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Hace mucho, muchísimo tiempo que vivían en un lejano reino dos ancianos y su hija, Basilisa. Vivían encantados en su pequeña casita, en la que reinaba el amor, pero un día aciago se abatió sobre ellos la desgracia, la anciana enfermó gravemente. Sintiendo la proximidad de su fin, llamó a Basilisa, le dio una muñequita y le dijo: —Guarda, hijita mía, la muñequita esta y no la enseñes a nadie. Si te ocurre una desgracia, dale de comer y luego pídele consejo. La muñequita comerá lo que le des y te sacará de apuros. La anciana besó a su hija y, unos instantes después, cerró los ojos para siempre. El anciano lloró su muerte unos cuantos años y luego se casó con otra. Quería dar a su hijita una madre, pero le dio una mala madrastra. La madrastra tenía dos hijas, feas, caprichosas y malas. La mujer las quería y las mimaba mucho, mientras que a Basilisa le gruñía el día entero. La vida era un infierno para Basilisa. La madrastra y las hermanastras siempre estaban de un humor de perros, la vituperaban sin cesar y descargaban sobre ella todo el trabaja, para que enflaqueciera y para que el viento y el sol ennegrecieran su blanca tez. En todo el día no se oía en la casa más que gritos:
Basilisa hacía todo lo que le decían, procuraba complacerlas, y el trabajo le cundía que era un primor. Cada día estaba más bonita. ¡Era preciosa! Tan preciosa que ni en los cuentos había niña igual. Aquello era porque la muñequita le ayudaba en todo. Muy de mañana, Basilisa ordeñaba las vacas, se encerraba en el desván, daba leche a la muñequita y le decía: —Come, muñequita, y escucha mis penas. La muñequita comía y, luego de consolar a Basilisa, hacía por ella todo el trabajo. La chica descansaba al fresco o recogía flores, y la muñequita escardaba el huerto, acarreaba agua, encendía la estufa y regaba las coles. Además, le señalaba qué hierbas debía aplicarse para que el sol no tostara su tez. En fin, Basilisa estaba más hermosa cada día. En cierta ocasión, el padre emprendió un largo viaje. La madrastra y sus hijas se quedaron en casa. Fuera reinaba una oscuridad impenetrable, llovía y ululaba el viento. Era avanzado el otoño. Rodeaba la casita un espeso bosque, en el que vivía una bruja que se comía a personas como si fueran pollitos. La madrastra dijo a una de sus hijas que hiciera puntilla, a la otra, que hiciera media, y a Basilisa le mandó que hilara. Apagó todas las luces de la casa, dejó encendida una tea donde las chicas estaban trabajando y se acostó. La tea de abedul chisporroteaba, chisporroteaba y terminó por apagarse. —¿Qué vamos a hacer? —dijeron las hermanastras de Basilisa—. En toda la casa no hay luz, y hay que seguir trabajando. Tendremos que ir en busca de fuego a casa de la bruja. —Yo no voy —dijo la hermanastra mayor—. Yo hago puntilla y el ganchillo me da bastante luz. —Pues yo tampoco —se apresuró a decir su hermana—. Yo hago medida y las agujas me dan luz. Las dos malas pécoras gritaron a la vez… —¡Basilisa, Basilisa, ve a casa de la bruja y pídele fuego!
—Muñequita mía, me envían a casa de la bruja en busca de fuego. La bruja esa se come a la gente en un dos por tres. —No te preocupes —respondió la muñequita—, que yendo conmigo no te pasará nada. Mientras esté contigo, no te ocurrirá desgracia alguna. —Gracias, muñequita, por tus palabras de consuelo —dijo Basilisa—, y se puso en camino. En torno se alzaba la muralla del bosque, en el cielo no lucía ni una sola estrella, y la clara luna no aparecía. Basilisa temblaba de miedo y apretaba a su pecho la muñequita. De pronto pasó ante ella un jinete blanco montado en un caballo blanco también, con los arreos claros. Empezó a despuntar el día. Basilisa siguió adelante, tropezando en los tocones. El roció humedeció su trenza y le enfrió las manos. De pronto pasó al galope otro jinete, rojo, montado en un corcel rojo también y con los arreos del mismo color. Salió el sol, acarició a Basilisa, la hizo entrar en calor y le secó la trenza.
Se hizo de noche. Todas las calaveras que coronaban la valla se encendieron, y en el claro había tanta luz como de día. Basilisa temblaba de miedo. Las piernas no le obedecían, y no podía alejarse de aquel horroroso paraje. De pronto se dio cuenta Basilisa de que la tierra retemblaba. Era la bruja, que llegaba montada en su almirez, empuñando el majadero a guisa de látigo y borrando sus huellas con la escoba. Llegó la bruja al portón y vociferó, —¡Fu, fu, fu! ¡Huele a carne rusa! ¿Quién hay aquí? Se acercó Basilisa a la bruja, le hizo una profunda reverencia y le dijo humildemente: —Soy yo, abuelita. Mis hermanastras me han enviado a que te pida lumbre. —Sí —respondió la bruja—, tu madrastra es familia mía. En fin, vive en mi casa, trabaja para mí y luego ya veremos lo que se hace.
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