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Rodolfo J. M.


 

Admonición del traidor

Es verdad que amé cielos de espuma
y rostros iguales al unicornio en su lejana y perfecta inexistencia,
que he alumbrado piedras crepusculares
con la misma devoción que bordé filigranas de mar
y lloré silencioso en un vagón de tren que no supo detenerse.

Pero mis manos conocen la violenta embriaguez de la sangre,
y más de una vez mentí al viajero,
extraviándolo en el bosque;
entregué inocentes a la multitud,
me alejé por el aire, ligero y sonriente,
mientras una mujer lloraba con las mejillas
y los senos despedazados.

Conozco los senderos del odio,
la agrimiel de la venganza;
he practicado la barbarie en un país de mariposas,
pisotee las flores, degollé corderos,

y cuando nadie me vio,
escupí con rabia sobre las palomas.

(Eso me coloca a tu lado.)

No hablaremos de víctimas
ni haremos reproches
pues conocemos el deseo.

(Eso te coloca a mi lado.)

Y quizá, en un beso de Judas,
podamos amarnos con la dulzura que el mundo ha olvidado.


****

A veces se mira al mundo con ojos de llanto;
entonces la gente adquiere perfil de lágrima,
húmedas orillas,
cierto sabor salado,
y la vida es esa furia que nos nubla el horizonte
cuando de pronto giramos el rostro.

Pero también, cuando la bruma se disipa,
queda para nuestro asombro un cielo limpio,
un sueño ligero, una extraña dulzura en las manos.

Todo se redime entonces
por un tiempo.
Los rostros recuperan su color
por un tiempo.

Y es precisamente en esa brevedad
donde yace el ángel que somos,
donde toman forma
las esperanzas,
y también
donde se fragua
nuestra siguiente caída.

 

***

Hay otro mundo que no es éste,
pero aquí inicia.
Un mundo
que se desprende
del sueño
y brilla con todas
las posibilidades.

Hay otro mundo,
pero está aquí mismo;
en él no soy quien llora,
no eres tú quien llora,
no somos nosotros
quienes fuimos vencidos.

Hay otro mundo que no es este,
pero está aquí mismo.

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