inicio

Óscar Alejandro Luviano


página anterior

Una noche, un meteoro verde. Lo vieron los gemelos Bosch por su ventana, aunque no los dejaron acercarse al sitio del impacto para comprobar su aspecto, composición y posible radioactividad. Cayó en el lote baldío que había en el 63, justo al lado de nuestro edificio. Un golpe, un destello, un viento oscuro sopló entre los montes de cascajo y basura. Sabíamos que no se debía entrar al lote. Mariguanos y robachicos amenazaban entre las ruinas. De cualquier manera, Lorena y la Gusana entraron. Querían una piedra para romper una botella de Barcardí y extraer la valiosa canica atrapada en su cuello. Era la única especie de agüitas transparente hasta la invisibilidad. De pronto, les envolvió un ruido de succión, asqueroso, algo que respiraba secretos arrancados del alma. Vieron al cerdo surgir de la nada, parecía el humo de una llanta quemada pero con una sonrisa labrada en carne y ojos al rojo vivo. Huyeron gritando promesas al niño Jesús. Y después nadie más lo vio, aunque todos sabían que acechaba entre los matojos de hierba mala.

Nadie, hasta que se lo encontró el papá de Maruca, pero aún faltaba para eso, y no sabíamos, y paraba el carrito de los raspados para levantar la mirada al Cosmos y preguntarse porqué, para qué, ¿un puerco? Los cerdos le daban compasión, y no por gordos. Mi mamá no era la única que la creía enferma de sarna.

La tomaban como ejemplo de la higiene personal en clase. Maruca, ordenaba la maestra Chela Cano, enséñanos tus uñas. Maruca levantaba las manos. Vean, niños: así es como NO deben llevar las uñas, largas y sucias, de teporocha. Maruca, a ver tus calcetas. Maruca levantaba una pierna, después la otra, en paso redoblado. Vean, niños: que su mamá les lave bien la ropa. Eso era el deseo: ante sus calcetas percudidas, ser presa de unas ganas de ir al baño, suspirar con tal intensidad que me volvía ciego a lo que para los otros era evidente y reprobable. No fui capaz de informar a Chela que la mamá de Maruca, encima de haberla dejado sorda, no le había enseñado a lavar ni el empleo del cortaúñas. Utilizaba la telepatía, sí, pero para enviarle imágenes de su aniquilación lentas y minuciosa:. devorada por el cerdo negro, noqueada sin campana de protección por mi padre, asustada a morir por el niño sin quijada. Vean, niños: que su mamá no los deje venir al escuela si tienen liendres en el pelo. Chela Cano usaba lentes negros y una pañoleta en el cabello teñido de rubio. La usaba de un color distinto según el día de la semana. Sabía del secreto esfuerzo que le costaba no salir corriendo del salón apenas y se veía en mi mente colgada de un lazo de la horca rojo, verde, amarillo, dorado y a cuadros escoceses.

A pesar de su empleo como herramienta pedagógica, Maruca no paraba de sonreír. Vean, niños: que su mamá tenga un poco de vergüenza y les pegue todos los botones o van a parecer señoras de la calle con el suéter abierto. Ah, ¿y te hace gracia? ¡Pues me traes a tus papás o ni vengas a clase!

Así que no fue, hasta que llegó escoltada por una tía para quien las quejas de Chela Cano parecían irrelevantes, el mismo día del camino de sangre. No la vi ni jugando sola en los escalones del zaguán, ni su rostro a través del ventanal. Los pájaros, incluso el perico demente, parecían contagiados del silencio tras los remiendos de cartón. A través de nuestros cristales rotos, agité una batuta hecha de popotes, y sólo hubo chapoteo de ropa y canciones de Camilo Sesto.

Aunque creí que no la encontraría, reapareció el domingo, con una bolsa llena de veladoras en lugar del carrito. Mi papá desapareció, me confesó, aunque ya lo sabía. A mi hermano se lo contaron el la escuela y a mi mamá, Doña Joba. Luego de contrastar ambas versiones, di por buena la de mi hermano y olvidé los detalles del acuchillamiento en la pulquería y la condena a quince años. Pero no le dije nada: había encendido las veladoras usando sólo un cerillo y las sostenía contra su pecho. Iluminada como por un pastel de cumpleaños quería a qué santo se le pide por la gente perdida. Le pregunté por el día de su santo. ¡Qué cosas se te ocurren! Mejor ayúdame a ponerlas. Bueno. ¿A quién convendrá pedirle? Pues yo creo que mejor a todos. Pensando en el niño sin quijada, en el infierno, apagué las veladoras ajenas con soplidos más potentes que los usados sobre mi último pastel, y sólo dejé prendidas las de Maruca. ¡No jueges! ¿Y las de tu abue? Ya pondrá otras, y de todas maneras ni le cumplen.

No volvió a nuestro edificio. Se quedaba con su tía. Mi abuela iba pasos atrás, ¡pendientedecadapalabra! ¿Vas ir a clases? Mañana mi tía va ir a hablar con la maestra. ¿Porqué te reías cuando hacías las demostraciones? Se supone que es un castigo ¡Serás menso! ¿A poco no te das cuenta? No ¡Pues la babosa de la maestra se me para a la izquierda y ahí no oigo nada! Ah. Y se rió, y nos despedimos, y no le pregunté sobre la incoherencia de no escuchar y obedecer porque soy un telépata.

Ese lunes, alertada por Doña Bertha, mi mamá nos llevó por otro camino a la escuela.

Las razones del crimen eran oscuras. Lo único cierto es que fue un tiro al estómago. El muchacho se arrastró desde la Alameda de Santa María hasta San Cosme sobre nuestra calle. Amaneció en un charco de su sangre, con un brazo en alto, mostrando el billete de 20 pesos con que no hizo morder a ningún taxi. Se llevaron el cuerpo, pero el camino de sangre quedo ahí, hasta que salimos del escuela, y libres de papás, fuimos a inspeccionarlo.

Recuerdo un color vago sobre la banqueta, grisáceo, que al menor descuido se transformaba en un aroma a sal. Nicodemus le puso hormigas encima, Leonel obligó a su perro a olisquearlo, Chelis probó la potencia de un detergente y el resto lametones del cerdo negro que cayó del espacio. El camino zigzagueaba entre los árboles y los postes de la luz; se tornaba en islas frente a las puertas que el muchacho había tocado sin conseguir ayuda. Mi primo José Juan hizo como que se resbalaba y cayó de espaldas sobre la sangre seca. Los barrenderos lo borraron con cubetazos de agua. En el cauce rojo naufragaron hojas secas y las hormigas. Antes vino Maruca. Y eso era el deseo: Me voy de aquí y un camino de sangre.

En el recreo, después de ver cómo su tía le daba el avión a Chela Cano y mientras se arreglaban los papeles del traslado, me lo dijo. Se iba. O tal vez: Me llevan. Su papá tenía dos semanas perdido, su hermano reventó el candado, vació el cuarto y desapareció; Don Carlos restituyó los cristales faltantes para subir la renta a los nuevos inquilinos. Mientras el muchacho herido se arrastraba desangrándose sobre la banqueta, Maruca supo de un sitio llamado Veracruz, de un rancho, de una escuela. Es caliente, me dijo. Los iceberg no sobrevivirían. No quiero ir. Lo sé, me voy contigo. ¿Conmigo? Sí, a dónde te vayas. ¿Cómo sabes que me voy a escapar? No lo sabía, pero eso es el deseo. Levantó las cejas. Sonó la campana y entramos de nuevo a clase. Su tía se despidió. Un papelito minuciosamente doblado pasaba subrepticiamente de pupitre a pupitre. La escritura nerviosa nos convocaba: A la salida el camino de sangre. Cuando me cayó a mí, se lo envié a Maruca.

Tomamos San Cosme rumbo a mi casa y a la de su tía. Esta noche. A las once. No le digas a nadie. Dije que sí. Una niña que no conocíamos caminaba sobre la huella de sangre como si estuviera en la cuerda floja. Maruca dejó su mochila en el piso, se arrodillo y se recostó sobre la sangre inútil. Y posó su oído inútil para escuchar. Allá, otros niños comprobaban la indiferencia de las hormigas ante las escamas carmesí. Ella escuchaba. Eso era el deseo: ese niño que te veía y pensaba, sin saber que lo pensaba, ¿Escucharás alguna vez a mí sangre? ¿Y qué te dirá?

¿Qué oíste? Nada, menso, ¿no ves que de este lado no oigo nada? Es que me dio sueñecito y eché unas pestañita.

Llegué a la casa de su tía con el Regalito. ¿La niña a la que dejó huérfana el cerdo negro? Maria Eugenia, le aclaré. ¿Y crees que se le aparecerá también a ella? Se propuso como parte de la expedición y no pude negarme: ofreció a llevar su tele y cuatro kilos de huevos. Y era mi mejor amigo. Un año antes había cavado un túnel en la barda que separaba nuestras azoteas para evitarle el tener que bajar y subir escaleras. Aunque llegó sin los huevos, a Maruca le pareció bien: ella traía su maquinita de raspar hielo. Yo hice cuatro tortas de jamón y llené un viejo frasco de mayonesa con cool aid de fresa. Le dije a mi mamá que Lorena, la del tres, me iba a prestar su cuaderno Gader para unos ejercicios, y seguí de largo, mochila en la espalda, hasta la calle recién lavada.

Alguno de los tres creyó que debíamos ir a Nonoalco. En sus trenes estaría la dirección correcta, el santuario de los iceberg y un contacto para enchufar la tele del Regalito.

Avanzábamos torpemente. La tele pesaba lo que uno de nosotros. El regalito daba cinco pasos y la dejaba caer con un estruendo. Nos turnamos para llevarla, y caía en la banqueta puntualmente, el paso lento de un gigante en la calle vacía.

Sólo eran diez manzanas, pero éramos niños, y paramos a descansar en una banca de la Alameda de Santa María, muy cerca, imaginamos, del sitio del balazo. Repartí las tortas y cuando le llegó su turno de beber cool aid, Maruca se puso a llorar. Silenciosamente, con lágrimas que apenas resplandecían a la luz amarillenta de las farolas en el parque.

El Regalito se alejó a una distancia prudencial, convencido de que se avecinaba una disputa por la comida. No llores, le pedí a Maruca, el chavo ese ya pasó a mejor vida. ¿Quién? De seguro se buscó lo que le hicieron: mi abuela dice que ha de ser cosa de mariguanos. Si de él ni me acuerdo. ¿No? Es que no sé porqué me dejo mi papá. Se llevó los puños a los oídos y sollozó, meciéndose. Los árboles se mecían con ella, y creí que de haber algún pájaro despierto, seguirían su partitura, y tal vez hubiera bastado.

Pero sólo estábamos el silencio de los árboles y yo.

Cambié de sitio en la banca. De su izquierda a su derecha. Eso era el deseo. Apreté los labios y sin tragar saliva uní las piezas. No te dije nada porque pensaba que ya lo sabías.

Le conté del resplandor verde, del cerdo negro, del diablo, de la tentación y de lo que todos comentaron durante su ausencia en la escuela. Eso dije.

Su papá ebrio llegó a la medianoche a nuestro zaguán, se apoyó en una pared para agarrar impulso y se paró en seco. Escuchaba el llanto de un bebé, mientras una figura negra y nebulosa se le acercaba. Parpadea y el cerdo se reveló, en realidad, como un bebé en chambritas rosas abandonado al pie del zaguán. Creyendo en las señales del cielo. Juan lo levantó, le prometió todo lo que no había dado a sus hijos, y cuando estaba por subir para mostrarle su nuevo hermanito a Maruca, escuchó una voz a través de la manta del bebé: Mira, papi, ya tengo dientes. El papá de Maruca separó la manta y descubrió un rostro de caballo que, sin quijada inferior, sonreía inversamente, con dientes perfectos.

Siseaban los arbustos, el Regalito se atragantó y tosía; cantaban alarmas y sirenas ¿Y después qué paso con mi papá? Seguí de frente: Pues se lo llevó. Todos lo saben. ¿Verdad? El Regalito asintió sin dejar de toser. Me acerqué para darle palmadas en la espalda y no enfrentar a Maruca.

Una vez que el Regalito echó fuera un trozo de jitomate, descubrimos que Maruca seguía como al final del relato: asintiendo cada vez con más fuerza. Volví a su lado en la banca, en espera del golpe, la furia o el llanto renovado, pero entonces entendí porqué asentía en realidad.

Movía los labios y repetía mis palabras, Pues se lo llevo, y las consumía, y caían dentro, tomando sitio en su cuerpo, con una resonancia bajo su piel que le hacía bailar serenamente, apenas moviéndose, intoxicada. Hay enfermedades que se trasmiten por las palabras.

Abrió sus ojos y dijo Gracias. Con su papá en un sitio menos terrible del que ella pensaba, pidió que nos fuéramos. Quizá los trenes llegarían a los reinos del cerdo negro, y entonces todo sería posible. Quizá hicimos un plan de liberación; seguramente no. Doblamos en Fresno.

Después vendría la patrulla, la delegación y una serie de llamadas que nos devolverían a todos, excepto a la tele del Regalito, a nuestras casas, a mi vida, a su Veracruz, a nunca volví a verla.

Pero en ese momento, en este, eso era el deseo: una niña que toma la verdad de mis labios, levanta una televisión en sus brazos libres de sarna y cansancio, y avanza hacia la oscuridad, sonriendo.

Y yo la sigo.

leer Réquiem