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Las horas de trasnoches salpican
la boca, los ojos y el olfato,
mientras la ley del plomo
regala como propinas cuatro cadáveres
sobre el cuerpo estéril del pavimento.
Son tres inmejorables versos,
con los que lucho para sacarles a flote
con la fuerza de Jacob,
y con la obstinación de un demonio:
he intentado hacer que suden,
o cuando menos hablen el dialecto de los dioses,
pero alrededor de las ideas giran
mariposas sórdidas irreverentes al destino.
La noche languidece sobre mi alzheimer
y el éxito parece ir desnudo
a buscar otros confines
lejos de esta atmósfera asfixiante,
hedionda a humanos,
tan humanos que se pudren en los vertederos
del óbice nocturno.
Metamorfosis
Oscuro y enterrado, como búho, espera en el silencio húmedo, aplazando la sordidez, consume murmullo tras murmullo cada palabra, como si fuera el último bocado antes de la metamorfosis. Aplasta férreamente las posibles disensiones, depura lo superfluo que se antepone al valor mismo de las cosas, pervirtiéndolas. Solo queda lo indescriptible, aquello que se da por llamar lo inefable. Razón de esta búsqueda, este diario ejercicio de crear la vida con despojos cercenados a cadáveres.
Inquilino urbano
En los últimos recodos urbanos todo parece diciembre: se quiebra el sexo del alba, y las tardes se agigantan escaneando los ojos miedosos de los árboles callejeros. Los transeúntes acorralan sus ánimos con cigarrillos caóticos, tras los muros abarrotados con dolores de matices crudos y muertos. La luna voluptuosa exhuma su savia aviesa: alcohol para las junglas del cemento, y los pobres murciélagos hacen de parabrisas en los cristales de la noche. Es viernes: los sueños se alargan como lágrimas sin pasamontañas de vergüenza, y con dos piernas nocturnas en las esquinas melancólicas alquilan sus sonrisas ya enfermas. Recojo mi aliento triste, el frío reluciente avanza por mis médulas, arqueo mi rostro cansado, y duermo en los titulares de los periódicos como un eco débil y solitario.
Los pergaminos de salitre
Una noche, se alzó por encima de la monotonía, sus manos viejas resonaron como jóvenes pergaminos de salitre. Sin renegar, su rostro montó un caballo desolado con cascos de fecha y viento. El dolor estaba en apogeo, o hacía, con cada lágrima, a lo lejos, canciones invernales: hojas prendidas de su cuerpo. Se alzó ciego de angustia, llenó con garabatos su alforja negra, y en medio de los senos de la sombra, pintó un aviso con letras color a miércoles borrosos para los hijos rotos de cada hombre que le siguiera.. Nunca vimos apagarse su colilla, mientras, se fumaba el cielo con ambos dedos.
Arte y Oficio
Voy a poblar los espacios entre los dedos, cabalgando en inútiles monturas de hojalata, hasta oxidar mis oídos, lavando derrotas amarillas con poco tiempo, y a grandes rasgos. Si el tiempo supiera de esos lugares verdes que te dibujaba con voz perpetua; vez, tras vez hasta desgarrarme las manos, dejando sangre en el paisaje de tu sombra. Vamos, dame tu rostro... ¿por qué te escondes, y luego sales con esa cara de fracaso intentando intimidarme? Si persistes en seguir dormida en la levedad, jamás, jamás será madrugada de nuevo.
El viaje al altiplano
Si cruzo frente a ella, la observo desplazarse por todos lados como una estrella en la majestad de la bruma, encendidamente cálida. Entierra sus ojos en mi silencio hasta rozar mi piel con sus deseos y luego se disuelve, soterrada y fría, dejándome un vendaval de angustia en cada célula. |