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Rodolfo J. M.


 

Suicide Incorporated

 

La primera vez que vi el logotipo de Suicide Incorporated., fue al salir del trabajo. En un panel luminoso que se deslizaba sobre los edificios de la ciudad. Quizá por cansancio o fastidio, seguramente ambas cosas, no reparé en el producto que se anunciaba; sólo llamó mi atención el rostro lánguido de mujer que adornaba el anuncio.

Días más tarde volví a ver el estilizado logotipo de letras góticas, en el show nocturno de Fat face. El gordo favorito de la televisión hablaba sobre las ventajas del suicidio virtual. Explicaba que una sociedad como la nuestra, donde los avances en materia médica y cibernética permiten casi la inmortalidad, se necesitan válvulas de escape que ayuden a soportar la tensión de una vida siempre al límite. “Uno quisiera morirse, ¿no?” Preguntaba entonces Fat face, mientras guiñaba un ojo y en pantalla se mostraban algunas de las más populares formas de suicidio.

No quise perder tiempo. Pronto me vi llenando un exhaustivo cuestionario de Suicide Incorporated. que husmeaba en todo: mi estado financiero, mi status profesional, datos personales, referencias, posesiones… Dos días más tarde fui aceptado para vivir mi propia muerte.

En Suicide me recibió una enfermera vestida de blanco que me condujo hasta una amplia sala con sillones también blancos. Se encontraban allí un par de mujeres calvas (como es la moda al uso), un cuarentón de traje, y una adolescente demasiado gorda.

La verdad es que no resulta muy agradable estar cerca de cuatro personas que de un momento a otro se han de suicidar. Así que fingí indiferencia y me concentré en las fotografías que había en las paredes: rostros de suicidas famosos. Virginia Woolf; Yukio Mishima; Kurt Cobain. Era como si me reclamaran entre los suyos, habiéndome reconocido de la misma especie.

Un clon de Fat face apareció para darnos la bienvenida. Explicó que a cada uno de nosotros le correspondía un cubículo individual, salvo a las mujeres calvas, que deseaban estar juntas; allí se nos colocaría un par de micro receptores neurales y enseguida tomaríamos una bebida química, encargada de transmitir al resto del cuerpo las sensaciones de la alucinación virtual.

Así fue como la adolescente demasiado gorda se arrojó a un barranco; las mujeres calvas morían en medio de un violento orgasmo; el cuarentón de traje llegaba a la oficina con una Uzi, y después de vaciarla sobre sus compañeros de trabajo se disparaba en la boca. Yo me abrí las venas con un par de espinas de rosa. Sí, uno de esos vegetales extintos hace ya tanto tiempo.

Cuarenta y cinco minutos más tarde, luego que los demás clientes se marcharon satisfechos, varios empleados de Suicide Incorportaed entraban a mi cubículo. Había sucedido un terrible “accidente”. Aunque bien mirado, ¿cómo podían saber que llevaba insertas en los puños de mi camisa un par de espinas de rosa? ¿Cómo podrían haberlo siquiera sospechado, si ninguno de ellos sabe lo que es una espina o una rosa, mucho menos una espina de rosa? Yo mismo me enteré de su existencia sólo por accidente, al encontrarme con un baúl lleno de antigüedades que mi familia conservó. Entre cartas de papel amarillento, junto con historias que fui recreando, encontré restos de flores. Supe que eran flores porque algunas cartas hacían referencia a ellas; así me enteré de que el amor tiene espinas como las rosas, que hay mujeres parecidas a los tulipanes, que el sexo es una orquídea hambrienta. Y toda esa clase de tonterías.

No se puede culpar al personal de Suicide. Sus computadoras no estaban preparadas para algo de tal naturaleza. Ni qué decir sobre un cadáver auténtico. Porque yo entonces era un ser humano auténtico, nada de implantes o silicón.

Ahora es distinto. Obligados por las especificaciones del contrato, que los compromete a revivirme en caso de morir durante la simulación, transplantaron mi conciencia a un nuevo cuerpo que salvo una agresión directa es prácticamente inmortal. Pero ser inmortal no era mi intención, como insinuaron quienes siguieron el caso. La razón de lo que hice no es algo que pueda explicarme siquiera yo mismo. Supongo que quise saber cómo es la muerte. Supongo que me cansaba la vida.

Aunque no sé, a veces, cuando pienso demasiado, cuando miro mi nueva existencia, cuando pienso en lo que fui; imagino que tal vez muerto ya lo estaba, que ahora mismo lo estoy, y que si no hay diferencia es porque todo esto es un reflejo de un reflejo de un reflejo…

Y siendo así no tendría caso siquiera llorar.

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