| Secreto
Han llegado a la tierra niños, hombres, viejos, mujeres de otros días. No sé qué son. Tienen manos y dedos alargados, pecho, cuello. Palabras amarillas. Se inclinan ante el mundo, ríen, cierran y abren los ojos y a una hora precisa golpean las infinitas nubes y derraman su ira fuera y dentro de la creación. Se llaman auras líquidas, culebras de la noche, aire y risas de la hora acabada. Pero no sé qué son. Caminan, se levantan, huyen de prisa y van y vuelven en madrugadas frías. Mueren de noche, crecen o en los muros se alargan y susurran cuando la lluvia viene. Arrojan amapolas y piedras a los pozos que nadie ha construido, huyen, se abrazan, se deshacen y en lugares oscuros se iluminan como rayos del sol del tiempo roto. Tienen boca y rodillas, pies y ruidos, alma y vacío, luna y brazos. Aunque lo digo ahora, lo digo, nada entiendo porque no sé qué son.
Nosotros —hombres hábiles, de negocios
Nosotros —hombres hábiles, de negocios claros y mirada nada segura— vimos ayer el mundo. Parecía un pez dormido en su elemento, una estatua valiosa descubierta en un campo en llamaradas. Era inocente y viejo como la eternidad. Tenía curtido rostro y él mismo sin temores se había puesto en nuestras manos. Lo miramos. Fue una larga mirada no exenta de inquietud. Le dimos vuelta, calculamos su peso y su tamaño, lo escupimos probando su paciencia, lo dejamos en paz, lo acariciamos y al fin fue nuestro para siempre. Lo ocultamos. Nadie así lo verá. No existe para nadie. Era inocente y viejo, quién creyera lo sucedido, y ahora ya no está. Nosotros —hombres perecederos, de negocios claros— vimos ayer el mundo. Fue para siempre nuestro. Lo ocultamos.
Débiles seres
Fuimos niños ayer —es un decir— pero ese tiempo ya lo hemos olvidado. En una calle quieta dejamos una casa húmeda y verde, y en una esquina un gesto, un juego no aprendido y pueril y un instante que allí está todavía. Lo demás es confuso. Está olvidado. Una uña blanca, una mano completa removiendo una silla en la cocina. El humo de la leña se elevaba y caía. Había paredes negras y nombres de mujeres que nada significan. Sólo seres humanos, débiles seres que no han sobrevivido. ¿Qué fue? No lo sabemos. Sueño es poco decir. Condición inmortal, de dioses solamente. Fuimos niños ayer. En la caída rápida y sin violencia no hay instante ni calles. Todo —es un decir— ya está olvidado.
Evadné
Muertos en días recientes o hace infinidad de años
los fantasmas recorren los rincones
y se agazapan junto a la turbia claridad.
Bajan los tordos a los pequeños charcos de los barrios
y beben en espejos ni humanos ni divinos.
Muerta en el río de aguas negras, Evaden se retira.
Los fantasmas le cuentan al oído, uno a uno, su historia,
y en todas ellas hay un niño nacido de mortal
que desciende en su hora a los infiernos.
Siento tu mano, odio, mujer increada y desaparecida
mientras las multitudes van llenando las calles.
Llovió ayer, no llovió, hace tantos meses que no cae
ni una llovizna fina, susurran los fantasmas
bañados por la claridad de los rincones.
Hoy es jueves, día fatigoso de los principios de la
primavera.
La semana ha pasado y yo, gusano negro que se dora
al sol,
pienso en días remotos y en que nunca, jamás
descenderé a los infiernos. Aterrado escucho
a los fantasmas: susurran
al oído de la muerte dormida, la sangrante
Evadné, vanas palabras.
Habla un hombre
Muérete de hambre, ingrato, y desocupa el mundo. Devora las semillas nutricias, el viento y los despojos de la tarde saciada. Engulle los ropajes de la felicidad, cómelo todo y luego vete, huye y desaparece, húndete para siempre bajo la tierra húmeda. Que no te vea nadie más. Toda entera puedes también comer la tierra, la entraña roja y la raíz del árbol. Pero muérete ya, que cubres el esplendor del año y ensordeces la música de la esfera. No seremos testigos de tu agonía larga. Vete, desaparece. Húndete para siempre en lo seco y profundo de la tierra madrastra.
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Canciones para el tiempo que muere
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