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Miguel Guardia

Ah la antropología

 

Cuando los antropólogos encuentre el diente
que me diste dirán:
…allá por mil novecientos sesenta y nueve,
y por octubre,
existían mujeres rubias, como la primavera.
De hermosas piernas y hermosas risas,
de verdes ojos y cintura estrecha,
de tan suaves y fuertes caderas
—el cabello, de la seda más pura.

Inteligentes; aptas para la amistad, el arte
y el amor;
con piel de escamas tibias —como peces niñas—;
gentiles, de cálida boca y seos pequeños;
dulces, ruborizadas, inconformes;
de manos inservibles,
perezosas para levantarse en las mañanas
—tímidas y atrevidas, inocentes y culpables—.
Dueñas de la creación.

Este diente en particular —dirán también—,
por su estructura, pertenece a una mujer
de un metro sesenta y siete de estatura,
que se ponía pantalones cuando sus enamorados
se volvían demasiado pesados.

(Ah, la Antropología:
no hay ciencia tan exacta y tan al día.)

Y era bailarina, exclamarán, y actriz:
se nota en esta muesca: se adueñaba
sin esfuerzo de la dicha o la desdicha de los demás.
Y era sacerdotisa.

(Así dirán —como yo, ahora. Y, como yo, ahora,
sacarán un gastado pañuelo de un bolsillo vacío,
secarán el sudor que corra por su frente
y se interrogarán, animales nostálgicos:
ay, ¿por qué no me fue dado
vivir en ese siglo afortunado?

 

Levántate y anda

 

Miguel, levántate y trabaja;
Miguel, escribe;
Miguel, tus mujeres, tus amigos, tus parrandas.

Tus poemas, Miguel;
Miguel, tus críticas.

No me toques, Miguel,
no me abandones;
Miguel, mi soledad; Miguel, mi llanto:
te olvidaré, Miguel, te necesito.

Aprende, viaja, estudia,
habla, escribe, trabaja,
sube y baja, Miguel.

Miguel, levántate y anda.