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Alberto Chimal
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Mogo
—¿Beto? Beto, ¿dónde estás? —llamaba mi abuela. Y yo iba, desde donde estuviera, a comer con el resto de la familia, hacer la tarea, buscarle alguna cosa que necesitara, ir a la tienda, dar con alguno de mis hermanos o de mis primos. —Ya voy, Mamá —yo le decía “Mamá”, igual que todos, y nunca se me hubiera ocurrido decir que no, o quedarme quieto, cuando oía la voz de ella desde su cuarto. Y menos cuando me hablaba para que fuese a ponerle crema. Casi nunca se lo pedía a nadie más (a mi tía Fabiola o a Carlota, mi madre); cuando yo estaba allí, junto a su sillón —parado en un banco para alcanzarla, con una mano sosteniendo el frasco y la otra sobre sus mejillas o encima de sus cejas—, ella siempre decía lo mismo: que yo era “insuperable”, “un maestro”. —Tienes manos muy delicadas. Manos de artista. Me podría estar toda la vida así contigo... ¿Tú te quedarías conmigo? —Sí, Mamá. —¿Acariciándome así de bonito? —Sí, Mamá —le decía, y acercaba la mano a su regazo para alcanzar un kleenex de la caja que ella sostenía. Supongo que yo le decía la verdad. De esas cosas no se habla, pero en casa todos entendíamos que mi abuela mandaba; todos, desde mi tío Rafael, que nunca se casó y rara vez salía de su cuarto, hasta mi prima Silvia, que desde que recuerdo ya amenazaba con irse, que se iba, que ahora sí, que iban a ver. Todos vivíamos juntos, íbamos juntos a la iglesia, veíamos juntos los partidos del Cruz Azul —mi abuela era aficionada y, por lo tanto, los demás lo éramos también... Yo hacía la tarea junto a ella, con mis hermanos y mis primos; jugaba en el patio bajo su ventana; le contaba lo que oía decir a los demás; apretaba los dientes cada que ella me regañaba: —¿Creías que no me iba a enterar, Heriberto? —me gritaba, y aunque sólo usaba mi nombre completo cuando estaba enojada, siempre lloraba. Y yo, como todos, me sentía muy mal de haberle hecho aquello, de que se le quebrara la voz y le salieran las lágrimas. Creo que por esto empezó todo. Cuando tenía seis años y acababa de entrar en la primaria, ella me regañó por no haberle enseñado un ocho en un ejercicio: —¿Para eso vas a usar tus manos de artista, para escribir porquerías y luego meterte la hoja quién sabe en dónde? —le quise contestar que había metido la hoja en el libro de ciencias naturales, porque si salía de su boca el “quién sabe dónde” se refería a un lugar horrible, impreciso, recóndito, pero no me dejó hablar— Cállate. ¡Cállate! Para eso estás aquí, para callarte y dejarme hablar, porque hasta Queta saca diez en el dictado, ¿y tú no sacas diez, tú que eres tan inteligente? De mi cuenta corre que no me vas a salir otra vez con tu batea de babas. Te vas a quedar ahí donde estás, parado, donde yo te vea... No sé qué me dio, no lo sé, lo juro, que me eché a correr y salí del cuarto. —¡Heriberto! — gritó mi abuela— ¡Ven acá, Heriberto! Y yo pensé que no podía soportar que me viera, y sin dejar de correr me tapé los ojos. Al salir al patio (fue lo único que se me ocurrió) tropecé en el escalón, caí al suelo y me di un golpe en la cabeza. Tuve ganas de gritar, pero aguanté en silencio, hecho bola en el piso. Y no me destapé mientras seguía oyendo la voz de mi abuela, llamándome. —¿Dónde estás, Heriberto? —dijo varias veces—. Ay, Heriberto... ¡Heriberto! En un momento la oí salir al patio, bajar los escalones acercarse... Pero cuando estuvo junto a mí no me dio un pellizco, no me levantó jalándome el pelo o las orejas. Ni siquiera se detuvo. Empezó a alejarse. La cabeza seguía doliéndome muchísimo, y de pronto ya no sabía si estaba tendido de un lado o del otro, hacia qué dirección apuntaba mi cabeza, hacia cuál mis pies, pero seguí sin hablar ni descubrirme. Ella volvió a llegar y alejarse, a llegar y alejarse, no sé cuántas veces. Y de pronto, mientras el dolor comenzaba a disminuir, me di cuenta (sólo así puedo decirlo: me di cuenta) de que no podía verme. —¡Heriberto! Cuando me tapaba los ojos (así pensé, así supe) me volvía invisible. Quise comprobarlo, quité las manos de mi cara y de inmediato la vi junto a mí. Me tomó de la oreja, me levantó, y me llevó hasta la sala, donde me dio una zurra enfrente de mi prima Queta, que iba en el mismo salón que yo y era quien me había denunciado.
Luego de esto tardé mucho: semanas, meses, no recuerdo, pero al fin me atreví. Salí al patio para no tropezarme con nada, cerré los ojos y me puse las manos sobre los párpados. Dejé de ver, por supuesto, y un rato me quedé así, sin hacer más. Pero luego grité: —¿Mamá? —¿Beto? —la oí, desde lejos— ¿Dónde estás, Beto? No dije más y pronto oí sus pasos, yendo y viniendo, y más voces: —¿Beto? ¿Dónde estás, mi cielo? Dudé, en algún momento, y hasta pensé en descubrirme, pero en ese momento escuché otros pasos y la voz de Queta, que dijo: —¡Estoy en el patio, mamá, Beto no está aquí! —y luego, más bajo: —Qué menso. Sus pasos se alejaron. Siempre me decía “menso”, aunque mi abuela estuviese cerca, pero entendí que estaba enojada: ¡tampoco me veía! Recuerdo que me reí, me descubrí y la llamé. Ella estaba a punto de entrar en la casa, se volvió, puso cara de fastidio y yo me puse a bailar, a cantar a su alrededor... A partir de entonces comencé a usar mi descubrimiento (le decía “mi poder”) cada vez con más frecuencia, y sobre todo para escaparme de regaños o deberes que no me gustaban. Seguí poniéndole crema a mi abuela, para tenerla contenta, pero muchas otras cosas —ir a la tienda, sentarme a ver el futbol, ayudarle a alguno de mis tíos con la limpieza o a revisar los coches— todo eso lo evitaba tapándome los ojos. Unas veces me iba al patio, donde podía caminar un poco para adelante y para atrás. Otras, si quería estar más cómodo, me quedaba sentado en el hueco bajo las escaleras, mientras la gente pasaba a mi lado sin darse cuenta, o en mi pieza, acostado. A veces me quedaba dormido sin volverme visible. Un día me animé a contarle a Queta, con la que me llevaba bien a pesar de todo porque éramos los más chicos. —Huy, sí —dijo, y se rió. Yo me tapé los ojos y desaparecí— ¡Ay, se fue! ¿Dónde está? Qué miedo —y yo aguanté para no reírme, pero al final no pude más. —¿Ya viste, chachalaca? —Ya, Beto, ¿sí? —dijo, mientras la oía lavar platos; estábamos en la cocina— ¿Beto? Cualquier cosa que pase me van a regañar a mí —y cuando pudo verme otra vez yo vi su cara de alivio. Luego de un tiempo me di cuenta de un problema de ser invisible. A veces pensaba que mi poder me volvía también como una especie de fantasma, porque nadie había chocado nunca conmigo mientras no podía verme, pero no lo sabía con certeza pues siempre me aseguraba de estar en lugares despejados. La verdad, me daba miedo equivocarme. Por ejemplo, pensaba yo, ¿qué tal que a mi tío Rafael la da su ataque —le pasaba a menudo—, y yo me hago invisible, y al final no soy fantasma y él me pega sin darse cuenta? Pero al fin pudo más la curiosidad. Un día, poco antes de la hora de la comida, salí a la calle con cualquier pretexto y sobre la banqueta me tapé los ojos. Me quedé allí un momento, mientras escuchaba la voz de mi tía Fabiola, llamando a varios de mis primos y luego a mí. Luego di un paso, y otro, y a mi alrededor había gente, se oían los pasos de los que iban y venían, pero nadie me tocó. Seguí caminando. Tenía que esforzarme para no decir nada. Me sentía muy extraño, lleno de una alegría que nunca había sentido antes. Sabía que era distinto, que yo era distinto, y casi no podía con las ganas de decirlo, de gritarlo en voz alta: de presumir eso que nadie más podía hacer... Entonces una voz dijo: —Cuidado, ya vas a llegar a la esquina. Me asusté tanto que me destapé y sí, ya estaba cerca de la esquina. Pero a mi alrededor no había nadie. Miré para atrás, para un lado, para el otro, y las únicas personas que pude ver estaban más bien lejos, del otro lado de la calle. Volví a taparme los ojos y la voz dijo: —¿Ves cómo tenía razón? —¿Dónde estás? —dije en voz alta, nervioso— ¿Cómo te llamas? —No hace falta —dijo la voz, que era la de una niña, muy parecida a la de Queta—. No abras la boca. Di las palabras sin despegar los labios, nada más moviendo la lengua, sin alzar la voz. Así nos podemos entender. Para hacer la prueba, hice como decía y dije: —¿Seguro? —Claro que estoy segura —contestó la voz—. Me llamo Paivi y vivo en este lado. ¿Tú cómo te llamas? Le dije y se rió. —Heriberto, qué raro. —Ay, sí, Paivi será muy bonito. —A mí me gusta —me contestó Paivi—. Pero ya, no te enojes. Luego viene Mogo y ya no podemos platicar. —¿Quién? —Tú eres del otro lado, ¿verdad? Me enojé. —¿Del otro lado? Babosa. Soy muy hombre. —No... No, que si eres del lado de la gente que ve.
Ella fue quien me explicó, claro, que hay dos lados: el de los que ven y el de los que tienen los ojos cerrados. Son como dos mundos, y si se está en uno no se puede ver a los que están en el otro, a menos que (como yo) se tenga el poder de la invisibilidad. —No hace falta que te tapes con las manos —me dijo, y yo las aparté de la cara sin abrir los ojos. Y en verdad no pasó nada—. Basta con que los tengas bien apretados y todo está bien, ¿lo ves? —No —le dije—. No lo veo —y los dos nos reímos, y desde entonces fuimos amigos. Desde entonces, también, busqué cualquier excusa para salir a la calle y encontrarla. Supe que vivía en una casa dos calles más abajo, sin que los habitantes visibles se dieran cuenta. —¿Ellos no te ven ni te oyen? —No. —¿Por qué a mí sí me oyen en mi casa? —No sé. Mogo dice que sabe pero no me quiere decir. —¿Quién es Mogo? —Ven, vamos a dar la vuelta. Como ella venía del mundo invisible, era como si estuviera ciega, pero resultó que se sabía mover muy bien: se orientaba con el oído, con el tacto, hasta con la nariz, y conocía dónde estaban todas las cosas en varias cuadras alrededor de su casa. Aunque, como ella me dijo, la gente sí podía tocarnos, caminaba rápido, a veces hasta corría. Entonces me tomaba de la mano: —Qué suavecita la tienes —decía. —Mi Mamá dice que tengo manos de artista —le contestaba yo, pero ella, en vez de decir más sobre mis manos, me jalaba, y allá íbamos. Cruzábamos la calle y nadie nos atropellaba. Entrábamos a donde fuera y no nos detenían. Con Paivi descubrí que ser invisible, si se resolvía el problema de no ver, era muy divertido: se podían tomar dulces o bolsas de frituras de la tienda sin pagar un peso; se podía pasar enfrente de quien fuera y hacer travesuras; se podía ir a todas partes. Varias veces entramos a un cine que estaba cerca de la casa y yo le contaba la película, que veía un ratito sí y otro no. Otras veces yo lo invitaba a la casa, a mis lugares favoritos, y nos quedábamos platicando por muchas horas. —¿Entonces nunca has visto... nada, nada de nada? —le preguntaba. —Mogo me dice que a lo mejor sí podría pero que no debo —yo ya sabía que no le gustaba hablar del tal Mogo, que a mí me parecía como su hermano o su papá, y por lo tanto debía seguir con otra cosa. Por ejemplo: —¿Por qué me hablaste esa vez? Cuando le pregunté esto, Paivi me contestó: —Porque me dio la impresión de que te sentías solo... No lo había pensado, pero era verdad y se lo dije. —¿Cómo supiste? —Es que el mundo de acá es distinto pero no tanto. Sé qué es eso. —¿Qué, estar solo? —Yo también me siento sola. Mogo casi siempre está de viaje y cuando está no le gusta platicar. En realidad, cuando tú te vas no tengo a nadie con quien hablar. De hecho a veces no entiendo por qué tú te sientes solo... ¿Sí es cierto eso que me dices de que aquí en tu casa siempre hay alguien? No le quise explicar qué era estar siempre con alguien más y preferí abrazarla. Con una mano le busqué la cara —me había acostumbrado a hacerlo, para ver cómo la tenía y así saber de qué humor estaba— y sentí que estaba llorando. Yo también tuve ganas de llorar y sentí que no tenía que contenerme. Le acaricié una mejilla. Ella me abrazó a mí, me acarició también y nos quedamos callados por mucho tiempo. Todo fue muy bien después de esto hasta que pasaron dos cosas. La primera fue que, un día, mi abuela y mi madre me llamaron, me hicieron ponerme un suéter que me picaba mucho y no me gustaba, y salimos los tres. —¿A dónde vamos? —les pregunté. —Al doctor —dijo mi madre. —Cállate, Carlota —la interrumpió mi abuela, y pensé que iríamos al dentista. Pero el doctor era uno que nunca antes había visto, que no usaba bata y que estaba sentado detrás de un escritorio. Tenía diplomas colgados en las paredes, como otros doctores, pero también tenía una cama negra —un diván, dijo— y me pidieron que me acostara en ella. Yo obedecí. —¿Sabes por qué tu mamá y tu abuela te trajeron aquí? —me preguntó. Yo me sentía raro de no poder verlo, porque seguía sentado detrás de su escritorio y yo hubiera tenido que voltear muchísimo para al menos mirarlo de reojo, y le contesté: —No. —Me dicen que —empezó el doctor— de cuando en cuando te tapas los ojos y te haces... Yo no oí el resto, o mejor dicho, sí lo oí, pero me quedé helado, y me pareció que la voz del doctor estaba muy lejos, mucho más que su cara o que su cuerpo del otro lado del escritorio. —¿Es cierto eso que me dicen? No pude contestar. Entendí quién le había dicho, y pensé que decía hacerle algo, molestarla estando invisible, pedirle a Paivi que me ayudara a esconder su mochila o a romper platos que estuviese lavando. Pero a la vez estaba aterrado. No recuerdo casi nada de lo que dijo el doctor: pienso en ese tiempo —no sé cuánto fue— y sólo veo el techo de su consultorio, la cara de mi madre que aparecía como a lo lejos, la de mi abuela que aparecía también y se quedaba mirándome. Ella también me tomaba de la mano, o lloraba en un kleenex. —¿Pero entonces no se toca? —recuerdo que preguntó— ¿Seguro que no es eso? El doctor se puso frente a mí, tan cerca que su cara parecía colgar sobre la mía, y dijo: —¿Beto? —Heriberto, contesta —dijo mi abuela. —Beto —siguió el doctor. —¿Quién les dijo? —pregunté. —¿Lo de que te tapas los ojos? Tu abuela. Según me dice, varios de tus primos y tus hermanos te han visto hacerlo en estos últimos meses... —No es cierto —le dije—. No es cierto. —Sí es cierto... Lo siento mucho, Beto, pero sí. Siempre que te tapas los ojos, hay alguien cerca cuidándote... Me tapé los ojos entonces, y llamé a Paivi con la boca cerrada, pero mi madre me tomó los brazos y los apartó. —Abre los ojos —dijo mi abuela, y no pude no hacerlo. —Por favor, señora, déjelo —dijo el doctor, y mi madre me soltó. Yo no me atreví a taparme otra vez—. Gracias. Mira, Beto, no te va a pasar nada. Te decía, Beto, que tus hermanos o tus primos siempre te están cuidando... —No es cierto —le dije, pero luego, no sé por qué, pensé que no podía decirle de Paivi. —No importa, no te preocupes —dijo el doctor—. Es más, si quieres hablemos de otra cosa. Hablemos de otra cosa, ¿no? —¿Qué cosa? Él sacó un lápiz y me mostró la goma de borrar. La puso tan cerca de mi cara que de pronto vi dos gomas y tuve que bizquear para que se hicieran una. —No pierdas de vista la goma. Mírala con atención. —¿Usted le va a poder ordenar que ya no haga eso, doctor? —dijo mi abuela. —Señora, por favor, ¿podría llevarse a su mamá...? —No me va a llevar a ningún lado. —Entonces, por favor, guarde silencio, es necesario —y a mí: — Mira la goma atentamente, Beto. No la pierdas de vista. La voy a empezar a mover..., es un juego, no la pierdas de vista... —No lo vamos a tener que meter en un manicomio, ¿verdad? —dijo mi abuela, y yo sabía qué era un manicomio, y no aguanté más, me tapé los ojos y me tiré de la cama negra, pero cuando caí mal y un brazo quedó bajo mi cuerpo: se destapó mi ojo derecho, me vieron y se me echaron encima. Yo me puse a gritar y se me ocurrió pedirle ayuda a mi abuela: —¡Mamá, no quiero! —dije, grité— ¡No quiero! —y el doctor guardó su lápiz.
La segunda cosa que pasó fue ésta: En el camino de regreso de con el doctor me quedé pensando y recordé que Paivi, una vez, me había dicho: —¿Para qué te escondes tanto? Aunque te vean que desapareces no lo van a creer... Si esto era verdad, entonces mi madre y mi abuela no le creían a Queta y pensaban que ella y yo estábamos mintiendo. Y si esto era así, entonces debía hacer que siguieran pensando así, porque si sabían de mi poder se iban a poner a buscar el modo de hacerme visible, por ejemplo, o de encontrarme estando invisible. Y así ya no tendría manera de estar solo con Paivi, nunca. Y además estaba lo del manicomio, que yo conocía por las películas y la tele. Ya sabía que a la gente le ponen camisa de fuerza y unas cosas en los ojos para que los tengan siempre abiertos... Entonces se me ocurrió, tampoco sé por qué, una idea: —¿Estás bien? —me preguntó mi madre en un momento. —Sí, Carlota —le dije—. Además, ya entendí. No es bueno jugar así. —¿Cómo? —Jugar a que me hago el invisible. Un día me puede pasar algo. —¿Entonces no es cierto? —dijo mi madre—. ¿No le dijiste a Queta...? —Era mentira... Lo siento. Lo siento, Mamá. Perdón. A Queta, que al llegar se me quedó viendo, le dije lo mismo y hasta le di un beso. Y durante un mes no me tapé los ojos ni una sola vez. En realidad, casi no los cerraba y miraba a todo mundo a la cara, para que se dieran cuenta. Así hacía los mandados, veía los partidos, comía, iba a la escuela con Queta, le ponía crema a mi abuela. Tenía que parpadear, porque si no me empezaban a llorar los ojos, pero los parpadeos duran muy poco. Me preocupaba más pensar que había dicho una mentira, y que todo lo que hacía era para insistir en esa mentira, y por las noches me sentía mal. Al final, sin embargo, pensaba que no podía hacer ninguna otra cosa... Y así hasta que una noche, en mi cama, en mi cuarto, acababa de cerrar los ojos cuando oí una voz: —¿Beto? De pronto no la reconocí. —Beto, perdóname. Lo tuve que traer. Yo no quería, pero es que... —¿Paivi? —dije, sin abrir la boca— Paivi, perdón por no haberte ido a visitar... Y otra voz, profunda, que se me hizo la de un hombre muy grande y fuerte, dijo: —Primero la alborotas y luego la dejas. Además de entrometido, mal amigo. —No, Mogo —dijo Paivi—, no, espera... Yo abrí los ojos y no volví a cerrarlos en toda la noche. Me encontraron así en la mañana, con los ojos abiertos y secos (así me dijeron) y todo el día se fue en ponerme gotas y convencerme de que durmiera. Yo acepté nada más si me dejaban dormir con mi madre, y aceptaron. Queta y todos los demás se burlaron de mí, pero esa noche estaba con mi madre cuando cerré los ojos... Y otra vez oí la voz profunda: —Además de mal amigo y entrometido, cobarde. Se me hace que te va ir mal, niño. —Mogo —dijo Paivi—, no, no le vayas a... —Cállate. —Sí, Mogo. —Sácalo de la cama. —Sí, Mogo —dijo Paivi. No pensé que fuera a hacerlo. Nunca lo pensé. Pero de pronto alguien apartó las cobijas y me tiró al suelo. Escuché gritar a mi madre, que se despertaba en la oscuridad, y pensé en abrir los ojos otra vez, pero Mogo dijo: —No veo a tu mamá... —No es mi mamá. —... pero si quiero la encuentro, así que no abras los ojos. Cállate y ven. Mientras mi madre me buscaba, los tres nos fuimos caminando (yo, tomado de las manos de los otros) hacia el patio. Ya estábamos ahí cuando escuché otras voces y el ruido de los apagadores de la luz. —Se me hace —dijo Mogo— que te voy a adoptar y te voy a dar unos golpes para que te eduques. —Perdón —dijo Paivi—, es que me dijo que tenía que traerlo, es que si no me pega... —Cállate —dijo Mogo, y escuché un golpe seco y un gemido. Luego algo pegó contra el suelo y supe que había sido Paivi—. Tengo un martillo, ¿entiendes? Un martillo grande y muy pesado. —Mamá —dije. —Si vuelves a abrir la boca me voy sobre ella — dijo Mogo—. Ahora te toca a ti. No te muevas. Di unos pasos, no sé hacia dónde. —¡No te muevas, perro! Habla una sola vez para que sepa dónde estás. ¡Habla! Me quedé parado, en donde estaba, con las manos sobre los ojos (manos de artista, pensé), con miedo de que la luz de los focos pasara entre mis dedos. Escuché el martillo que zumbaba a mi izquierda y a mi derecha, una vez, y otra, y otra, y yo apretaba los dientes para no gritar mientras mi abuela llamaba a todos y les decía que yo no estaba en el patio, que salieran a buscarme, que quién sabe dónde andaría... —¡Habla! —gritaba Mogo— ¡Dónde estás!
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