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Gerardo Sifuentes


 

Perros que juegan billar

 

Los perros:

Entre los recuerdos de su infancia, además de la televisión en la tarde, está la imagen de un enorme tapiz de pared en casa del abuelo. Cinco perros de razas distintas sentados alrededor de una mesa, juegan a las cartas y beben cerveza. A Fontana le parecía entonces una imagen fascinante y se preguntaba si aquello era parte de alguna caricatura que se hubiera perdido. Existía otra versión del tapiz en la que el mismo grupo de perros jugaban al billar, y era aquel que colgaba en el estudio donde el abuelo muriera de un ataque al corazón. Nadie sabía quién era el verdadero autor de aquellas fábulas.

Desde entonces, Fontana se dio a la tarea de coleccionar aquellos tapices, y una vez que tuvo en su poder la serie completa de “El planeta de los perros” ­como los había bautizado­, se sentió orgulloso de poseer unas piezas que envolvían un mensaje muy claro; se trataban de crudas representaciones del mal absoluto. Las mascotas del hogar que pasan el tiempo como si fueran humanos, no eran escenas de una sátira del aparato social o una impresión kitsch-surrealista ocurrente; formaban escenas de la conquista del planeta Tierra, cuando el miedo, en su sentido más puro, se había instalado en ella.

El edificio: El gordo Fontana, seguidor de la obra de Melampus y otros escritores del género, se encontraba angustiado por terminar el guión de un programa de televisión. Las ideas, apenas retazos de series y películas vistos hasta el cansancio, no eran suficientes para retroalimentar su agotado cerebro.

Se distraía al pensar en las familias del edificio de enfrente, y lo único que podía maquinar eran historias de horror.

Al asomarse por la ventana, frustrado después de horas de trabajo, contempló el sombrío edificio que ostentaba un enorme cartel de bienes raíces. Nadie se atrevía a rentar en aquel lugar después de lo sucedido. Los muchachos de la calle aseguraban que algunos departamentos aún conservaban en su interior los muebles y efectos personales de sus habitantes ausentes, como si esperaran su inminente llegada. Fontana volvió al escritorio y trabajó hasta muy entrada la noche, pensando en las múltiples teorías acerca de lo sucedido en aquel lugar. Sólo habían rescatado a una persona, pero su estado mental estaba irremediablemente deteriorado. Los noticieros recordaban con insistencia el aniversario de tan extraño suceso.

 

Fontana:

Paradójicamente, la especialidad de Fontana era la comedia, y nadie se explicaba cómo su habitual amargura podía lidiar con las voces inconscientes que le dictaban los chistes, dobles sentidos y situaciones ocurrentes que escribía para la televisión.

Cuando era niño quiso ser mago e impresionar a sus amigos. Veinte años después, con dos divorcios, un hijo hiperactivo y una úlcera, se encontraba sin esperanzas, siempre estirando el gasto. Su mente jugaba a diario con el deseo de haber desaparecido con los vecinos de enfrente.

 

Los tapices:

Como toda la gente, Fontana tenía su propia historia de aquella noche. Horas antes del apagón que afectó a toda la ciudad había adquirido el último tapiz de la serie “El planeta de los perros” de un inquilino del fatal edificio. Fontana cree que el haber removido de su lugar aquella pieza probablemente desencadenó los hechos que todos conocían. Quizás aquel tapiz formaba parte de una geometría dimensional sobre la que descansaba un puente que se había venido abajo. Aquellas cosas siempre sucedían, estaba seguro de ello.

 

El abuelo:

Fontana tiene once años. Durante semanas le ha contado al abuelo que de grande será mago, el mejor del mundo, y que lo sorprenderá con sus trucos. Comienza con las rutinas clásicas; adivina cartas y la aparición de los elementales pañuelos de colores. Cada semana aprende un truco nuevo, hasta que por fin sólo le falta desaparecer algún objeto lo suficientemente grande o alguna persona. Aquel día el abuelo llega temprano de la calle. Descubre que la puerta del estudio está cerrada. Tras forcejear un rato con ella, le viene el dolor en el brazo. Cuando consigue abrirla se encuentra muy agitado. Nota que el enorme tapiz de los perros jugando billar no está en su lugar. Escucha ruidos en el baño. Suda mucho. Al abrir la puerta salen disparados cinco perros de todos tamaños y colores, seguidos por Fontana quien no puede contenerlos y les grita que se estén quietos. El impacto de la sorpresa supera al corazón del abuelo.

 

El aniversario:

Horas antes de cumplirse el primer aniversario de los sucesos que conmocionaron a la ciudad, Fontana es interrumpido por una vecina que toca a la puerta para invitarlo a la misa en honor de los vecinos ausentes. Tras despedirla groseramente, su madre le llama por teléfono para pedirle que no salga de la casa. En otro telefonazo, la madre de su hijo le exige el gasto del mes. Afuera se escucha el murmullo de una multitud. Estresado, Fontana se asoma a la calle y observa un centenar de personas congregadas frente al edificio fantasma, con veladoras encendidas y algunas pancartas donde exigen aclarar el caso. Aburrido, decide ir a la cocina a prepararse un té. Al volver con la taza humeante se percata que la gente ya no está en su lugar. Piensa que se han dispersado, pero los gritos y las sirenas al cabo de unos minutos llaman su atención. La historia se ha repetido.

 

La idea:

La desaparición de los manifestantes tiene consternada a la ciudad. Muchos piden que el lugar sea demolido, pero los familiares de las víctimas se oponen sin perder la esperanza de encontrar sobrevivientes. Los más audaces convocan por la radio y televisión a cualquier espiritista o científico que aclare por cualquier medio los sucedido. Este último llamado toca una fibra sensible en Fontana y su mente se ilumina. Llama por teléfono a la estación y se apunta para una cita.

 

El plan:

La fila es un circo de excéntricos. Al llegar su turno lo pasan a una gran sala, donde varias personas bien vestidas discuten acaloradamente alrededor de una larga mesa. Entre ellos distingue al alcalde y al gobernador. Sabe que tienen miedo. Todos callan al observarlo entrar por la puerta, cargando sobre su hombro un enorme tapiz enrrollado, que extiende en la mesa ante la mirada sorprendida de los concurrentes. Les cuenta una historia apasionada, apoyada por su teoría de la geometría total del espacio-tiempo y les plantea su idea para recuperar a las personas desaparecidas. Lo único que solicita es que lo dejen entrar al edificio en cuarentena. Al final, entre murmullos, le dan las gracias y le dicen que le llamarán mas tarde, cosa que nunca sucede.

 

El truco:

La cuadra está cerrada a la circulación, nadie quiere arriesgarse. Resulta extraño para Fontana que exista gente con miedo de borrarse del mapa; piensa que es otro de los temores primigenios, después del miedo la oscuridad. Logra pasar el retén con su acreditación como vecino del lugar, en medio de la confusión, entre cientos de curiosos y cámaras de tv. Lleva en su hombro el tapiz de los perros. En vez de entrar al edificio donde vive, decide pasar las vallas que rodean al edificio fantasma. En el vestíbulo percibe un extraño olor a especias que le recuerdan la cocina de su madre. Es un aroma característico que delata presencia humana, como si la gente no se hubiera movido de ahí. Recorre los pasillos silenciosos. Entra a los departamentos uno por uno. Se sienta en los sofás, prende los televisores que sólo captan canales muertos, salta en las camas, husmea entre los roperos, busca calzones de mujeres. Al fin llega al departamento del vecino que le vendió el tapiz. El lugar está exactamente como lo dejó. La pared donde colgaba su reliquia está desnuda. Fontana suspira, examina el área, mide posibilidades, y cuando está a punto de colgar la pieza se detiene unos segundos y toma otra decisión. Cuelga el tapiz, pero lo hace con la imagen de los perros mirando a la pared, mostrando el reverso de la tela. Un ligero zumbido en sus oídos lo marea.

Fontana da un salto al escuchar a sus espaldas la voz del vecino, que le pide el pago antes de llevarse a los perros que juegan billar. Su corazón está muy acelerado. Sale del departamento sin decir palabra. Escucha los ruidos propios de un edificio habitado; el llanto lejano de un niño, música, sonidos de cocina, pasos, muebles que arrastran. El vecino lo sigue de cerca, e insiste en el tema del dinero. Fontana sale a la calle, y descubre con emoción que su teoría ha funcionado. Camina un par de cuadras desiertas, sólo se escucha el murmullo del viento. Los autos están detenidos en las calles, todos vacíos. La gente se ha ido. La situación en el resto del mundo debe ser la misma. Los últimos habitantes del planeta Tierra se encuentran en el edificio que acaba de resucitar; tendrá que explicar muchas cosas. Fontana por fin puede reír a carcajadas. El truco ha sido un éxito, el abuelo estaría orgulloso de él.