como un cristal, las antorchas de los penitentes negros se habían apagado bajo torrentes de lluvia, la multitud se había retirado con los arroyos desbordantes y rápidos, y yo proseguía con nuevos ensueños hacia el despertar.

 

VIII

MI BISABUELO

«Todo en aquella estancia se conserva en el mismo estado,
si no fuera porque la tapicería estaba hecha jirones
y las arañas tejían sus redes entre el polvo.»
Walter Scott, «Woodstock».

Los venerables personajes de la tapicería gótica, agitada por el viento, se saludaron uno a otro y mi bisabuelo entró en la estancia; mi bisabuelo, ¡muerto hará pronto ochenta años!

¡Aquí —aquí, ante este reclinatorio, es donde él, mi bisabuelo, el consejero, se arrodilló, besando con su barba este misal amarillo abierto por donde marca esta cinta.

Estuvo musitando oraciones tanto como duró la noche, sin descruzar ni un momento sus brazos de su gorguera de seda violeta, sin desviar ni una mirada hacia mí, su posteridad, acostado en su lecho, ¡su polvoriento lecho con dosel!

¡Y yo notaba con espanto que sus ojos estaban vacíos, si bien parecía leer; que sus labios permanecían inmóviles, aunque yo le oyese rezar; que sus dedos estaban descarnados, aunque centelleasen de pedrería!

¡Y yo me preguntaba si velaba o dormía, si eran las palideces de la luna o de Lucifer, si era medianoche o apuntaba el día!

 

IX

ONDINA

«... Je croyais entendre
Une vague armonie enchanter mon sonmeil,
Et prés de moi s’épandre un murmure pareil
Aux chants entrecoupés d’une voix triste et tendre»
Ch. Brugnot, «Los dos Genios».

«¡Escucha! ¡Escucha! Soy yo, Ondina, quien roba con estas gotas de agua los losanges sonoros de tu ventana iluminada por los sombríos rayos de la luna; y aquí estoy, vestida de moaré, señora del castillo que contempla en su balcón la bella noche estrellada y el bello lago dormido.

«Cada ola es un ondino que nada en la corriente; cada corriente, un sendero que serpentea hacia mi palacio, y mi palacio se eleva fluido al fondo del lago, en el triángulo del fuego, la tierra y el aire.

«¡Escucha! ¡Escucha! ¡Mi padre golpea el croante agua con una rama verde de abedul y mis hermanas acarician con sus brazos de espuma las frescas islas de hierbas, de nenúfares y de gladiolos o se burlan del sauce caduco y barbudo que pesca con caña!»

***

Murmurada su canción, me suplicó ella que recibiera en mi dedo su anillo para convertirme en el esposo de una Ondina y que visitara con ella su palacio para convertirme en el rey dc los lagos.

Y como yo le respondiera que amaba a una mortal, mohína y despechada, vertió unas cuantas lágrimas, lanzó una carcajada y se desvaneció en chaparrones que chorrearon blancos a lo

largo de mis vidrieras azules.

 

X

LA SALAMANDRA

«Echó al hogar unos cuantos ramos de acebo
bendecido, que ardieron crepitantes.»
Ch. Nodier, «Trilby».

«Grillo, amigo, ¿acaso has muerto, que permaneces sordo al sonido de mi silbido y ciego al resplandor del incendio?»

Y el grillo, por muy afectuosas que fueran las palabras de la salamandra, nada respondía, sea porque durmiera un sueño mágico o por darse el capricho de simular enfado.

«¡Oh! ¡Cántame tu canción de cada tarde en tu chocita de ceniza y de hollín detrás de la placa de hierro blasonada con tres flores de lis heráldicas!

Mas el grillo aún no respondía, y la salamandra, desconsolada, tan pronto dábase a escuchar no fuera a ser su voz, tan pronto zumbaba con la llama de cambiantes colores, rosa, azul, rojo, amarillo, blanco y violeta.

«¡Está muerto, muerto, mi amigo el grillo!» Y yo escuchaba como suspiros y sollozos mientras la llama, lívida ahora, decrecía en el hogar entristecido.

«¡Está muerto! ¡Y, pues muerto está, también yo quiero morir!» Las ramas de sarmiento se habían consumido, la llama se arrastró sobre la brasa diciéndole adiós al mar, y la salamandra murió de inanición.

 

XI

LA HORA DEL SABBAT

«¿Quién atraviesa tan tarde el valle?»
H. de Latouche, «El Rey de los Alisos».

¡Aquí es! Y ya, en la espesura de los matojos, que ilumina apenas el ojo fosfórico del gato salvaje acurrucado bajo la enramada;

En los costados de las rocas que sumergen en la noche de los precipicios su cabellera de zarzas, chorreante de rocío y de luciérnagas;

Sobre el borde del torrente que mana en blanca espuma de la frente de los pinos y que cae en llovizna como vapor grisáceo al fondo de los castillos;

Una multitud se reúne innumerable, que el anciano leñador demorado por los senderos, con su carga de leña al hombro, escucha y no ve.

Y, de encina en encina, de otero en otero, responden mil gritos confusos, lúgubres, aterradores: «¡Hum! ¡Hum! ¡Schup! ¡Schup! ¡Cucú! ¡Cucú!»

¡Aquí está la horca! Y ahí aparece entre la bruma un judío que busca algo entre la hierba mojada, al resplandor dorado de una mano de gloria.*

*Mano de un ahorcado que portaba una luz y paralizaba al que fuera por ella alumbrado.

Aquí termina el tercer libro
de las fantasías de Gaspar de la noche

Cuarto Libro