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Francisco Javier Casado


 

Vamos entonces, tú y yo,
cuando el atardecer se extiende contra el cielo
como un paciente anestesiado sobre una mesa...

El vals de los monstruos

Adolfo se comió las tetas de mamá
y a mí me dibujó con el pulgar
un claro de luna en la frente
me besó
me cubrió con un manto de hiedra
y me dijo Blancanieve
ahora eres la niña más bella de este baile de puercas
ahora eres el Dios de los enanos

Ahora
vivo sola en el bosque con siete enanos retrasados
y no sé cómo llegué a los sótanos del origen del mundo
pero sé que aquí lo blanco y lo negro se confunden
y los engendros encienden hogueras de versos
y bailan invocando al Claroscuro hasta el amanecer
bailan
   bailan en torno a mi cabeza
      mi cabeza
         mi pobre cabecita

Ahora vivo sola en el bosque con algo que aúlla
que babea que desteje que coagula que chapotea que tiembla
que devora
      ahora espero a Adolfo dentro de mi ataúd de cristal
con un cigarrillo encendido en el estómago
media luna envenenada bajo la lengua
y el corazón de un cordero en las manos
sangrando
y ni los espejos me devuelven ya la sonrisa
      miradlos
         tan gordos y feos como un enamorado
los espejos
no comprenden mi poder mis miradas en el metro
mi fugaz reflejo de niña muerta

Mamá murió en el lago
abrazando la quimera de la belleza
mamá murió calva y sin tetas
Adolfo se las comió y tocó su vientre
y dibujó en mi rostro un claro de luna

Ahora vosotros
apagad las luces
vosotros no comprendéis mi poder
vosotros pensáis que tengo la cabeza llena de enanos
vosotros que no entendéis mis versos
que me escucháis como lluvia estropeada
vosotros que me abandonasteis en el bosque y crecí
entre malezas y animales salvajes crecí
y ahora yo soy el bosque
y ahora yo soy la hija del cáncer y de la nieve negra sí
vosotros
      miradme
         Dios es una niña subnormal
que os sueña en un claro del bosque

Ahora oh esta noche
buscaré en el cajón la pistola de papá
se la daré a Adolfo y acabará con el mundo
         de un disparo en mi frente

 

El desamor provoca cáncer

Por fin tuvieron el sueño más bonito de todos, una noche en que Vincent dormía en Los Ángeles y Elena en Vancouver. Sabían que aquello era el amor, pero lo guardaban en secreto como una hemorragia interna o una carta del médico entre los libros. La enfermedad devoraría su corazón en unos meses, y fumaba mirando los narcisos de invierno cuarenta cigarrillos al día. Despertaron solos y qué frágil era enamorarse, y sentir el dolor de las tazas de café en la mesa del desayuno algunas mañanas, algunas mañanas.

 

La Dama y El Vagabundo

si no tuviera la cara tan sucia
y si no oliese tan mal que hasta mi alma da asco
te aplastaría
las lágrimas con un beso
si sólo tuviera una patada tuya para poder tocarte
o un pañuelo encontrado en la basura con restos
de carmín
o de alguna enfermedad
si al menos fuese un perro
para convertirme en tu muñeca vestida de azul o para
despertar tu lástima
con ojos de perro atado a la lluvia
atado a tus huesos

cuando creí que ya no te escribiría estas palabras
porque mis venas estaban secas
cuando creí que ya no
escribiría nada empezó a llover
ahora está lloviendo pero soy mendigo y tú
eres mi ciudad desnuda
ahora puedo escribirte estos crisantemos de otoño
con un cepillo de dientes viejo sobre cajas de cartón
y hay cartón mojado en mis uñas
y luz de luna en tu ventana

y seguro que lloras por alguien
que no pudo darte todo lo que querías
si al menos fuese un perro yo podría dártelo
todo
si lloviese sólo para tu ventana yo moriría atado
a la lluvia me voy a inyectar
las vías del ferrocarril mañana temprano
cuando salgas a tirar la basura
yo besaré tus desperdicios como un perro
si al menos fuese un perro
si no tuviera la cara tan sucia
estoy atado a tus huesos bajo la lluvia y tú no me
quieres
y tú no me quieres

 

Cómo hacer un unicornio de origami

Los paraguas iluminaban la Gran Avenida de los Hombres. Pris yacía muerta con la lengua sensiblemente fuera. La operadora miraba la lluvia desde el videoteléfono, la lluvia entre las grietas de los teatros, fieles a la muerte, el Desierto Azul de Medianoche, los espejismos, los sentimientos de un tigre lisiado, ¿qué estrella brillaría en sus ojos? Roy lloraba y aullaba todas las azoteas de Los Ángeles, qué estrellas cuando la Walkiria Nodriza encalló en las Nieves Imaginarias de Nycteis, los ruidosos cabarés militares, el sushi dejado en los platos, el recuerdo de la lluvia. Nuestra pureza fue oscureciéndose hacia la noche, dijo, y una mano le cerró los ojos. El recuerdo de la lluvia.

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