| Saint
Mary
aquí sólo necesito lavarme la cara en el lodo y no necesito llorar y si digo puta o cisne la enfermera vestida de blanco me da un caramelo y yo le digo gracias señorita María las estrellas de todo el cielo se ven desde nuestro retrete y un claro de luna me acaricia detrás de las orejas cuando me tumbo sobre el suelo orinado del retrete el suelo es amargo pero no más amargo que mi corazón de cerdo soy un cerdo y el musgo verde cubre mi espalda y mis cejas y en mi frente hay flores aburridas en la sala de televisión cortamos las alas a las moscas y les ponemos nombres como perro o como amanda y nos comemos sus crisálidas y María la señorita nos protege de sólo hundir la cara en lodo ya lo sabes así no tengo pesadillas con la sierra de cortar los huesos ni con la nevera es tan fácil ser un pez pudriéndose en el aire mientras tomo una taza de té con mis amigos aquí sólo tengo que abrir la boca sin pensar qué va a salir de ella y María nos limpia el culo si queremos pero luego no me obliga nunca a lavarme las manos para comer y nos canta nanas suavemente como luz soy un cerdo en el ascensor plateado a la planta baja para mojar mi hocico en el barro que quedó después de la lluvia y ya oigo los gruñidos alterados de mis amigos y ya me los imagino rodando como trozos de carne sin sentimientos entre la lluvia el fango y nuestras propias mierdas de niño y María que nos recogió de los bosques nos mirará llena de gozo porque todos somos su pequeño cerdo y nuestras propias mierdas de niños y las hojas secas aquí sólo necesito lavarme la cara en el lodo y no necesito llorar
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si contamos todas las hojas secas que se cayeron en otoño mil? hojas secas en mis manos nos ponemos detrás del viento y buscamos guarecernos debajo de un árbol de verne o flor invisible de eluard cuántos besos en mis tobillos! estoy enferma de nubes! puede que te vea casualmente una oscura tarde de lluvia en los grandes almacenes o dentro de la televisión porque parece que la naturaleza nos ha seleccionado y ahora somos color gris para que el amor no nos encuentre en la jungla de asfalto no llores más mañana te llamará por teléfono
La Rabia
La Rabia camina de puntillas en la noche, a través del pasillo, merodeando por las habitaciones que lindan con tu cuarto. Posa con cautela su cara en la pared y te escucha respirar. Cuenta tus latidos revueltos con el runrún de los engranajes que te unen con el sueño. La Rabia espera hasta que tu barco llega al nervio de la pesadilla, y entonces corta. Desgarra. Raja. Canta como loca. Te despiertas sobresaltado con la almohada atragantada. Toses. Escupes plumas. Respiras. Juras que jamás volverás allí. Respiras. Respiras. (La Rabia se aleja ligera en la noche hacia otra casa, otro pasillo, otro cuarto, otro corazón… La Rabia se va, pero te ha dejado un regalo.) Te recuestas y sueñas con sirenas.
La Agonía
Sin piedad la Agonía empuja mi cara contra la nieve. Abro la boca y a duras penas balbuceo lo que quiere oír: Vía Láctea. 713. Mes de santos, mes de moscas. Me suelta y me incorporo en mitad de una jauría de perros. Era un espejismo: ahora pone dentro de mí un lobo, y me enseña la ciencia de la luna; luego perfora un geiser debajo de mi cama y aguarda a que sueñe su rostro. Abro la boca y la Agonía me roba besos, retuerce sus tentáculos entre extremidades, me estrangula, me viola hasta que mi cuerpo es despojo de carnicería sobre la nieve. Las fieras se disputan mis tripas mientras ella mira. Ven conmigo, me espeta sarcástica la Agonía. Es tu hora. Y me cuenta el final: dice que llegaré a casa malhumorado y beberé un vaso de agua en la cocina. Abriré el periódico por las necrológicas y me daré de bruces contra la hoja en blanco. Nuestro hijo derribará entonces la puerta de una patada, empuñará mi cabellera y me hundirá los ojos en la nieve. A duras penas entreabro la boca y la lengua se me ha congelado. Me incorporo y corro con los lobos en la noche.
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