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Óscar Alejandro Luviano |
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Réquiem Inevitablemente he de morir. No quiero imponer la causa en beneficio de asaltantes, semáforos descompuestos, alcantarillas abiertas, virus mutantes, dictadores e insectos ponzoñosos, pero me gustaría que fuera en silencio y por ti. Al final, quiero quedar sentado y mirando al mar con la enigmática expresión de un actor desempleado, mirando hacia dondequiera un destello anuncie al fantasma del mar. Quiero que cuatro niñas en uniforme de secundaria conduzcan mis últimos servicios. —¿Fantasma del mar? ¿Qué es eso, tú? —Está hablando con “metarforas”, babosa. —Yo digo que lo pongamos mirando para donde sale el sol. —Da igual si lo pones para la ventana, de cualquier lado se llega al mar, nada más es cosa de seguir derechito derechito… —Como quieras, pero yo digo que sería mejor mirando para donde sale el sol… —Pero si ni sabes por dónde sale… —¡Ay, ya! Ustedes lo cargan y yo las dirijo. —No te vayas a cansar… —¡Uy! Bueno, pues yo de esta pierna, tu de la otra, tu de esa mano y tú de la otra, y lo sentamos en la mecedora. A la cuenta de tres me levantarán de la cama. Y apenas y toquen mi piel fría, y les envuelva el olor a sótanos y manzanas podridas, se mirarán de la una a la otra aterradas para después soltarme con el desdén que merecen cucarachas y pordioseros. Termitas y polvo no se habrán asentado sobre el piso de madera cuando mi abuela, en tubos y pantuflas, arranque la puerta de sus goznes con una patada, y entre abriendo y cerrando la boca al verme tendido, desmadejado. Con los ojos en un rictus de furia, gritará insultos que, para fortuna de su tierna edad, las niñas no entenderán, pues la dentadura postiza le saltará de su sitio. Hará una breve pausa para acomodarla, masticando el aire para ver si se acomodo correctamente y enarbolando su escoba se lanzará sobre de ellas. —¡Les dije que con cuidado, chamacas tarugas! Habrá una breve persecución en círculos alrededor de mi cama, la escoba que describirá varios strikes y un presuroso torrente de faldas tableadas y calcetas caídas escaleras abajo. Quiero que las niñas logren trasponer el portal ilesas, y una vez al otro lado de calle rompan en gritos de vieja loca, biliosa, malagradecida y psicópata, a lo que mi abuela obsequiará con la elegante réplica de un portazo. Volverá al piso de arriba, satisfecha de haber puesto fin al sacrilegio. Bajo el tapetito de la consola encontrará una lista de teléfonos: pompas fúnebres, florerías, un sacerdote de voz afligida y plegarías lluviosas. Lo habitual en estos casos. Un crujir de pisadas le llegará desde el techo mientras última los detalles de la carroza. Tomará su escoba y el pasillo que lleva a mi cuarto y, recuperando el sigilo de sus días de amor encubierto, sorprenderá a mis amigos en pleno allanamiento de morada. Los encontrará sosteniéndome de pie, encendiendo un cigarro en mis labios inertes y abotonándome el abrigo menos raído que me heredo el abuelo. La ocasión lo requiere. Quiero que el cigarro sea uno sin filtro. Mi abuela se les acercará con una sonrisa a la que sólo le faltará el arroz con leche, ocultando su escoba a la espalda. —Muchachos… Mis amigos intercambiarán guiños y codazos. Alguno, todo caballerosidad, la cubrirá con un chal a cuadros y, argumentado que el frío y lo tarde que es, la llevará del brazo hacia su recámara. —No se preocupe, aquí nos encargamos de todo, Petrita. Invisible y certera, una ráfaga de escobazos acabará con sus buenas intenciones. El grito de alarma llegará muy tarde, y los caídos elevarán súplicas que serán respondidas con el blanco destello del dolor. —¡Pero, Petrita, si fue la última voluntad de su nieto! Mi abuela es sorda cuando le conviene. Su escoba arriba y abajo quebrará sobre lo roto. La ventana se convertirá en la única posibilidad de escape. Mis amigos caerán a plomo y sin gracia alguna sobre la banqueta. El vuelo y los ángeles siempre les han sido ajenos. Quiero que se den el putazo de sus vidas y no tengan tiempo de sobarse: con un revuelo de enaguas mi abuela caerá nuevamente sobre de ellos. Todos huirán, menos uno, y mi abuela se lo surtirá hasta romper el palo de la escoba. O hasta el fin del mundo. El resto aprovechará para volver y rescatar mi cuerpo. Me llevarán de los hombros como a un pésimo bebedor. Mis pies arrastrarán periódicos viejos y cáscaras de pepita. Moverán mis manos y me harán tortear a una secretaria en minifalda. —¡Óyeme, hijo de tu chingada madre, vete a tortear a la más grande de tu casa! —Es que se nos murió, señorita… Quiero una foto de la cara que pondrá. Iremos al parque más cercano. Las farolas entre los árboles aparentarán espectros amarillos de envidia. Sentadas sobre el respaldo de una banca encontrarán a las cuatro niñas con sus estuches de belleza Mi alegría sobre el regazo. —¡Híjoles, cómo tardaron! —Siéntenlo aquí… —Mirando para donde sale el sol. —¡Oh, oh! Se está poniendo pálido pálido… —¡Maquillaje! —Tiene las uñas moradas… —¡Esmalte! —Está retieso. —Es por la edad… ¡Crema rejuvenecedora! Y, así, durante una noche venceré al carcoma hecho un aprendiz de travestí. Mientras esperan al que ya nunca va a esperarles, quiero que mis amigos se tiendan en los prados y canten a todo pulmón, y mal. El hielo se derretirá en sus vasos arruinando las bebidas. Las niñas terminarán su faena con aplausos y palmadas de la una a la otra. —Fue un gran trabajo. —Nos quedo hecho un cuero. —La verdad, te mandaste con las pestañas. Quiero que mis amigos les den las gracias y un beso, y las manden a llamarte por teléfono, no sin arrancarles la promesa de que se irán a dormir temprano, porque al otro día tocará trimestral de Geografía de México. Irán abrazadas, emocionadísimas de haber tocado a un muerto verdadero. —¡Uy, sí! Si fuistes la primera que lo soltó. Que las calles les sean menos sombrías, que la luz podrida del alumbrado público sea, por una vez, ligera y cálida. Entre sus hilos las niñas se sentirán observadas con admiración, que todo las toca a la distancia con respeto y amor. Por si fuera poco, encontrarán, hablando en la caseta de teléfonos más cercana, al hombre de sus sueños, quien sostendrá el auricular entre hombro y barbilla con ese gesto con el que los reyes renuncian a la corona. O con el que los verdugos dejan caer la guillotina. Se perderán en el trazo melancólico de sus labios, en la generosa crueldad de su mirada. Harán una parada táctica. —¿Qué hacemos? —¿Le pedimos la hora? —Pues entonces ve escondiendo tu reloj, mensa. —¿Le decimos que nos marque un número? —¡Va a pensar que estamos idiotas! —¡Nos le paramos enfrente y le decimos que es nuestro! —Y que él diga cuál de nosotras le gusta. Decidido el asalto, avanzarán hacia el príncipe con la torpeza de las manos sudorosas, acomodando los mechones sobre sus frentes, alisando las faldas, humedeciéndose los labios. Entonces pasarán de la felicidad al horror cuando mi abuela y medio palo de escoba las intercepte en su camino a la gloria. —¿Dónde está mi nieto?— el palo de escoba punteará cada sílaba. Las cuatro señalarán al parque como una sola. Cuando mi abuela se haya ido, descubrirán que el príncipe ya no está, y la cabina telefónica será el sitio más desolado de la Tierra. Se darán un momento para compartir, boquiabiertas, la inmóvil furia de la perdida. Quiero que los escaparates y las ventanas reflejen a mi abuela como un eco de metralla, y estallen. La banqueta arderá a su paso. Quiero que atropelle a un policía, que sea vista por peatones desvelados que revivirán el mito de la llorona. Llegará al parque resollando sin tubos. En un vistazo encontrará, sobre una banca, no mi cuerpo, sino mi mejor fotografía. En ella no paso de los tres años y llevo mameluco azul. Su marco es dorado. Mi abuela sentirá lluvia y envolviendo la foto en su pañoleta blanca, con pasos cansados, la llevará de nuevo a su sitio, junto a las instantáneas de los XV años de mi madre y las falsas fotos del abuelo en la marina. Después vendrán la leche tibia, la radionovela de las once, los gatos en la mecedora al acecho de las bolsas de estambre, el silencio, la medianoche, el ungüento para la artritis, los lentes para vista cansada, la estilográfica, un cartoncito y la manuscrita apretada al escribir SE RENTA CUARTO, informes aquí. Quiero que tu teléfono suene a horas imposibles. Te levantarás de un salto. ¿Cuál es tu prisa? ¿A Quién esperas a esta hora? Al abrir la puerta, el viento de la calle acariciará febrilmente tu cuerpo, al que nunca le han hecho falta perfumes o aceites para convertir cualquier otro aroma en un insulto, en un innecesario error del aire. Pararás en seco antes de echarte a reír al recordar que tu casa no tiene timbre. El teléfono sonará de nuevo, y yo echaré de menos esa risa. —Hay cosas con las que no se juegan— te dirá la voz de una niña solemne en cuanto pongas el auricular a tu oído. Estará a punto de decirte algo más, pero forcejeos y golpes blandos la apartarán del teléfono. Se oirán otras vocecitas. —¡Yo le digo! —¡A mi me lo encargaron, no seas payasa! —¡Pero yo soy la más grande! —Dame el teléfono, te lo digo por última vez… —¡No me jales del pelo, babosa! —¿Bueno, bueno? —Te oigo— contestarás entre bostezos. Y te darán la noticia rematando con un muy ensayado coro de lero lero, y la promesa de manos heladas bajo tu sábana y rostros en el espejo. —¿Quién? ¿Muerto? ¿En silencio? ¿Por mí? —De veras te quería, mensa… Tragarás saliva y te enredarás el cordón del teléfono en los dedos, como haces cuando no tienes idea de qué decir. Convencidas por tu silencio de que lo único que te resta es cortarte las venas con el filo de una lata de atún, las niñas te dirán adiós, buen viaje, y colgarán enérgicamente, mientras tu te preguntas de quién demonios estarían hablando. Dejarán la caseta atisbando de aquí a allá por si el príncipe ha reaparecido. No lo hallarán, y dirán que es culpa tuya. —Todo por hablarle… —Es una lagartona. —¿Cómo sabes si ni la viste? —Una sabe, con la voz… Quiero que pierdan diez minutos en jurar silencio y discreción sobre lo que al día siguiente será el chisme del año. Se despedirán entre abrazos y besos, repartiendo las flores robadas a las macetas de un balcón, y un poco más amigas. Quiero que sea luna llena, y la luna baje a reventar en falsos diamantes sobre la autopista, de modo que mis amigos aparenten ser una araña sobre la nieve, y no una bola de ebrios en sepelio. Llegaremos al límite de la ciudad. —¡Cómo pesa el miserable! —Siempre derrotó a las dietas. —No somos nada, no somos nada… Se acabo el bacardí. —¡Pa´acabarla de chingar! Quiero que el chofer del ADO frene a tres centímetros de mi cuerpo. Bajará del autobús hecho la furia divina. —¿Qué hace ese cabrón ahí tirado? —No se empute, es nuestro vale. —Algo decaído, se le fueron las copas… —¡A cualquiera le pasa! —¿Un roncito, mi buen Fitipaldí?—le ofrecerán la última cuba, no sin que les duela en lo más profundo del alma. —No debo, jóvenes, ando en la labor… —¡Ora, no nos deje con la mano extendida! —Infle para no morir arrugado. Quiero que el chofer se vea como un alfil polvoriento, que beba con la sed de un peón y proyecte la mandíbula de un caballo cuando le pregunten si, de pura casualidad, trae un asiento para mí. —Va a estar difícil, me tienen prohibidísimo levantar pasaje en la carretera. —¡Ya ve! No sea… —A nuestro vale le urge llegar. —Es actor. Tiene una función mañana. —Échese otro traguito para aclarar las ideas. Quiero que les acepte el soborno, un billete de a cien sobre un fajo de papel periódico, mirando hacia lo alto y silbando. Levantará las cejas al notar mi maquillaje y las brutalidad de las pestañas postizas. —Es un poco rarito el chavo, ¿no? —Estos actores, ya sabe… Quiero que me dejen en un asiento con ventanilla, junto a una mujer embarazada que fume rabiosamente y que tenga en los brazos a uno de esos bebés que nunca se callan. —Adiós—dirán, levantando sus vasos vacíos. Quiero que el autobús se pierda en una romántica neblina. Mis amigos iniciarán el regreso a sus esposas, a las tarjetas amarillas de las horas extras, dejando sobre la carretera vasos de plástico para colectar la lluvia y colillas para consuelo de los vagabundos. El paisaje de la ventanilla, una brumosa línea de vacas y cercas, golpeará mis ojos para siempre abiertos con una pirotecnia azul, verde, fulminante, inútil. ¿Qué estaré viendo en realidad? ¿El rango del arco iris sólo es apreciable por los gatos? ¿Escucharé cánticos intemporales cuando los berridos del bebé suban tres octavas, y su madre decida que ya es hora de cambiarle el pañal? —Joven, ¿no me ayuda? Un bache me hará asentir con entusiasmo. Quiero que el bebé guardé silencio intrigado por lo frío de mi regazo. Quiero que ella manipule mis manos y me arroje el humo en la cara. —Es bien fácil, ¿verdá? Lo trabajoso es aguantar el olor. A esa hora tendré el maquillaje corrido, la expresión adusta, la boca endurecida en un categórico no. Le conmoverá mi estoicismo, le atraerá mi silencio. —Y usted, ¿de qué trabaja? A que adivino de qué, soy buena para eso. Mmmm… Es poeta, ¿verdá?. Se le ve. Quiero que el bebé duerma sobre mi regazo pacíficamente, mientras ella se enamora de mí. Quiero que comparé y murmuré “Si tan sólo…”. Quiero ser un padre torpe y el sueño de una mujer antes de resanar la tierra con carbono, nitrógeno y fósforo. Al llegar a un destino de sudor tropical, me dará las gracias. —¿Tienes teléfono? Nos podríamos llamar si quieres… Mis ojos señalando a la nada, mis ojos viniendo de la nada le responderán. Se pondrá una mano sobre el vientre crecido, con la otra acariciará al bebé dormido. —Tienes razón— dirá con expresión ausente Y bajar á del autobús, derramando sobre los pisos mugrientos de la terminal las lágrimas que el mundo me tenía reservadas. Quiero que el chofer mire por encima de su hombro y arremeta por el pasillo hasta mi lugar. —Mira, jotito, a mi estos juegos no me… Bastará un empujón para que se de cuenta y regrese a su sitio detrás del volante, envejecido y crujiente como papel celofán. Recorremos hondonadas y lodazales hasta llegar a un pueblecito de los que se terminan de recorrer en cinco minutos, de los que nunca aparecen en itinerarios de campaña. Quiero que me abandone en un parque, en una banca a la vista de todos y cerca de la banda del kiosco. Ahí, recibiré con puntualidad los buenos días, las buenas tardes y el duerma bien y, a fuerza de no responder ningún saludo, seré condenado al centro de las habladurías en el mercado, al fuego eterno en el sermón de los domingos y a encarnar la sombra que devora a los niños insomnes. No faltarán los pequeños ojerosos y valientes que me tiren piedras y globos llenos de agua, pero no tardaré en pasar de moda y en volverme invisible. Y, pese a las promesas del amor, el tiempo no se detendrá. Las enredaderas, la hierba y la negligencia del jardinero municipal cubrirán a soplos de selva mi banca. Iré desapareciendo en un abrazo vegetal hasta engañar a pájaros y frutos. Quiero desaparecer de la memoria de los hombres cubierto de nidos y de rosas; orinado por los perros. |
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