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Francisco Javier Casado


 

Saint Mary

aquí sólo necesito lavarme la cara en el lodo
y no necesito llorar

y si digo puta o cisne la enfermera vestida de blanco me
da un caramelo y yo le digo gracias señorita María
las estrellas de todo el cielo se ven desde nuestro retrete
y un claro de luna me acaricia detrás de las orejas cuando
me tumbo sobre
el suelo orinado del retrete
el suelo es amargo pero no más amargo
que mi corazón de cerdo
soy un cerdo y el musgo verde cubre mi espalda
y mis cejas y en mi frente hay flores aburridas
en la sala de televisión cortamos las alas a las moscas
y les ponemos nombres como perro o como amanda
y nos comemos sus crisálidas y María la señorita
nos protege de

sólo hundir la cara en lodo ya lo sabes
así no tengo pesadillas con la sierra de cortar los huesos
ni con la nevera
es tan fácil ser
un pez pudriéndose en el aire mientras tomo una
taza de té con mis amigos
aquí sólo tengo que abrir la boca sin pensar qué
va a salir de ella y María
nos limpia el culo si queremos pero
luego no me obliga nunca a lavarme las manos para comer
y nos canta nanas suavemente como luz

soy un cerdo en el ascensor plateado
a la planta baja
para mojar mi hocico
en el barro que quedó después de la lluvia
y ya oigo los gruñidos alterados de mis amigos y ya
me los imagino
rodando como trozos de carne sin sentimientos
entre la lluvia el fango y nuestras propias mierdas de niño
y María que nos recogió de los bosques
nos mirará llena de gozo porque todos somos
su pequeño cerdo

y nuestras propias mierdas de niños y las hojas secas
aquí sólo necesito lavarme la cara en el lodo
y no necesito llorar

 

29

si contamos todas las hojas secas que se cayeron
en otoño
mil? hojas secas en mis manos
nos ponemos detrás del viento y buscamos guarecernos debajo
de un árbol de verne o flor invisible
de eluard cuántos besos en mis tobillos!
estoy enferma de nubes!
puede que te vea casualmente una oscura tarde de lluvia en
los grandes almacenes
o dentro de la televisión
porque parece que la naturaleza nos ha seleccionado
y ahora somos color gris
para que el amor no nos encuentre en la jungla de
asfalto

no llores más
mañana te llamará por teléfono

 

La Rabia

La Rabia camina de puntillas en la noche, a través del pasillo, merodeando por las habitaciones que lindan con tu cuarto. Posa con cautela su cara en la pared y te escucha respirar. Cuenta tus latidos revueltos con el runrún de los engranajes que te unen con el sueño. La Rabia espera hasta que tu barco llega al nervio de la pesadilla, y entonces corta. Desgarra. Raja. Canta como loca.

Te despiertas sobresaltado con la almohada atragantada.

Toses.

Escupes plumas.

Respiras.

Juras que jamás volverás allí.

Respiras.

Respiras.

(La Rabia se aleja ligera en la noche hacia otra casa, otro pasillo, otro cuarto, otro corazón… La Rabia se va, pero te ha dejado un regalo.)

Te recuestas y sueñas con sirenas.

 

La Agonía

Sin piedad la Agonía empuja mi cara contra la nieve. Abro la boca y a duras penas balbuceo lo que quiere oír: Vía Láctea. 713. Mes de santos, mes de moscas. Me suelta y me incorporo en mitad de una jauría de perros. Era un espejismo: ahora pone dentro de mí un lobo, y me enseña la ciencia de la luna; luego perfora un geiser debajo de mi cama y aguarda a que sueñe su rostro. Abro la boca y la Agonía me roba besos, retuerce sus tentáculos entre extremidades, me estrangula, me viola hasta que mi cuerpo es despojo de carnicería sobre la nieve. Las fieras se disputan mis tripas mientras ella mira. Ven conmigo, me espeta sarcástica la Agonía. Es tu hora. Y me cuenta el final: dice que llegaré a casa malhumorado y beberé un vaso de agua en la cocina. Abriré el periódico por las necrológicas y me daré de bruces contra la hoja en blanco. Nuestro hijo derribará entonces la puerta de una patada, empuñará mi cabellera y me hundirá los ojos en la nieve.

A duras penas entreabro la boca y la lengua se me ha congelado. Me incorporo y corro con los lobos en la noche.

 

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