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Opera 7 screen capture {float: right; margin-left: 0.5em}Luego, gritó a voz en cuello:

- ¡Abríos, cerrojos fuertes! ¡Ábrete, ancho portón!

El portón se abrió de par en par, y la bruja entró montada en su almirez, seguida de Basilisa. Junto al portón crecía un abedul que quiso azotar a la chica con sus ramas.

—No pegues, abedul, a la chica, que la he traído yo —dijo la bruja.

Ante la puerta había un perro que quiso morder a Basilisa.

—No la toques —ordenó la bruja al can—, que la he traído yo.

En el zaguán había un gato que quiso arañar a Basilisa.

—No la toques, gato gruñón —rezongó la bruja—, que la he traído yo.

—Ya ves, Basilisa —explicó la bruja—, que no es fácil escaparse de aquí, el gato araña, el perro muerde, el abedul salta los ojos y el portón no se abre.

­¡Eh, tiznada ­gritó—, dame de comer!

Apareció al instante una chica toda sucia de hollín y sirvió a la bruja un caldero de sopa de coles, un cubo de leche, doce pollos, cuarenta patos, medio buey, dos pasteles, hidromiel y cerveza casera sin medida ni cuento.

La bruja se lo zampó y bebió todo y a Basilisa le dio tan sólo un pedazo de pan.

—Toma, Basilisa —dijo—, este saco de mijo, escoge los granos y tira todos los carcomidos. Si dejas alguno, te comeré.

Al poco, la bruja roncaba ya.

Tomó Basilisa el pedazo de pan, lo depositó ante la muñequita y dijo:

—Cómete, muñequita querida, el pan y escucha mis penas. La bruja me ha encomendado un trabajo dificilísimo. Si no lo hago, dice que me comerá…

La muñequita respondió…

—No llores, no te apures, y acuéstate, que mañana será otro día.

En cuanto Basilisa hubo cerrado los ojos, la muñequita gritó:

—¡Abejarucos, gorriones y palomas, acudid sin dilación, salvad a Basilisa de la perdición!

Acudió volando una nube de aves que se pusieron a escoger el mijo, echando los granos buenos al saco y los malos a su buche. En fin, grano a grano, escogieron todo el mijo.

Apenas si habían terminado, cuando pasó al galope por delante de la casa el jinete blanco y amaneció. La bruja se despertó y preguntó a Basilisa:

—¿Has hecho todo el trabajo?

—Todo está listo, abuelita.

La bruja tuvo que callarse, aunque estaba muy enojada.

Opera 7 screen capture {float: left; margin-right: 0.5em}—Bien —gruñó—, yo tengo que salir ahora en busca de botín, y tú toma aquel saco de guisantes mezclados con simientes de amapola y sepáralos, haz dos montones. Si no lo haces, te comeré.

Salió la bruja al patio, emitió un silbido y volaron a ella el almirez y el majadero.

Pasó al galope el jinete rojo. y salió el sol.

La bruja se montó en el almirez y abandonó el patio. blandiendo el majadero y borrando sus huellas con la escoba.

Basilisa tomó una cortecilla de pan, dio de comer a la muñequita y dijo,

—¡Compadécete de mí, muñequita querida, ayúdame!

La muñequita gritó con voz sonora:

—¡Acudid, ratones campestres y caseros!

Acudieron legiones de ratoncillos e hicieron todo el trabajo aquel en cosa de una hora. Al atardecer, la chica tiznada puso la mesa, en espera de que llegara la bruja. Pasó al galope ante la casa el jinete negro. Se hizo de noche. Se encendieron las órbitas de las calaveras, crujieron los árboles y rumorearon las hojas, regresaba a casa la bruja.

—¿Qué, Basilisa —dijo al llegar—, has hecho lo que te mandé?

—Todo está hecho, abuelita.

La bruja tuvo que callarse, aunque estaba muy enojada.

—Si es así —dijo—, acuéstate. que yo voy a hacer lo mismo.

Basilisa se ocultó tras el horno y oyó que la bruja decía a su sirvienta:

—Enciende el horno, tiznada, y atiza el fuego, que cuando me despierte asaré a Basilisa.

Se tendió la bruja en el banco, apoyó los labios en el vasar, se tapó con el almirez y al poco daba unos ronquidos que se oían en todo el bosque.

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