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Wilfredo Carrizales


 

De Postales (2004)

 

Postal III

(con areola y ventana)

A veces como y tengo poesía; otras veces, como mucho y obtengo poesía; en alguna rara oportunidad, no como y también logro poesía. Soy un hombre de mucho o poco comer, pero a mi mesa no deja de acudir la poesía. Ni el pan, ni el agua, ni las verduras, me hacen más poeta. Sin embargo, mi poesía puede mezclarse con la harina, con el vino o con las frutas del huerto o con la leche de los pastizales. No me disfrazo de campesino, pero intento comprender su vida. Me abro la camisa al viento rural y entra algo de su olor. Luego, me desplazo a la ciudad ­cualquier ciudad- y encuentro otros corazones desplegados, a la expectativa, y surge de nuevo la poesía, en singular contexto, de brazo con los automóviles, el tráfago humano, la velocidad, la inmediatez, la areola de los edificios, las risas y el ruido y los llantos…

Ando en el desplazamiento de la poesía y soy zapato, llanta, resorte, contacto y polvo viviente. Soy de la palabra escrita y poca habla!

La poesía se mimetiza en un mantel blanco arrojado por la ventana!

 

Postal IV

(con amuleto y talismán)

Entubo mi caleidoscopio para mirarte a consecuencia. Calificable acción de mis partes! De mi intimidad que contiene inusual calibre. En mi amparo las categorías existen acuñadas a lo máximo que es el escanciarte.

Las palabras emergen de lo raquídeo como el mundo surgió de lo cefálico. Así prorrumpen las cosas embellecidas tras los cencerros urbanos. Al ciclo lunar justo me dilato por acercamiento y elocuencia. Decir que cintilo puede resultar una paronomasia para los epítetos. Pero, no. La cohabitación me coge en su cofre y no pretendo huir. Esa combustión comparece al compás de doce por ocho. Me asigno, entonces, la conexión que cruza mis cuadernos hacia rumbos donde memorializas su custodia.

Definitorio desayuno en tu cuerpo desarropado. A mis temores los desato y les regalo eficaces vuelos. No desfallezco sobre tu espalda porque suspendo las eras hasta las dobladuras que divulgan los doce signos de nuestro zodiaco.

 

Postal VII

(con llama y llamado)

El verbo amar se acumula en las torrenteras del deseo. Hoy o cualquier día propicio hago mi presentación y sucedo: de yema y paladar o de nudillo al deleite. Al placer le va, porque le provoca. Frente a ti mi postal, con llama y llamado, con números recién inventados. Ah, y la poesía aquí, fiel, pegada a las tetillas!

Volvió de nuevo noviembre: esta vez muy lejos del hogar. Sin embargo, mi pulso baja por tu columna, para quedarse. Me sé compartido en mi oficio. Tus manos no yerran en mi búsqueda. Aquí estoy y me palpas a través de la oscuridad de la lejanía. Siento tu reino vulvar sobre mi rostro; sus mamíferos agitados; la plantación que se hace expedita…

“Quiero tu trampolín”, le musitas a mi almohada predilecta. “Mi preferencia tiene que ver con tus huesos, con la blancura que me hace amanecer de lujuria”. Así afirmas y así lo constato.

Entretanto y entretiempos nuestros, eyaculo sobre las brumas y no es afrenta. Importante ofrenda, sí! Junto, futuro con merienda; risa con lunares; numerología con disfrutes y encuentros para arriba.

Abro tus nombres y tus apellidos y los asumo como míos, al compás de las frutas que crecen en los libros. Oh, cuerpo que me absorbe para empezonarme, para abanicarme con sus flancos! Tu cabellera tiene la necesidad de mi caserío y de mi carrizal. Para sonar; para soñar!

Oh, amada! Aprenderé, dentro de tu luz, a ser despierto, a ser flecha de engarce, entresueño y vigilia, opúsculo de la matriz encarnada. Soy y voy hacia el ser que otrora deposité en ti!

Oh, poesía y la indescriptible fuerza que es mi reloj!

 

Postal IX

(con luna nueva, yacente)

Te miro desgranar las mazorcas cuando das el pecho a las distancias en tus desplazamientos. No existe la escasez del tiempo y las telas se van zurciendo al unísono con la vida. Llevas tu propia nación en los bolsillos, al amparo de tus signos que ruedan.

La luna nueva detiene a los espacios en fuga y a la manera de una tocata compone todas sus noches con luceros en solfa. Magnificencia en el despliegue de la destreza. Aminora ella su marcha para descansar en el refugio de los arreboles de invierno. Luego, se contempla el rostro y se extasía en las transparencias de las almas recogidas.

Un juego palpa en el retorno el regocijo de lo que está destinado a juntarse. Eslabones de la necesidad; lazos que confraternizan a despecho de las magnitudes territoriales; hitos y portales; aire desplazado por los vehículos.

Los cortinajes del gran deseo cuelgan del umbral que escucha tus pasos cotidianos. Y qué me queda a mí por hacer? Tenderme a esperarte y libar los vinos de las cigarras nocturnas. Ah, si fuera un caballo parlante partiría mis crines y te escribiría entre relinchos! Me prometo ser más animal de las efemérides. Dar saltitos de sapo y esmerarme; lanzar aullidos de coyote citadino, al trote con su cola despierta y hambriento de tu bocado!

Oh, primogenitura de las fases lunares sobre mi falo enfrutecido!

 

Postal XXII

(con nocturnancias)

Alguna morada dispone la noche para su bestia de beleño. Alimenta sus bocas con humo y pedazos de chimeneas tostadas. Si un cuervo cae en sus redes, lo despluma sin matarlo. En silencio se siente el rumor del engullimiento.

Tampoco la noche conoce de fronteras ni de su lenguaje. Ella ha nacido por casualidad: hubo un parpadeo en un otoño y de inmediato tres niveles se separaron. El regreso al origen se hizo imposible. La asignación a una batalla estaba predicha desde atávicos periodos, cuando los tambores resonaban con los cueros de los lagartos en senectud.

(Otras versiones aseguran que existieron dos noches simultáneas: una de fina lluvia y otra de tempestad patrocinada. El trueno rondaba en los alrededores y en su metal de carbono fraguaba unos dientes para el futuro. No obstante, las noches comieron de la pantera y del lignito y descendieron a sus pozos por lianas que manaban. Allí las clausuraron los linajes que se iniciaban en el mercadeo. Toda abertura fue tapiada y se agotaron los pedregones. Luego, se organizaron guerras y se pisotearon muchísimas siluetas. Además, la umbra se instaló para que no ocurriesen los deshielos.)

Se equilibra la noche trepada sobre los pelos de los pinceles. Desde allí envía simples mensajes a sus seguidores y los aúpa a continuar tras la ceguera. Ya los hornos no se encienden por temor a la rebelión de los carbones. Bajo el peso de la opresiva calma surge una música de madriguera y en los extravíos que conducen a las costumbres, una orden restaña los colmillos para la precisa vinculación. Sin título qué exponer, la noche se da a la aventura y termina cazada en un safari desarrollado en su propio aposento.

 

Postal XXVII

(con reloj de música y papel)

Las frases del mundo entienden de música y el acompañamiento se aviene con la ratonera del baúl que habitamos. Andamos sordos a lo musicable, encimados a un supuesto mundinovi que capri-coproflorea. Acaso distinguimos el llanto, del canto llano; lo profano, de la sordera estudiada?

Podemos nacer dentro de una granada y morir en las proximidades de un membrillo. Y qué? El mundo musical se detendrá por ello? Qué hay de reciente en la carrera adelante?

Al irse la música, se exilian los mundos y aparecen los reveses del alma. El mundo existe como mundo sólo por la estructura de los musiqueros. La armonía se explica en la paráfrasis del oído!

Quien quiso redimir a su mundo apartando la música, experimentó la nada, la lejanía, el esfumarse en su invalimiento.

Pañuelos al deleite y solfa para rato!

 

Postal XXIX

(con rosicler y cuervos)

Rosmarino y velloso me asomé al balcón y el firmamento roseaba su beneplácito. Vinieron los cuervos y merendaron y no pudieron ser más negros que sus almas.

Ya me sentía erecto en mi cuerpo de crepuscular arte. Me toqué la cresta para someter los vinos que mostraban soberbia. Las criadillas maldijeron su estado de hibernación, sin saber que en el dormitorio había la misma proporción de luna.

De derrota, no hubo comentarios. De estandartes, los jades equivocaron las señales. De conversión, nadie estuvo mayor porque el pregón se arrimó tardío.

Las viejas consejas tardan en trasmigrar. Cuando la cornucopia comienza a sentar sus reales, el cuero se pone oloroso a correa y persigue lo quemado en todas sus expresiones. A las caladas o a las tracas, el volumen degüella los cuentos para terminar diciendo que quien afloja la cuerda crea espantos.

Sobre mi cuerpo, mi escritura. Tomo posición y me posesiono de mi gobierno corporal y soy rey de limpieza consustanciado con lo lúteo. Hallazgo de remotos saberes? Prenda de lo atávico? Quedo hombre y echo el presente a sus recuerdos!

Hubiera preferido agitar los argumentos y no mezquinarle al cuerpo su encrucijada de pormenores y botellas. Cuestuoso, mi deambular me exigía pasatiempos para el brillo y el dictado. Tenía las cuestas arriba y no merecía el picotazo del cuervo!

Desenvuelto, quizá desentumido, busqué adrede la dicción en sus figuras. (Diantre pasé por malévolo extranjero y los diaños despertaron a sus dinastías.) Supe que mi caudal debía ser estrujado y tal permeó el caracol. Trocado y cantante y asonante acuñé a la tarde su remedio!

leer La casa que me habita