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Alberto Chimal


 

Grey (fragmentos)

 

Entonces dijo Dios a Jonás:
¿Tanto te enojas por la calabacera?
Y él respondió: Mucho me enojo, hasta la muerte.

Jonás, 4:9

 

Martirio

Las manos soñaron que no eran del sargento Rocha, sino de San Luto de Maguncia, el que murió cuando quiso cerrar un famoso burdel.

Aquellas manos virtuosas —levantadas, ah, en prohibición y temor divino— habían sido cortadas por un centurión borracho. Y estas manos, en la oscuridad, sintieron de pronto el dolor pero, también, se maravillaron con la recompensa: "¡Vivir para siempre, cubiertas de cera brillante, sobre un cojín de terciopelo rojo, bajo un capelo de cristal...!

Entonces amaneció y las dos despertaron, posadas en las blandas carnes del sargento. Y no tenían ojos para llorar, boca para un lamento, pero con el día empezaban el cargar y el limpiar, el tirar, el empujar, todos los deberes miserables.

 

Un amor

En verdad él era dos hombres. Uno sentía el calor entre las piernas, veía ante sí los fantasmas de carnes desnudas, flores rojas, capullos del deseo, y entraba en el cuarto. El otro salía del cuarto, tembloroso, con la vergüenza como escarcha sobre los hombros, y se tiraba al suelo, rezaba por su alma, pedía perdón por su debilidad, preparaba los cilicios.

Por consiguiente, ella también era dos: una prístina virgen y una puta; la esposa fiel de un sátiro y la perdición de un casto.

Pero una noche, en el instante en que se abría la puerta de la habitación, el casto que salía volteó. Miró a la virgen, y se hablaron, y puestos de acuerdo huyeron juntos. Él pasó a vivir en un monasterio y ella se hizo monja. Y así los otros dos, abandonados, quedaron dueños de la casa, y nadie más habló mal de ellos, y fueron felices.

 

Los convidados

Para la extremaunción el padre usa, desde hace años, el mismo aceite. Puede conservarlo porque lo limpia, cuando nadie lo ve, de la frente de los moribundos. Yo lo entendí cuando me lo puso y escuché las voces:

— Esto es un error —dijo alguien—, es un mal...

— No es para tanto —replicó alguien más—, hay una explicación científica: las partículas de sudor, las células, este, vaya, muertas que se desprenden de...

— Cállense —gritaban muchos otros, y yo entendí que sufrían.

Y tuve miedo, pero el fin que esperaba llegó de todas formas, y me encontré aquí, desnudo de todo salvo mi propia voz ­o el sueño de mi voz, apenas nada­, detenido en las capas de grasa vieja y la humedad de los muertos.

A veces dormimos para soñar deslizamientos interminables, mundos enteros de olores, las yemas de los dedos de un gigante. Es sólo un poco más de tiempo, nos decimos, la espera es la misma.

Ahora nos posamos en tu frente y te daremos (algunos de nosotros, al menos, los que somos educados) la bienvenida.

 

Altísimo

Crece tan pero tan alto que alcanza la bóveda de lo inefable.

Mete la cabeza por un agujero, está lleno de estrellas, no le gusta.

Mete la cabeza por otro agujero, sale por entre tierra húmeda y es una lombriz, tampoco le gusta.

Mete la cabeza por otro agujero, se encuentra un ojo que todo lo ve, lo pica con la nariz, tampoco le gusta.

Mete la cabeza por otro agujero, es un túnel oscuro, se ve una luz en el fondo, en la luz está un ginecólogo, tampoco le gusta.

Mete la cabeza por otro agujero, se ve la textura de la palabra "paralelepípedo", se oye un intersticio en Lausana, no entiende y tampoco le gusta.

Mete la cabeza por otro agujero, es oscuro y fétido, se retira con algo de pena. (No, tampoco le gusta).

Mete la cabeza por otro agujero y está viendo para abajo, desde lo alto, y ve sus piernas que tiemblan y el suelo tan pero tan lejos, y siente vértigo. Se agarra de los bordes del agujero, se domina, y de pronto, de entre todo lo posible, escupe.

Caray.

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