|
IX
Este es el poema del amor y la muerte. En él diré que soy el vértigo, el corazón roto de la ciudad El sacerdote disoluto que ofrenda violetas al invierno. En cambio, tú eres la herida que no sangra la noche de veloces estrellas, el filo del suicidio Como un edificio alto o un puente largo como la sombra de un mástil. Este es el poema del amor y la muerte. Tú sabes que cuando te devoro estiro tu piel, la separo del músculo y la sangre y tan sólo mastico los tendones y el tuétano de tus huesos. Recorro la dulce curvatura de tu cráneo y lo imagino impenetrable como las ciudades sumerias, entristecidas por la soledad y los leprosos.
Tú sabes que pruebo el vaporoso calor de tu carne palpitante extendida
en mi
[secreto altar
que comeré tu vestido de tul corroído por los gusanos
Sosteniendo tu intestino hirviente en los oscuros recodos de mis fauces.
Tú sabes que te amaré hasta que te pudras y hiedas en lo profundo de la tierra. Este es el poema del amor y la muerte. Y en medio del tibio repaso de tus ávidos dedos, soy la condenada desolación, que vaga por la eternidad, desesperado de ti por muchos siglos de búsqueda y asedio.
XXV
Niña imposible vestida de azucenas amarillas, el verano inventa las orillas de tu cuerpo y el sol bebe las frutas de tu boca, mientras yo oculto mi soledad en las tenues corolas de la palabra. Entonces, del silencio estival que provocan los vacíos de los hombres en sus corazones, nace el crepúsculo. Hirviente como la desolación, yo trato de defenderte. Sin embargo, tu falda me envuelve como un viento jamás apacible, preveo el sabor a geranios debajo de tu lengua y destilo los fulgores del mar atardecido de tus ojos diluyendo tu virginidad en nombre del silencio. Te reconozco tímida en cada invierno que tocas, desnuda de anónimas miradas donde no puedo defenderte, y sin embargo apareces intacta a pesar de las inundaciones, donde sigo penetrando los lugares de mi cuarto invadidos de tu cuerpo, gacela enloquecida por el leopardo salvaje como soy, en el último minuto de tu sueño. Entonces renaces delirante avasallando crisantemos nocturnos y te alimentas del rumor continuo de los sauces, a pesar de que soy el símbolo ausente de la noche.
Breve impresión de Salamanca
Apareces invicta en las mesetas. Ni siquiera la lluvia pedregosa ciega a quien te observa.
Tampoco el aire que parece quebrar el espacio que crean tus calles discretas
invadiéndolo todo, como un amor encontrado tras décadas
de dolorosa búsqueda.
Y es que de tanto escuchar el filoso repaso de las páginas de libros
y volúmenes,
de tanto saber acumulado que desafía al polvo y al olvido,
tú misma, pálida ciudad, no te has abandonado a la humedad que reverdece
la piedra de tus edificios infinitos,
ni a la perturbación de las mareas, que traen exiliados y náufragos de
lejanos confines,
y sólo transcurres calma entre ellos,
como un tornado contenido en una bóveda de cristal.
Súbito
Cuando en tierras lejanas es el alba aquí aún está oscuro. Siempre una noche que el silencio y el viento hacen perfecta.
Esa estrella que veo absorto
¿será vista por otros ojos cuando allí llegue
ella a cubrir el cielo con su manto?
Allí entonces te compartirán las sombras. Eres una hebra de penumbra que se deshila como una ola que nace y llega inagotable a la costa. Nadie te ha descubierto, a pesar de que abundas como las piedrecillas en las playas desiertas. Sólo yo poseo tus secretos. No son insondables ni atardecen como los recuerdos de Ulises antes de partir de su hogar. Oh! Brisas! Cómo te acarician. Yo las llamo y te saludan como una seda viva que nace de ti. Y que parte de ti como las sombras. Ahora duermes. Y yo soy en tu sueño un cordel agotado por los destierros sucesivos. Me usaron para llevar exiliados a sus tumbas de aire. Pero, reposada en mi hombro, duermes a pesar de mi respiración inconstante. ¿Sabes en qué sueñas? ¿en un velero resplandeciente, cuyo mástil brilla en el verano? ¿o en un leopardo anhelante, que respira apenas antes de ser cazado? Las resinas resoplan y vierten sus mágicos humos en la habitación. Casi te hacen existir. En este momento viajas a mi lado. Intentas sonreír, pero el pesado manto de velos de tu sueño te lo impide. Tu sopor se reproduce en mí como los besos que me brindaste hasta el amanecer. Las sombras han huido. Tus ojos se abren como flores: geranios universales, verde azules. Se mecen al viento suave. Entonces me besas, y la belleza es el espacio de luz donde naces. ¿Quién combatirá a los demonios que invaden el umbral de tus sueños? Armado apenas con un puñal, me encamino a vencerlos.
|