Conejos hasta en la sopa
Yo no lo sé de cierto, pero las gentes de
este edificio me han advertido sobre los conejos. Sombras blancas y
grises, siempre borrosas, que recorren los pasillos y las tuberías descompuestas.
Como es de esperar, desechan por completo la posibilidad de que la construcción
esté infestada de ratones y ratas. Están convencidos de que son conejos.
Es la vecina del uno quien tiene una visión
más exagerada. Dice que el edificio entero está construido con conejos.
Ensamblados como piezas peludas de un juguete para armar. Dice que sólo
un verdadero profesional pudo ser capaz de lograr algo así. Mire nomás
los ojitos de este, qué ternura. Y acaricia un ladrillo en la pared.
Para el vecino del dos los conejos provienen
del armario. Son del tamaño de lobos y cada noche salen corriendo en
cámara lenta hasta la oscuridad de una ventana, donde se pierden como
volutas de humo. No es que hagan ruido, pero como cabe esperar, le roban
el sueño a mi vecino, que así no puede ir a trabajar y en compensación
duerme todo el día.
La familia que vive en el departamento tres
habla de conejos pequeñísimos, royendo a todas horas sus muebles y libros.
Son miles, peores que cucarachas. Levanta un zapato y ahí encontraras
seis conejos; ¿tras la alacena? una colonia peluda; ¿bajo la cama? un
mar de pequeñas orejas temblorosas. El padre de familia dice que no
se puede vivir así, menos con lo poco que gana, pronto serán ellos o
los conejos; la madre de familia dice que los conejos no se pueden comer,
son demasiado pequeños y de mal sabor.
Por último, la anciana que vive en el número
cuatro y a quien se le aparece una coneja en el espejo cada que se mira
en él, dice que en el departamento que yo habito ahora, hubo una vez,
hace más de cincuenta años, un tipo que vomitaba conejitos. Así es,
le salían por la boca, desde la garganta. No recuerda su nombre, pero
recuerda que un día se arrojó desde la ventana. Me lo dice como si creyera
que voy a suicidarme y que al saber lo que me ha dicho preferiré no
hacerlo.
Yo vivo en el número cinco desde hace un
par de semanas, y para ser sincero aún no he tenido incidentes con los
conejos, ni algún otro tipo de malestar. A no ser estos movimientos
de tripas de los últimos días, y esa sensación de pelusa tibia que sube
como una efervescencia de sal de frutas.