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Héctor Ñaupari Belupú


 

Sur

Sé que te habrás despertado de un largo sueño.
En él era una sombra vigilante
como la de un árbol que también te sueña.
Será ese árbol ahora un mástil
que guía tu velero en un mar nunca embravecido pero tampoco apacible
un océano de olas como murmuraciones
donde cada gota es mi cuerpo que te mece de un lado a otro
como en la cama donde eres ab initio un lirio y en el amor una pantera hambrienta
y yo lejos de ser un cazador soy un ciervo devorado entre tus brazos blancos como un trozo de hielo primigenio
en los que me deslizo
levemente como si no tuviera peso.
Soy en ti apenas un vahído, un rayo de sol que intenta tímidamente derretirte,
y transformarte en agua lívida, amor
líquido ávido que se agita desde las montañas
y no cede, sino que cae y cae y cae
hasta llegar al río cuyo cauce soy yo una vez más cariño mío
y en mi furia que te azota y te ahoga
te abandonas,
apenas arropada por los gemidos que corren desde tu boca hacia la mía
como cuando estamos en el amor
y en el amor somos otra vez uno,
uno como el sol que es engullido por el mar
sin encenderlo ni apagarlo
Si no que únicamente eleva su temperatura
y crea las nubes,
y esas nubes eres tú, a veces cúmulos y a veces cirros
y yo el cielo libreazul que te sostiene siempre
como ahora te sostengo al borde de la cama y elevo tus piernas para poseerte
lamo tus rodillas tu entrepierna tus muslos
aprieto suavemente los tendones de tus pies
y tú te electrizas, eres una lluvia con relámpagos que cae sobre mi cuerpo
y yo soy la tierra fértil amor mío
crecen la hierba y los árboles y los pájaros y los gatos salvajes que te ven con ojos lánguidos caer, caer, caer,
caes como una muñeca de porcelana entre las sábanas de la niña que eres tú una vez más, amor,
caes como tus propios pechos sobre el mío, tus piernas devorando mis pulmones
te amo tanto cuando quieres absorberme totalmente, dejarme sin un hilo de respiración,
para tejerla de nuevo con tus besos, amor mío,
besos en mi rostro, en mis labios, en mis axilas
y luego te elevas como la vela de un velero
o el más alto edificio de la ciudad
y yo te recorro en todas tus calles, hasta las más recónditas y secretas,
las más luminosas y las más oscuras,
porque la ciudad eres tú
y yo soy un náufrago perdido
Malcolm Lowry danzando en el volcán de tu cuerpo, embriagado de ti más que de las tequilas y el peyote,
Paul Gauguin pintándote, salvaje y elemental como eres,
sacerdotisa de las islas de la Polinesia Francesa,
o este tímido poeta, que te recrea y te describe y te fantasea y se revuelve contigo en las sábanas como en este poema.

 

Noroeste

Entre truenos y halcones tú apareces, insomne y leve
azotándolo todo como una tormenta impulsada por la venganza.

Eres una tempestad que marcha sin cesar entre las mesetas,
las piedras hablan por ti, pronunciando tu nombre al infinito
como si haciéndolo, te escucharas a ti misma presa de un inusitado dolor.

Cubro mi garganta con densas telas para impedir que cales en mis huesos y en mis cuerdas vocales.

Y en eso la lluvia.
Duras y densas gotas como impertérritos pedruscos cayendo sobre mí y sobre mi barca.

Soportar este castigo es apenas una leve condena ahora que no te llevo dentro.

Nunca sé donde estoy. Tan sólo en las estrellas leo briznas de mi destino, en tristes formatos, cada vez más cerca de la incertidumbre y cada vez más lejos de tu rostro, de tu feble sonrisa, tu mirada que humaniza y pervierte.

Pero ahora eres el viento o la lluvia. Ese fragor elemental me vuelve a ti.

¿Porqué haces esto?

No pienses que tu helada furia me traerá de nuevo hacia nuestra casa.

Si acaso imaginas que las altas olas que invocas, ese enardecido viento que soplas y me arranca la piel en imperfectas tiras, o tus gritos de lluvia que atraviesan mi cuero cabelludo me harán volver, estás equivocada.

Soy un pedazo de tierra seca sujeta al capricho de los dioses.

¿Podrás tú más que ellos?

Si al menos me pudieras indicar el camino.
Abre las nubes y muéstrame la noche clara y fulgurante como tu risa, cuando te tomaba por sorpresa en el tálamo nupcial.

Pero sólo hay abigarradas nubes como los tensos músculos de los atletas.

Te sigo.

 

Oeste

¿Puedes enumerar las cosas sedientas y febriles que contienen tu alma?

Sostenlas levemente como lo harías con la feble corola de la rosa
o con las eclipses sílabas que componen tu nombre.

Si lo haces, dales la insurrecta forma del poema,
la vertebrada columna de la escultura
el pálido jazmín de la pintura
las notas irredentas de la melodía.

Pero no tengas miedo si descubres que ellas existen
se encienden, se rebelan
marchan como una gran muchedumbre hacia ti.

No temas si toman la sudorosa forma de un caballo,
el potro salvaje de la noche,
o la del tigre de bengala que alguna vez fue ejércitos.

Y cabalga, cabalga en ellas hacia el oasis de tu corazón,
sigue la ruta súbita de tus arterias, refléjate en los ojos de la fiera,
para que llegues insomne al jardín recóndito de tus sueños.

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