|
Regresar al índice
|
|
|
Aloysius Bertrand |
|
Las fantasías de Gaspar de la noche / libro cuarto |
|
|
V LOS REITRES «Un día, Hilarión fue tentado por un demonio hembra «Vidas de los Padres del Desierto». Tres negros reitres, cada cual con una gitana a la grupa, intentaban introducirse en el monasterio, hacia medianoche, con la llave de la astucia. «¡Hola! ¡Hola!» Hablaba uno de ellos, alzado en pie sobre el estribo. «¡Hola! ¡Refugio contra la tormenta! ¿Qué desconfianza tenéis? Mirad por el agujero. Estas monerías que llevamos a la grupa, estos barrilillos que guindamos en bandolera, ¿no son acaso jóvenes de quince años y vino que beber?» El monasterio parecía dormir. «¡Hola! ¡Hola!» Hablaba una de ellas, castañeteando de frío. «¡Hola! ¡Refugio, en nombre de la bendita madre del Salvador! Somos peregrinos extraviados. El cristal de nuestros relicarios, el ala de nuestras caperuzas, los pliegues de nuestras capas chorrean de agua y nuestros destreros, que ya dan traspiés de fatiga, perdieron sus herraduras por los caminos.» Una claridad brilló en el rajado centro de la puerta. «¡Atrás, demonios de la noche!» Eran el prior y sus monjes, procesionalmente armados de cirios. «¡Atrás, hijas de la mentira! ¡Dios nos guarde, si es que sois de carne y hueso y no sólo fantasmas de albergar en nuestro recinto a unas pa- ganas o, al menos, cismáticas!» «¡Sus! ¡Sus! —gritaron los tenebrosos caballeros—. ¡Sus! ¡Sus! ¡Sus! ¡Sus!» Y su galope vióse barrido a lo lejos en el torbellino del viento, del río y de los bosques. «¡Rechazar así pecadoras de quince años a las que habríamos inducido a penitencia!», refunfuñaba un monje joven, blondo y abotargado como un querubín. «Hermano —le murmuró el abad junto al pabellón de la oreja—, ¿olvidáis que madame Alienor y su nuera nos esperan arriba para confesar?».
VI LAS GRANDES COMPAÑÍAS (1364) «Urbem ingredientur, per muros current, domas conscendent, per fenestras intrabunt quasi fur»* Profeta Joel, cap. II, v. 9. I Unos cuantos merodeadores, perdidos en el bosque, se calentaban a un fuego de vigilia en torno al cual se espesaban el follaje, la tiniebla y los fantasmas. «¡Oid la nueva! —dijo un ballestero—. El rey Carlos V nos despacha a micer Bertrand du Guesclin con promesa de soldada; mas no puede cazarse al diablo con reclamo como a un mirlo.» Toda la cuadrilla estalló en carcajadas y esta alegría salvaje aún se duplicó cuando una gaita que se desinflaba lloriqueó como un crío al que nace un diente. «¿Qué es esto? —replicó por fin un arquero—. ¿Es que no estáis cansados de esta vida ociosa? ¿ Ya habéis saqueado bastantes castillos, bastantes monasterios? Yo, por mi parte, no estoy saciado ni ahíto. ¡Mal haya Jacques d'Arquiel, nuestro capitán! El lobo no es ya sino un lebrel. ¡Y viva micer Bertrand du Guesclin si me da soldada a mi altura y me arroja entre guerras!» En este punto la llama de los tizones enrojeció y se azuló y los rostros de los salteadores azulearon y enrojecieron. Un gallo cantó en una granja. «¡El gallo ha cantado y San Pedro ha renegado de nuestro Señor!», murmuró el ballestero persignándose. II «¡Navidad! ¡Navidad! ¡Por mi vaina que llueven carolus!» «¡Os daré a cada uno un celemín!» «¿En serio?» «¡Por mi fe de de caballero!» «¿Y quién os dará a vos tan gran fortuna?» «La guerra.» «¿Dónde?» «En las Españas. Los infieles manejan allí el oro a espuertas y hierran con oro sus hacaneas. ¿Os acomoda el viaje? ¡Acosaremos y desollaremos a los moros, que son unos filisteos!» «¡Las Españas, micer…; eso está lejosl» «Vuestros zapatos tienen buenas suelas.» «Eso no basta.» «Los tesoreros del rey os sumarán cien mil florines para levantaros el ánimo.» «¡Chocadla! Alineamos entorno a las flores de lis de vuestra bandera la rama de espino de nuestras borgoñotas. ¿Cómo canta la balada? ¡Oh! ¡El alegre menester del salteador!». «¡Vamos! ¿Habéis tirado ya vuestras tiendas? ¿Habéis cargado vuestras basternas? Levantemos el campo. Sí, soldaditos míos, plantad aquí, al partir, una bellota, que será un roble a vuestro regreso.» Y se oyó cómo ladraban las jaurías de Jacques d'Arquiel, que perseguía al ciervo a media ladera. III Los salteadores estaban de camino, alejándose por cuadrillas, arcabuz al hombro. Un arquero disputaba en la retaguardia con un judío. El arquero levantó tres dedos. El judío levantó dos. El arquero le escupió en el rostro. El judío se enjugó la barba. El arquero levantó tres dedos. El judío levantó dos. El arquero le soltó un bofetón. El judío levantó tres dedos. «¡Dos carolus este jubón, ladrón!», exclamó el arquero. «¡Misericordia! ¡Vayan tres!», exclamó el judío. Era un magnífico jubón de terciopelo recamado con un cuerno de caza de plata en las mangas. Estaba agujereado y ensangrentado. * Penetran en la ciudad, recorren sus muros, escalan sus casas Y entran por las ventanas cual ladrones.
VII LOS LEPROSOS A monsieur P. J. David, escultor. «No te acerques a tales contornos, son la madriguera del leproso». «El Lay del leproso». Cada mañana, no bien las ramas habían bebido el rocío, giraba sobre sus goznes la puerta de la Malatería y los leprosos, semejantes a los antiguos anacoretas, se internaban por toda la jornada en el desierto; valles adamitas, edenes primitivos cuyas perspectivas lejanas, tranquilas, verdes y boscosas no se poblaban sino de corzas que pacían la hierba florida y de garzas que pescaban en ciénagas claras. Algunos habían roturado huertos: una rosa les resultaba más aromática, un higo más sabroso, cultivados por sus manos. Otros tejían nasas de mimbre o tallaban copas de boj en grutas de rocalla arenadas por una fuente viva y tapizadas de enredadera salvaje. ¡Así trataban de engañar las horas, tan presurosas para el gozo, tan lentas para el sufrimiento! Mas los había que ni se sentaban siquiera en el umbral de la Malatería. Aquellos a quienes, extenuados, lánguidos, dolientes, la ciencia de los médicos había marcado con una cruz, paseaban su sombra entre los cuatro muros del claustro, altos y blancos, con la mirada fija en el cuadrante solar cuya aguja apresuraba la huida de su vida y el acercamiento de su eternidad. Y cuando, adosados a los pesados pilares, se sumergían en sí mismos, nada interrumpía el silencio del claustro sino los chillidos de un triángulo de cigüeñas que araban las nubes, el brincar del rosario de un monje que se esquivaba por un corredor y el gruñido de las tablillas de los celadores que, por la tarde, encaminaban a los tristes reclusos hacia sus celdas.
VIII A UN BIBLIÓFILO «Queridos niños, ya no hay otros caballeros que los de los libros.» Cuentos de una abuela a sus nietos. ¿A qué restaurar las historias carcomidas y polvorientas de la Edad Media cuando ya la caballería ha desaparecido para siempre acompañada de los conciertos de sus trovadores, de los encantamientos de sus hadas y de la gloria de sus valientes? ¿Qué importan a este siglo incrédulo nuestras maravillosas leyendas: San Jorge rompiendo una lanza contra Carlos VII en el torneo de Luçon; El Paráclito descendiendo, a la vista de todos, sobre el Concilio de Trento en pleno día, o el judío errante abordando cerca de la ciudadela de Langres al obispo Gotzelin para narrarle la Pasión de Nuestro Señor? Las tres ciencias del caballero son hoy despreciadas. Ya nadie siente curiosidad por aprender la edad de un gerifalte encapirotado, con qué piezas cuartela el bastardo su escudo ni a qué hora de la noche Marte entra en conjunción con Venus. ¡Toda tradición de guerra y de amor se olvida y mis fábulas no correrán siquiera la suerte del lamento de Genoveva de Brabante, cuyo comienzo olvidó ya el coplero y cuyo final nunca supo!
Aquí termina el cuarto libro |