A la mitad del foro III

Mario Levrero

Alberto Chimal


El pasado 30 de agosto, en Montevideo, falleció el escritor uruguayo Mario Levrero. Aunque gozaba de prestigio merecido en otros países, pocos reconocerán su nombre en México, tan incomunicado del modo que sabemos: aquí, luego de un par de textos publicados en oscuras antologías españolas de ciencia ficción (!) durante los ochenta, dos novelas suyas (La ciudad y El lugar) fueron recuperadas en la colección Reinos Imaginarios de la editorial Plaza y Janés y su cuento "La calle de los mendigos" fue publicado, hace uno o dos años, en el portal mexicano Ficticia.com. Nada más.

Pero pocas veces se podría invocar con más justicia que en este caso la imagen del autor de culto. Los textos de Levrero son "como saben sus lectores relativamente escasos, pero fieles" de los que se vuelven cruciales y memorables por abrir paso no a las certidumbres (cualquier obra artística puede tener éxito repitiendo lo que muchos ya creen) sino a la duda: a la conciencia de los límites.

Su París forma, junto con La ciudad y El lugar, una "trilogía involuntaria" sobre el extrañamiento: los viajes que emprenden sus protagonistas parecen al comienzo incursiones razonables en la realidad cotidiana, pero luego se advierte que en esa "realidad" todo se transforma y se tuerce de continuo, y quien cuenta la historia está siempre un paso detrás de la nuestra en el asombro. Textos inclasificables como Caza de conejos o Nick Carter se divierte mientras el lector es asesinado y yo agonizo parecen jugar con subgéneros populares, pero son en realidad experimentos radicales, juegos irrepetibles con el lenguaje que dejan entrever el fondo siniestro, un poso de motivos y símbolos del inconsciente más remoto, que aprendimos a nombrar desde Freud pero que trasciende cualquier posibilidad del pensamiento abstracto. Libros como Dejen todo en mis manos, Fauna, Espacios libres o El alma de Gardel permiten situar a Levrero en una tradición de autores "raros" que pasa por el conde de Lautréamont y por Felisberto Hernández, pero también dejan ver que al modo de dos de sus escritores tutelares, Carroll y Kafka, Levrero siempre termina por mostrar, también, por otros límites: los de la propia experiencia humana, aquellos que las formas más simples y tranquilizadoras de la ficción pretenden ocultar con tramas, "sentidos", personajes supuestamente profundos.

En sus últimos años, además de continuar con su propio proyecto de escritura (ajeno, desde luego, a la idea tan popular del escritor como conquistador o como seductor, del arte como medio para adquirir poderes más concretos en los mundos del poder o el mercado), Levrero se dedicó a trabajar por su cuenta y con varios asociados y discípulos en talleres literarios, por igual en "vivo" que por internet. En ellos, según entiendo, enseñó lo que sabía sobre la escritura como una herramienta, sí, pero no dirigida hacia afuera. "En mis textos", me dijo (la única vez que conversamos: por correo electrónico), "lo que hay es el resultado de experiencias interiores que para mí son muy reales; no suele haber invenciones, sino investigación, exploración de lo que podríamos llamar el mundo del alma. Creo que mis textos son una especie de producto secundario de esas exploraciones, o quizás más bien una herramienta para esas exploraciones. El texto vendría a ser una traducción, o puesta en palabras, de movimientos y aventuras anímicas para los que no hay un lenguaje específico".

Ahora que ha muerto, su obra queda dispersa en ediciones muchas veces descuidadas, mal distribuidas, inencontrables. Y, como la de otros "excéntricos", aquí puede pasar mucho tiempo todavía en la oscuridad, arrinconada en una librería de viejo, con el azar como única posibilidad de hallar nuevos lectores. ¿Servirá el consuelo de que casi todos los que ya lo conocemos lo encontramos por obra de ese mismo azar? Su trabajo merece, cuando menos, esa multiplicación de lo imposible: no será nunca un narrador central, porque esa palabra carecería de sentido al examinar una propuesta como la suya, que nunca pasó por el deseo de canonizarse, pero en él se cumple sin esfuerzo ese milagro que tanto cuesta a otros: nadie que lo descubra lo olvidará.


Artículos anteriores:

•Los niños y la literatura de horror
Lenore de Roman Dirge