| De
La casa que me habita (2004)
I
La casa abre su muro exterior: la abertura precisa para que ingrese el garbo y la mirada alerta de una mujer con nombre de resonancia indígena. Los helechos se trepan a la cabellera de la visitante femenina y la brisa nocturna viene al encuentro de ella para aligerarle aún más el caminar y entronizarla en su lugar que la aguarda ansioso. Las paredes internas de la casa despliegan sus portentos de luces, candelabros y máscaras. El lejano oriente acorta distancias flotando en instrumentos musicales nacidos de materiales primigenios. Un estrechamiento de cuerpos detiene el avance de la noche y miles de besos se posan en la espesura del eros y su arcano.
Intima la casa con la mujer y le convoca plácidos sueños en alfombra
de antiguos cuentos. Su fino perfil de hembra que apenas gime se va transformando
en luna creciente y la luz es tan intensa que la casa se ha puesto a girar.
III
Los sábados la casa se hace distante por dentro. Recurro a un recóndito valor y recorro, palmo a palmo, la lejanía que ya no pretende regresar. Descubro(como si nunca antes hubiese sucedido ningún descubrimiento) un derruido rincón en un patio postergado. Hito y frontera de nostalgias. Los muros han escogido envejecer y en esa vía van desmoronando orgullos y antiguas naturalezas con sus respectivas prosapias. Por allí siguen transitando incesantes alarifes de un oficio de sueños y de tierra, cal y cantos y piedras mixturadas. Se siente la presencia de la argamasa nutriendo a los ladrillos. Huelga decir que sobran los atisbos de pálido azul y grises que son mordiscos en las texturas.
(Una cabellera de paja pretende exornar la indestructible cabeza del
muro y las futuras lluvias recuperarán los verdes que entrañablemente
defendimos mientras fuimos niños.)
V
Hay ruidos de pies descalzos en los umbrales de las puertas. La tierra incita al polvo a profanar la inusual ternura del piso segmentado. Hay ruidos, también, de pies que, en tiempos mejores, una vez estuvieron bien calzados. Cuelgan boca abajo los recuerdos pendientes de trenzas y la brisa los mueve al penetrar silenciosamente por las ventanas que se abren a los misterios mayores. De manera permanente, los gruesos paredones persiguen la albura donde proyectan sucesos remotos para regocijo de mis ojos que ya todo lo esperan. Los sueños no pueden irse cuando quieren. Bueno resulta mostrar un poder que se esconda en cada esquina, pero los mensajes que con constancia envía la casa deben ser llevados a feliz término.
(Un gallo llega a la casa y las mañanas cacarean al divisar los blancos
huevos que ruedan gozosos sobre la hojarasca.)
X
En la cocina la casa se desborda en hechizos y las ollas y los sartenes regresan a los tiempos de la alquimia. Brotan por los aires leguas y siglos de sabiduría aromática: clavos de olor para fijar las ventanas de los sentidos; canela útil en la navegación de los gustos; nuez moscada en la frontera del paladar, incitadora y sensual; jengibre, amoroso pasajero hacia el ideal clímax; ajíes del arco iris… El mundo comestible salta tras el aceite y el encuentro se lubrica en la comunión de chispa y crepitación, salpicadura y brillo. La casa muta en fenomenal comida cada una de sus entrañas y así hace propicio el deleite de llevarse a la boca otra boca que aguarda y unos labios que expresan el deseo tiñéndose de uva al filo de la medianoche.
(Dueño de su sabor el gallo se cuece de madrugada en una mezcla de vinos
y anuncia ebrio la hora de las caricias.)
XIII
Heme aquí en la casa que me enaltece en albura y me obsequia a plenitud estas manos mías de niño. Puedo irradiar, desde cercanos entonces, caricias hacia unos senos de infanta descubiertos en la horizontalidad amorosa de la noche y su tictac. El reloj une un cero superior a uno inferior e inventa una hora octava para que la puerta de calle se abra y permita entrar a Ayarí desprendida de luna y traje selenita al máximo blancor. La casa incrementa el brillo de la cal y la tiza en procura de un ambiente cálido para dos almas mutuamente atraídas. El día copula con la noche, ambos enmascarados como gatos. Ruedan complacidos sobre racimos de uvas oscuras y claras y los maullidos burbujean en el tránsito hacia la maceración del vino. Ayarí bebe el vino del gato negro y besa la barba de su poeta, mientras la noche asiente y no pasa.
Ayarí sorbe el vino del gato blanco y el poeta posa sus labios bajo su
ombligo, al tiempo que la madrugada dispone espléndidos abrazos.
XIX
Oigo el palpitar de la casa en su savia que se desplaza de pared a pared, en la onda avasallante de la fuerza protectora. Se denomina casa (haus, maison, house…) por lo rotundo de su misteriosa cohesión y la capacidad de acogernos en el vientre vacío para llenarnos y convertirnos en réplicas humanas de sí misma. Habito mi casa interior y soy huésped y señor de músculos aptos para la ternura y nervios que se erizan cuando llaman a la puerta. Anfitrión en el cuerpo-casa hospedo a la mujer que por ser regional crece universal y engrandece los aposentos del buen gusto y del buen oler. Vasta, muy vasta, se dimensiona la casa tras el muro indoblegable y presto a la equidad. Ruedo por el patio, desnudo y sobrio, en señal de entendimiento y simulo medir el tamaño de la expansión. En realidad, yo también quepo en mí, que es como decir casa o teja con flor para guarecerse o cubierta de amatorio y sosiego.
Me enaltece la casa cuando se autonombra en vocablo ayarí y puedo ingresar
por sus palpitantes puertas y emerger a través de sus ventanas para fortalecer
la estructura suya con un pegamento húmedo y exquisitamente varonil.
XXII
Alta, sentada bajo la lámpara de taparas, Ayarí se ilumina a sí misma y me convierte en su reflejo. Ella mira la luz y es agua suspendida lo que ve. Alta, erecta en mi tiempo, del tamaño de sus ojos deseantes, regresa de cercanas montañas y su alegría vuela entre los cocuyos que brincan sobre la pimpina. Alta, segura en el espacio del jardín, a través de los helechos que cuelgan de un pedazo de cielo, camina ella consagrando nuestra primavera. Se aleja con un sol de leves brasas y con la promesa de calentar en su seno a la mañana que la contempla y se extasía.
(La casa la observa partir y se nutre aún más, en soledad, del alimento
que deja la nostalgia.)
XXIII
Frente a la botella de vino tinto, dos pescados niegan la tristeza y piensan que la mujer de senos de niña debería comer desnuda y mostrar su apetito solar. Del estío la casa ha pasado a una estación húmeda y fresca y el cambio recuerda, dulcemente, el florecer del musgo en la vereda de la luna. El tejado se ahonda como una vagina entrelazada por los signos machos del cielo. Se oye su fragor de fluidos y de tiernos sonidos. Lo sentimos rojo por ser el color de la lentitud, la fortificación y el enaltecimiento.
Cual un estandarte de la proclamada vida, Ayarí ha desplegado un beso
grande en mis labios señalados por la miel y por la espera.
XXXV
Sé lo que busco por el límite del cuerpo de Ayarí. Sé qué se hace su piel en el teatro sin sombras de la noche. Conozco la corriente rápida que fluye por sus senos y siento el batir de sus alas de niña en la madrugada tranquila. La casa nos ha donado un espejo y en él se refleja el agua enardecida de nuestras existencias. Dentro del espejo un azul calla para narrar en silencio los eventos. De la mesa manan flores y se hacen ramos para la grata compañía. Ayarí metamorfosea sus mejillas en pétalos, despacio, como grana fina sobre su altura.
Puedo morir con mi dedo índice recorriendo la columna de Ayarí y resucitar
de oro en forma definitiva, dejando que la noche instale el brillo más
elocuente sobre sus nalgas de musa y nobleza.
XL
Trepé definitivamente a la coyuntura del amor, embellecida una y muchas veces. Ayarí ascendió conmigo tras abrir las puertas emotivas de la casa y permitir el ingreso de las aves que se encienden. La exacta hora nocturna disparó sus dardos contra nuestra púrpura palpitación. Crecimos de inmediato envueltos en el manto de la ternura, seguros de nuestro acierto. Ayarí se colocó de espaldas a mí. Dos botones de fresa le brotaron del pecho. Mi boca chupó el néctar del imposible olvido y recorrí la cobertura interna de su hecho de mujer. Fui de ofrenda en ofrenda brindándole tributos a la figura femenina, exornada por la piel sorprendente venida de los aleros de la oscuridad. Sus gestos de placer y satisfacción me incumben hacia el alma alojada en los intestinos. Esta mujer trazó un arco en su parábola y me enseñó la grandeza de sus músculos, despiertos y musicales. Quedé prendado de los labios de Ayarí y de la inteligencia que los fecunda. Ahora mis bigotes reflejan el bullicio labial y bailan, sin agotarse, sobre su espalda nunca apaciguada. Noto cada noche, precedido de la casa que me habita, sus facciones en donde la elegancia y el ensueño se amaridan para que yo sea su hombre y la colme de poesía seminal y esplendente. |