| Teatro
para ciegos
...Se entrega con el descaer de la aurora sobre un altar de piedra y fuego, sonido de una flauta obstinada, luego deja su reverberación en los lugares remotos de mi lengua. Su tibio cuerpo, óbice de pájaros, deja un dolor inaprehendido gravado con sangre en el reloj de arena con gritos de cobalto. Desoye el sueño donde duermo como la parca forma de una juventud engañosa, que se resiste a dejar el sepulcro o cambiar de bando cuando venga la lluvia.
Los dioses saben morir
Éramos como aves de alucinadas noches, sauces sin música de vellonera, con sus ramas heridas por las desgracias continuas de hacer verso del trasnoche. Así eran aquellas voces reflejadas en un silencio apagado por los tragos, por la dinámica del grisáceo humo. Nos veían como a dioses entre cúmulos de mortales pobres; nos llamaban poetas, confiriéndonos valores eternos. Llorábamos al escucharlos porque tales cosas sólo se dicen de los muertos numantinos una vez los aborda el sueño.
Nirvana Negro
Vendrá con sus sandalias apabullantes, cabalgando en la hondura de tu pecho y con la mirada muerta de una noche te hundirá en lo absurdo como un triste y solitario violonchelo. Ya no habrá fisuras en el retrato de narciso, estarás roto por siempre en las cuatros estaciones del silencio y ni siquiera ella querrá mirarte al rostro fijamente, Pavese. Vendrá como una niña con garras de águila a depositar cantos y flores en tu cabecera, y en pleno eclipse de la luna insomne te ordenará marchar al precipicio; ángel sin otra carta de ruta en los ojos, que la ninfomanía del miedo. Vendrá la muerte, sin duda, Pavese, como un inmenso Júpiter carente de principio en una mañana nublada de cigarras ambarinas y sólo las blancas córneas de tus parientes reflejaran los cuervos y los albatros sobrevolando tu patíbulo como en un nirvana negro.
Los mosaicos de Alejandría
Iba contigo, escarabajo, y me nacieron alas en el camino del destierro. Volé, volé infatigablemente hasta llegar al precipicio, antes que aquello se hundiera, pero el olvido metió sus manos, escarabajo, y olvidé que la sombra de la esfinge era yo mismo.
La captura de Sam
Las huellas de la nieve negra sobre la avalancha se fueron haciendo palpables con ojos fríos: cenizas de sed y olvidos. Las puertas saludaron el abismo con sus manos arrugadas, se aguaron los ojos del espejo, una mirada era una lápida, la calma quedó grabada en los dibujos policiales. Las bocas miraron en las horas espantosas había soledad, temor y miedo a la noche colgando de cada diente. Sonó una carcajada ácida, fueron cayendo hojas de pólvora de los árboles, crecieron pétalos de paraíso inversos en las avenidas drogadictas. La nieve vino a regirse, quizás su pasión, su afán de yugos fueron partes del macabro juego. En la rotación titular de un día hubo un golpe, silencio, un hallazgo de éxtasis en hora obscena para muertos.
Ginger cookies Town
La luz se exilia sin esperar los cortejos del invierno, las noches son coitos interrumpidos con sus calles largas como sombras secas: granjas de caos y de violencia. Habitadas por faquires urbanos que se embrujan con humo de canabís, con guirnaldas de jeringas incrustadas en las apariencias de sus brazos como tatuajes del vicio. Son los yonkies que se fuman el olvido en sus pipas psicodélicas, oscuros gnomos que practican incestos diariamente con la muerte probando de su sexo en rebanadas, con mortíferas porciones lechosas que dejan sus vidas enganchadas en la locura más promiscua. Desnudos aún de saber que sufren deambulan...deambulan en los vertederos, con la fuerte carga que significa vivir en sus angustias. |