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Óscar Alejandro Luviano


 

Maruca

Maruca fue la primer niña por la que sentí deseo. Me atraían sin remedio la palidez que le daba desayunar sólo un bolillo sopeado en café negro, la sonrisa como de caramelos de menta pulverizados, el sonido de su nombre (un poco simio, un poquito como un gusto a manzanas), su mala suerte, la prohibición expresa de hablarle, sus calcetas caídas y la furia con la que rallaba el hielo para los raspados en el patio de la iglesia.

Verla el domingo por la noche con el suéter arremangado, los antebrazos blanquísimos, el mechón sobre su frente, ingrávido a fuerza de resoplidos, inclinada por encima de las botellas de jarabe de grosella y rompope para rallar el hielo, me hacía sentir mareado, con unas ganas imprecisas; no sabía si de ir al baño o llorar. ¿De qué lo quieres?, preguntaba, La casa paga. Siempre pedía de tamarindo, que nunca me ha gustado, impulsado por esa misma pena que me llevaba a pronunciar su nombre (un poco sal y aceite de hígado de tiburón) a solas. Tallaba el hielo, sonriente y febril como un arqueólogo que ha vislumbrado, a través de los hielos eternos, la titánica promesa de los insectos de Lovecraft. Me llevaba dos años, y la única defensa que yo tenía contra mi deseo era un oído de más.

Porque, a mis ocho años, ya sabía que con el amor uno se abandona, pero al deseo hay que hacerle frente. Distinguía perfectamente la destrucción que acarrea uno y la bondad inherente al otro. Mucho antes de consumir un total de 46 raspados de tamarindo (con jarabito extra) Laura Tangassi me había besado enfrente de todo el 1ºB. En la boca. Tenía 12 años, usaba un aparato ortopédico de aluminio enceguecedor y me rebasaba por unos 30 centímetros, de manera que me fue necesario subir a un pupitre para culminar la operación. El amor era su dorado cabello entrometido en mi nariz, un fuego blando, y las bocas hechas líquido. El amor era una felicidad vertical, una llave, el otro lado. Toda la clase pegó de gritos y hubo una guerra de bolitas de papel; la estela de polvo de gis del borrador en pos de nucas desprevenidas, mientras el gusto de la saliva de Laura se revelaba más delirante que separar la tapa de chocolate de un gansito para relamer su mermelada de fresa. Eso era el amor: una mezcla publicidad y caos muy similar a una sobredosis de azúcar.

Maruca, en cambio, era una ventana con remiendos de cartón. A su papá se lo llevaría el cerdo negro que cayó del espacio como castigo a una mala vida. Acompañarla por las calles de Santa María La Ribera, empujando a cuatro manos el carrito de los raspados, el hielo goteando entre las grietas de la madera, me sumía en una tristeza más honda que toda mi sangre, que todo ese inútil torrente que no habría cubierto ni la cuarta parte del camino entre Nonoalco y San Cosme, así y hubiese arrastrado en línea recta sobre el vientre herido.

Vivía en el departamento bajo el nuestro. Un cuarto minúsculo al que un anónimo arquitecto había puesto un ventanal enorme, en un intento por tranquilizar su conciencia. Con hojas que se abrían al hueco de nuestro edificio pautado por tendederos del. La ropa y las sábanas como las notas de una sinfonía que los pájaros de las jaulas aglomeradas en los antepechos ejecutaban amargamente. Como solista, el perico demente de Doña Joba, repitiendo la lluvia de insultos de aquella contra su marido, la vida y las fondongas que no escurrían bien la ropa y condenaban a su patio a una lluvia eterna de Vel Rosita. Alguna vez el ventanal tuvo cristales de colores, rectangulares y breves, amarillos como los pájaros, azules como las sábanas, rosas como los charcos de suavizante para la ropa. Cuando supe de Maruca, la mayor parte del entramado de los ventanales estaba cubierto con cartones.

En cierta ocasión, de vuelta del taller de costura, mi mamá encontró a la suya removiendo una cubeta de agua caliente con sábanas en el lavadero. No quiero que le hables a esa niña: tiene sarna. Mi madre sabía que hay enfermedades que se trasmiten por las palabras, con la velocidad que el jarabe de tamarindo se propagaba tiñendo hasta el último poro del hielo; y esa noche me revelo dos. Una era la sarna. Me sirvió chocolate batido y una concha inmensa. ¿Qué niña, mamá? Maria Eugenia, la hija de Juan, ¿pues qué no la conoces? Si va en tu mismo grupo en la escuela.

La segunda fue el deseo.

Tardé media teoría de los conjuntos en sumar coraje para dirigirle una palabra. En tanto, la idea de que bajo su falda, más allá de sus rodillas percudidas, había una piel rojiza, herida, supurante, me hacía sufrir; levantaba la mano en pleno Artículo 3º Constitucional, jurando a la maestra Chela Cano que no me iba a poder aguantar hasta el recreo y salía corriendo al baño, y lloraba. A veces lloraba y hacía pipí al mismo tiempo. Le adjudiqué manchas tan sospechosas como inexistentes a la pobre Muñeca y una vez que mi mamá cedió, y el jabón de El Perro Agradecido hizo su aparición, lo robé. Con la pastilla olorosa a hidrocarburo abultándome el bolsillo trasero del pantalón, me acerqué a Maruca por primera vez un domingo, en la patio de la iglesia y aprovechando que mi abuela, siguiendo estrictos márgenes de productividad milagrera, iba poniendo y quitando veladoras de santo en santo.

¿Me das un raspado, por favor? ¡Oye, eres el hijo de Doña Yolanda! ¿De veras? ¡Y vas en el mismo grupo que yo! De tamarindo, por favor. Es cortesía de la casa, y como eres mi vecino, va con jarabito de pilón. ¡Huy!, ¿no te huele como a gasolina? No, no huelo. De cerca, no parecía rascarse mucho. Dos veladoras de San Judas Tadeo pasaron a San Antonio.

Nunca le hablé en la escuela ni la invité a mi casa. Me daban miedo los cartones y la sarna. Si en mi casa, un mal aire o la ineptitud futbolística de mi hermano rompían un vidrio, podían pasar semanas antes de que mi padre colocara otro, y aprovechábamos el hueco para recoger vasos de lluvia y dejar que los gatos acecharan, extasiados, al perico demente. Pero sólo era un cristal a la vez y muy de cuando en cuando, pero cartones, nunca.

En cambio, la violencia de los celos de su papá y el rencor de su mamá era tal que cada día, entre gritos y amenazas, en el ventanal de Maruca se rompía un color distinto, y un trozo de cartón lo sustituía. Y pese al esfuerzo invertido en yúrex y tijeras, todo salía por ese ventanal: la súplica de Maruca para que ya no le pegaran con la manguera, las pestilencia a curados de su papá, la falda minúscula de su mamá, la navaja nerviosa de su hermano. Para evitarlo, su padre cerraba la puerta con candado y ponía otro en el ventanal. Dejaba dentro a Maruca y a su madre, y fuera a su hermano.

Cuando me mandaban por las tortillas, al pasar frente al ventanal, tenía que luchar contra las ganas de ir al baño. Los cartones eran una frontera más impenetrable que los muros de ladrillo desnudo. Entonces, inspirado por la revista Duda (Lo increíble es la verdad), ejercía la telepatía, y abrazando la servilleta pedía una señal, cualquier cosa que detrás de los cartones me dijera Estoy bien. Sólo funcionó una vez. Casi tiré el humeante kilo y medio del asombro. Maruca había quitado varios cartones y por los huecos del entramado mecía piernas y brazos. Su rostro se revolvía como arena tras de un cristal rojo, como el jarabe de grosella. Y en respuesta a las ondas mentales que le había dirigido al bajar las escaleras, el aleteo de sus manos, de sus zapatos sin bolear, dirigía la sinfonía de ropa mojada y pájaros tristes en el hueco del edificio.

¿Sabes besar?, me pregunto mucho tiempo después mi prima Caro, y la única respuesta que se me ocurrió fue que no era verdad: ni en los brazos ni en los muslos de Maruca había mella o infección.

Subí a mi casa echando la culpa de mi fiebre a las tortillas. Encerrado en el baño, no supe llorar ni hacer nada más, ni siquiera orinar, y eché fuera todo el aire de mis pulmones, con esa tristeza de quien sabe que se le demanda algo tan extraordinario que es incapaz de concebirlo siquiera.

Pese a los dos candados, su madre se las ingenió para abandonarles. Antes de irse, golpeó a Maruca con algo duro y grande, algún metal. La dejó sorda del oído izquierdo. Los de Urgencias poco pudieron hacer. Un hilito rojo, me contó, y un zumbidito, y luego nada nada, Hubiera preferido que me pegara antes, para no oír las cosas que me dijo. ¿Qué te dijo? Cosas de mujeres, ¿quieres otro raspado? Bueno. ¿De qué lo quieres? De tamarindo. La casa invita, y por ser para ti va con jarabito de pilón. Un mal aire apagaba las veladoras y mi abuela intento encenderlas, haciendo casita con su rebozo.

Hablábamos del mundo sentados en el portal de la iglesia. A partir de aquel domingo, yo siempre a su derecha. El carrito frente a nosotros a la espera de clientes. Hablábamos del futuro, de los gatos y su sabiduría, de los efectos de la coca cola en las monedas de tostón, de una especie de enredadera con flores carnívoras y sus aplicaciones en el campo de la defensa de tesoros y óleos millonarios. Nuestras mentiras me dolían y la maravillaban en dosis proporcionales. Eso era el deseo: decirle que la sarna era curable, que existían icebergs silenciosos y titánicos flotando en el mar sin nadie que los reclamase. Imagina cuántos raspados saldrían de uno solo. Bastaban dos mecates para asegurar los troncos de la balsa y otro para lazar la montaña de hielo y arrastrarla. Llegamos a elegir los árboles de corteza más lisa de a Alameda de Santa María. Quería navegar descalza. Hay enfermedades que se trasmiten por las palabras.

Caminábamos en silencio de vuelta a casa las tardes del domingo, después de la misa. Nos separábamos una calle antes, y deseaba que mi vida fuera más miserable, tener otros padres, malos, implacables, que justificarán la fuga y los trenes de Nonoalco. Otra vida. Le gustaba mi ropa. Tu mamá te viste bien. Es que trabaja en una fábrica de ropa. Pues tiene más mérito: te viste científicamente. Y cómo justificar la fuga, ¿cómo imaginar el adiós a mi vida por ella? Si mi vida era buena y había Don Gato a las tres, chocolate y nata para las conchas.

Empujando el carrito de los raspados, me pedía que le repitiera la leyenda del cerdo negro cayó del espacio. Y yo lo hacía, tartamudeando en los diálogos.

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