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Daniel J. Montoly


 

Teatro para ciegos

...Se entrega con el descaer de la aurora
sobre un altar de piedra y fuego,
sonido de una flauta obstinada,
luego deja su reverberación
en los lugares remotos de mi lengua.

Su tibio cuerpo, óbice de pájaros,
deja un dolor inaprehendido
gravado con sangre en el reloj de arena
con gritos de cobalto.

Desoye el sueño donde duermo
como la parca forma
de una juventud engañosa,
que se resiste a dejar el sepulcro
o cambiar de bando cuando venga la lluvia.

 

Los dioses saben morir

Éramos como aves de alucinadas noches,
sauces sin música de vellonera,
con sus ramas heridas
por las desgracias continuas
de hacer verso del trasnoche.
Así eran aquellas voces reflejadas
en un silencio
apagado por los tragos,
por la dinámica del grisáceo humo.
Nos veían como a dioses
entre cúmulos de mortales pobres;
nos llamaban poetas,
confiriéndonos valores eternos.
Llorábamos al escucharlos
porque tales cosas
sólo se dicen de los muertos numantinos
una vez los aborda el sueño.

 

Nirvana Negro

Vendrá con sus sandalias apabullantes,
cabalgando en la hondura de tu pecho
y con la mirada muerta de una noche
te hundirá en lo absurdo
como un triste y solitario violonchelo.
Ya no habrá fisuras en el retrato de narciso,
estarás roto por siempre
en las cuatros estaciones del silencio
y ni siquiera ella
querrá mirarte al rostro fijamente, Pavese.
Vendrá como una niña con garras de águila
a depositar cantos y flores en tu cabecera,
y en pleno eclipse de la luna insomne
te ordenará marchar al precipicio;
ángel sin otra carta de ruta en los ojos,
que la ninfomanía del miedo.
Vendrá la muerte, sin duda, Pavese,
como un inmenso Júpiter carente de principio
en una mañana nublada de cigarras ambarinas
y sólo las blancas córneas de tus parientes
reflejaran los cuervos y los albatros
sobrevolando tu patíbulo como en un nirvana negro.

 

Los mosaicos de Alejandría

Iba contigo, escarabajo,
y me nacieron alas
en el camino del destierro.
Volé, volé infatigablemente
hasta llegar al precipicio,
antes que aquello se hundiera,
pero el olvido metió sus manos, escarabajo,
y olvidé que la sombra de la esfinge
era yo mismo.

 

La captura de Sam

Las huellas de la nieve negra
sobre la avalancha
se fueron haciendo palpables
con ojos fríos: cenizas de sed
y olvidos.
Las puertas saludaron el abismo
con sus manos arrugadas,
se aguaron los ojos del espejo,
una mirada era una lápida,
la calma quedó grabada
en los dibujos policiales.
Las bocas
miraron en las horas espantosas
había soledad, temor y miedo
a la noche colgando de cada diente.
Sonó una carcajada ácida,
fueron cayendo hojas de pólvora
de los árboles,
crecieron pétalos de paraíso inversos
en las avenidas drogadictas.
La nieve vino a regirse,
quizás su pasión, su afán de yugos
fueron partes del macabro juego.
En la rotación titular de un día
hubo un golpe, silencio, un hallazgo
de éxtasis en hora obscena para muertos.

 

Ginger cookies Town

La luz se exilia sin esperar
los cortejos del invierno,
las noches
son coitos interrumpidos
con sus calles largas
como sombras secas:
granjas de caos y de violencia.

Habitadas por faquires urbanos
que se embrujan con humo de canabís,
con guirnaldas de jeringas
incrustadas en las apariencias
de sus brazos como tatuajes del vicio.

Son los yonkies que se fuman el olvido
en sus pipas psicodélicas,
oscuros gnomos que practican
incestos diariamente con la muerte
probando de su sexo en rebanadas,
con mortíferas porciones lechosas
que dejan sus vidas enganchadas
en la locura más promiscua.

Desnudos aún de saber que sufren
deambulan...deambulan en los vertederos,
con la fuerte carga
que significa vivir en sus angustias.

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