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de I. Ducasse
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Isidore Ducasse, Conde de Lautréamont |
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Selección del Canto Tercero: |
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| 15.
Un farol rojo, bandera del vicio, suspendido del extremo de una varilla,
balanceaba su armazón azotada por todos los vientos, sobre una puerta maciza
y carcomida. Un corredor sucio que olía, a muslo humano, daba sobre un patio
en el que buscaban su comida algunos gallos y gallinas más flacos que sus
propias alas. Sobre la pared que servía de cerca al patio y daba al Iado
oeste, se habían practicado minuciosamente varias aberturas cerradas por
ventanillos enrejados. El musgo revestía ese cuerpo de edificio; que había
sido, sin duda, un convento y servía en la actualidad, como el resto del
edificio, de vivienda a todas esas mujeres que exhiben, día a día, a los
que entran, el interior de sus vaginas a cambio de unas monedas. Yo estaba
sobre un puente cuyos pilares se hundían en el agua cenagosa de un foso.
Desde ese plano elevado, contemplaba aquella construcción en el campo, agobiada
por la vejez y los mínimos detalles de su arquitectura interna. A veces,
la reja de un ventanillo se abría hacia arriba rechinando, como por el impulso
ascendente de una mano que violentaba la naturaleza del hierro; un hombre
asomaba la cabeza por la abertura libre a medias, avanzaba los hombros sobre
los que caía el yeso escamoso, y terminaba haciendo salir, mediante esa
laboriosa extracción, su cuerpo cubierto de telarañas. Con las manos apoyadas
a modo de corona sobre las inmundicias de toda clase que agobiaban el suelo
con su peso, mientras la pierna permanecía todavía enganchada en la reja
retorcida, recobraba su posición natural, e iba a enjuagar sus manos en
una tina roja, cuya agua jabonosa había visto levantarse y caer a generaciones
enteras, para alejarse después, lo más rápido posible, de esa calleja de
arrabal, y respirar el aire puro en el centro de la ciudad. Cuando el cliente
se había alejado, una mujer completamente desnuda salía a su vez del mismo
modo, y se dirigía a la misma tina. Entonces los gallos y gallinas acudían
en tropel desde diversos puntos del patio, atraídos por el olor seminal,
la tiraban al suelo a pesar de sus vigorosos esfuerzos, pisoteaban la superficie
de su cuerpo como si fuera un estercolero, y laceraban a picotazos, hasta
hacer manar sangre, los labios fláccidos de su tumefacta vagina. Los gallos
y gallinas, con el buche satisfecho, retornaban a escarbar la hierba del
patio; la mujer, a la que habían dejado limpia, se levantaba trémula, sembrada
de heridas, como alguien que despierta de una pesadilla. Dejaba caer el
estropajo que había traído para enjugar sus piernas; no teniendo ya necesidad
de la tina común, se volvía a su madriguera del mismo modo que había salido,
a la espera de otra sesión. ¡Ante ese espectáculo también yo quise penetrar
en la casa! Estaba por descender el puente cuando vi en el remate de un
pilar esta inscripción en caracteres hebraicos: "Caminante que pasas por
este puente, no vayas a esa casa. Porque el crimen tiene allí su residencia
junto con el vicio. Un día sus amigos esperaron en vano a un joven que había
franqueado la puerta fatal." La curiosidad fue más fuerte que el temor;
al cabo de unos momentos, llegué hasta una ventanilla, cuya reja estaba
formada por sólidos barrotes que se entrecruzaban apretadamente. Quise mirar
al interior a través de ese espeso tamiz. Al principio no pude ver nada,
pero no tardé en distinguir los objetos que estaban en la habitación oscura,
gracias a los rayos del sol cuya luz declinante habría de desaparecer pronto
en el horizonte. La primera y única cosa que llamó mi atención fue un palo
rubio, compuesto de cometillas superpuestas que entraban unas en otras.
¡Ese palo tenía movimiento! ¡Andaba por la habitación! Daba unas sacudidas
tan fuertes que el piso se bamboleaba. Con sus dos cabos producía enormes
melladuras en la pared al modo de un ariete lanzado contra la. puerta de
una ciudad sitiada. Sus esfuerzos eran inútiles, los muros estaban construidos
con piedra de sillería y, cuando chocaba contra la pared, lo veía encorvarse
como una hoja de acero y rebotar como una pelota de goma. ¡Por lo tanto
ese palo no era de madera! Noté, además, que se enrollaba y desenrollaba
fácilmente igual que una anguila. Aunque tenía la altura de un hombre no
se mantenía erguido. A veces lo intentaba mostrando entonces uno de sus
extremos delante de la reja de la ventanilla. Ejecutaba unos saltos impetuosos,
y volvía a caer al suelo sin que el obstáculo cediera. Me puse a examinarlo
con creciente atención hasta descubrir que era un cabello. Después de una
lucha titánica con la materia que lo circundaba como una cárcel, fue a apoyarse
en el lecho que había en la habitación, con la raíz descansando sobre una
alfombra y la punta sobre la cabecera. Tras unos instantes de silencio,
durante los cuales percibí algunos sollozos entrecortados, alzó la voz y
dijo así: "Mi amo me ha olvidado en este cuarto; no viene a buscarme. Se
levantó de esta cama en la que estoy apoyado, peinó su perfumada cabellera
sin reparar en que yo había caído al suelo. Con todo, de haberme él recogido,
no habría yo encontrado sorprendente ese acto de elemental justicia. Me
abandonó emparedado en esta habitación, después de haberse revolcado entre
los brazos de una mujer. ¡Y qué mujer! Las sábanas todavía están húmedas
de su cálido contacto y conservan en su desorden las huellas de una noche
dedicada al amor…"¡Y yo me preguntaba quién podía ser su amo! ¡Y mis ojos
se adherían a la reja con más fuerza!… "Mientras la naturaleza toda se amodorraba
en su castidad, él se unió con una mujer degradada, en abrazos lascivos
e impuros. Se rebajó hasta el punto de dejar aproximarse a su augusta faz
mejillas de lozanía marchita despreciables por su impudicia consuetudinaria.
No daba muestras de avergonzarse, pero yo me avergonzaba por él. No hay
duda de que estaba muy contento de dormir con semejante esposa de una noche.
La mujer, asombrada del porte majestuoso del huésped, parecía experimentar
voluptuosidades incomparables, le besaba el cuello con frenesí." ¡Y yo me
preguntaba quién podía ser su amo! ¡Y mis ojos se adherían a la reja con
más fuerza!…"Durante ese lapso, yo sentía que pústulas ponzoñosas, que se
desarrollaban cada vez en mayor número a causa de su insólito ardor por
los placeres carnales, rodeaban mi raíz con su hiel mortal, para absorber
con sus ventosas la sustancia generatriz de mi vida. Mientras más se abstraían
ellos, sumidos en sus insensatos movimientos, más sentía yo decaer mis fuerzas.
En un momento en que los deseos corporales alcanzaron el paroxismo del furor,
noté que mi raíz se retorcía sobre sí misma como un soldado herido por una
bala. Habiéndose apagado en mí la antorcha de la vida, me desprendí de su
cabeza ilustre como una rama muerta; caí al suelo sin ánimo, sin fuerza,
sin vitalidad, con una profunda compasión por aquel a quien pertenecía,
pero con un dolor eterno por su deliberado extravío…" Y yo me preguntaba
quién podía ser su amo! ¡Y mis ojos se adherían a la reja con más fuerza!…
"¡Si tan siquiera su alma se hubiese prodigado sobre el seno inocente de
una virgen! Ella hubiera sido más digna de él, y la degradación hubiera
sido menor. ¡Posa sus labios sobre esa frente cubierta de lodo, que los
hombres han pisoteado con el talón lleno de polvo! ¡Aspira con su impúdica
nariz las emanaciones de esas dos axilas húmedas!… Vi cómo el tegumento
de estas últimas se contraía de vergüenza, mientras, por su lado, la nariz
misma se resistía a esa aspiración infame. Pero ni él ni ella prestaban
la menor atención a las advertencias solemnes de las axilas, a la repulsa
lívida y taciturna de la nariz. Ella levantaba más los brazos y él, con
mayor empuje, hundía su rostro en sus huecos. Me veía obligado a ser cómplice
de esa profanación. Me veía obligado a ser espectador de ese contoneo inaudito,
a asistir a la unión absurda de dos seres cuyas distintas naturalezas estaban
separadas por un abismo inconmensurable… "¡Y yo me preguntaba quién podía
ser su amo! ¡Y mis ojos se adherían a la reja con más fuerza!… "Cuando se
sació de aspirar a esa mujer, se le ocurrió arrancarle los músculos uno
por uno; pero como era mujer, la perdonó, y prefirió hacer sufrir a un ser
de su sexo. Llamó en la celda contigua a un joven, que había llegado a aquella
casa para pasar un rato de solaz con una de aquellas mujeres, y le pidió
que viniese a colocarse a un paso de sus ojos. Hacía mucho tiempo que yo
estaba tendido en el suelo. Sin fuerzas para incorporarme sobre mi raíz
dolorida; no pude ver lo que hicieron. Sólo que apenas el joven estuvo al
alcance de su mano, jirones de carne fueron cayendo a los pies del lecho,
al lado mío. Me contaron muy quedamente que las garras de mi amo los habían
arrancado de los hombros del adolescente. Este, al cabo de algunas horas
en las que luchó contra una fuerza más poderosa, se levantó del lecho y
se retiró dignamente. Literalmente desollado de pies a cabeza, arrastraba
por las losas de la habitación su piel desprendida, mientras se decía que
estaba dotado de un carácter bondadoso, que le gustaba creer que sus semejantes
eran igualmente buenos, que por eso había accedido al requerimiento del
distinguido extranjero que lo había llamado a su lado, pero que nunca, nunca,
se le hubiera ocurrido que iba a ser torturado por un verdugo. Y por un
verdugo semejante, agregó después de una pausa. Por último, se dirigió hacia
la ventanilla que cedió piadosamente hasta el nivel del suelo en presencia
de ese cuerpo desprovisto de epidermis. Sin abandonar su piel, que todavía
podía servirle, aunque sólo fuera como manto, se esforzó por salir de ese
paraje peligroso; una vez lejos de la habitación no pude comprobar si le
alcanzaron las fuerzas para llegar a la puerta de salida. ¡Oh, con qué respeto
se apartaban los gallos y gallinas, a pesar de su hambre, de ese largo rastro
sangriento que empapaba la tierra!" ¡Y yo me preguntaba quién podía ser
su amo! ¡Y mis ojos se adherían a la reja con más fuerza!… "Entonces, aquel
que hubiese debido tener más en cuenta su dignidad y su justicia, se incorporó
trabajosamente sobre su codo fatigado. ¡Solitario, sombrío, asqueado y horrible!…
Se vistió lentamente. Las monjas sepultadas desde hacía siglos en las catacumbas
del convento, después de haber sido arrancadas de su sueño por los ruidos
de aquella noche espantosa, que se entremezclaban en una celda situada encima
de las criptas, se tomaron de la mano para formar una ronda funeraria alrededor
de él. Mientras reunía los residuos de su antiguo esplendor, y se lavaba
las manos con esputos para secarlas después en sus cabellos (es mejor lavarlas
con esputos, que no lavarlas del todo, al final de una noche entera dedicada
al vicio y al crimen), entonaron ellas las plegarias de lamentación por
los muertos que corresponde cuando alguien es bajado a la tumba. En efecto,
el joven no debía sobrevivir al suplicio ejecutado en él por una mano divina,
y su agonía tuvo fin mientras las monjas entonaban sus preces…" Me acordé
de la inscripción en el pilar; comprendí lo que había pasado con el púber
soñador que sus amigos todavía esperaban un día tras otro desde el momento
de su desaparición… ¡Y yo me preguntaba quién podía ser su amo! ¡Y mis ojos
se adherían a la reja con más fuerza!… "Los muros se apartaron para dejarlo
pasar; las monjas viéndole ascender por los aires con alas que había ocultado
hasta entonces en su ropaje de esmeralda, volvieron a refugiarse en silencio
bajo las losas de sus tumbas. El partió hacia su morada celestial, dejándome
aquí, lo que es injusto. El resto de los cabellos sigue en su cabeza, mientras
yo estoy tendido en esta habitación siniestra, sobre el parqué cubierto
de sangre coagulada y de jirones de carne seca; esta habitación quedó condenada
desde que él penetró en ella; nadie entra ya aquí, y con todo sigo encerrado.
¡No hay esperanza! Ya no volveré a ver a las legiones de ángeles marchar
en densas falanges, ni a los astros pasearse por los jardines de la armonía…
Pues bien, sea... Sabré soportar mi desgracia con resignación. Pero no dejaré
de informar a los hombres lo que aconteció en esta celda. Les facilitaré
las razones para arrojar la dignidad como una vestidura inútil, pues-o que
tienen el ejemplo de mi amo; les aconsejaré que chupen la verga del crimen,
puesto que otro ya lo ha hecho…" El cabello enmudeció… ¡Y yo me preguntaba
quién podía ser su amo! ¡Y mis ojos se adherían a la reja con más fuerza!…
Pronto estalló el trueno; una luminosidad fosfórica penetró en el cuarto.
Retrocedí a pesar mío, por no sé qué instinto premonitorio; aunque estaba
alejado de la ventanilla, percibí otra voz, pero ésta tenue y humilde como
temerosa de que la oyeran: "¡No brinques de esa manera! ¡Cállate… cállate…
si alguien llegara a oírte! Te volveré a colocar entre los otros cabellos,
pero espera primero a que el sol se oculte en el horizonte, a fin de que
la noche encubra tus pasos… no te he olvidado, pero te hubieran visto salir,
y yo me habría comprometido. ¡Oh, si supieras cómo he sufrido desde aquel
momento! De regreso al cielo, mis arcángeles me rodearon con curiosidad;
no quisieron preguntarme el motivo de mi ausencia. Ellos que no se habían
atrevido nunca a levantar la vista hasta mí, echaban miradas atónitas a
mi rostro abatido, esforzándose por descifrar el enigma, aunque no tuvieran
idea de la profundidad de ese misterio, y se comunicaban muy quedamente
la sospecha de algún cambio desacostumbrado en mí. Derramaban lágrimas en
silencio; presentían vagamente que no era el mismo, que me había vuelto
inferior a mi identidad. Hubiesen querido averiguar qué funesta resolución
me había hecho franquear las fronteras del cielo, para bajar a la tierra
y gozar voluptuosidades efímeras que ellos mismos desprecian profundamente.
Notaron en mi frente una gota de esperma, una gota de sangre. ¡La primera
había saltado desde los muslos de la cortesana, la segunda había saltado
desde las venas del mártir! ¡Odiosos estigmas! ¡Rosetas inmutables! Mis
arcángeles encontraron, prendida en las redes del espacio, los restos resplandecientes
de mi túnica de ópalo, que flotaban sobre los pueblos pasmados. No la han
podido reconstruir, y mi cuerpo continúa desnudo frente a la inocencia de
ellos; castigo memorable de la virtud abandonada. Observa los surcos que
se han trazado un lecho en mis mejillas descoloridas: corresponden a la
gota de esperma y a la gota de sangre que corren lentamente a lo largo de
mis secas arrugas. Llegadas al labio superior, logran mediante un inmenso
esfuerzo, penetrar en el santuario de mi boca, atraídas como un imán por
las fauces irresistibles. Me sofocan, esas dos gotas implacables. Yo me
había creído hasta ahora el Todopoderoso, pero no, tengo que doblar el cuello
ante el remordimiento que grita: ‘¡Eres sólo un miserable!’ ¡No brinques
de esa manera! ¡Cállate… cállate… si alguien llegara a oírte! Te volveré
a colocar entre los otros cabellos, pero espera primero a que el sol se
oculte en el horizonte, a fin de que la noche encubra tus pasos… Vi a Satán,
el gran enemigo, recomponer el desbarajuste óseo del esqueleto, por encima
de su embotamiento de larva, y de pie, triunfante, sublime, arengar a sus
tropas reagrupadas; y tal como me merezco, llegar a hacer befa de mí. Proclamó
el asombro que le producía el que su orgulloso rival, al fin sorprendido
en flagrante delito por el éxito de un espionaje incesante, hubiese podido
rebajarse hasta llegar a besar, después de un largo viaje a través de los
arrecifes del éter, el vestido de la corrupción humana, además de haber
hecho morir entre sufrimientos a un miembro de la humanidad. Dijo que ese
joven, triturado en el engranaje de mis refinados suplicios, probablemente
hubiera llegado a ser una inteligencia genial de aquellas que consuelan
a los hombres de esta tierra, gracias a sus admirables cantos de poesía
y de aliento, de los golpes del infortunio. Dijo que las monjas del convento-lupanar
no pueden recuperar el sueño; merodean por el patio, gesticulando como autómatas,
pisotean los ranúnculos y las lilas, se han vuelto locas de indignación,
pero no lo bastante como para no recordar el motivo que engendró esa enfermedad
de sus cerebros… (Vedlas avanzar, envueltas en su blanco sudario; no hablan,
están tomadas de la mano. Sus cabellos caen en desorden sobre sus hombros
desnudos; llevan un ramillete de flores negras inclinado en el seno. Monjas,
volved a vuestras criptas; la noche no se ha instalado por entero, es apenas
el crepúsculo vespertino… ¡Oh cabello!, lo ves tú mismo: por todos lados
me asalta el sentimiento desatado de mi depravación.) Dijo que el Creador
que se vanagloria de ser la Providencia de todo lo que existe, se ha conducido
con excesiva ligereza —para usar el término más leve— al ofrecer semejante
espectáculo a los mundos siderales, y afirmó claramente su designio de ir
a informar a los planetas orbiculares de qué modo mantengo, mediante mi
ejemplo personal, la virtud y la bondad en la vastedad de mis reinos. Dijo
que la gran estima que sentía por un enemigo tan noble, se había desvanecido
de su espíritu, y que prefería llevar la mano al pecho de una muchacha,
aunque fuera éste un acto de execrable maldad, antes que escupirme al rostro
cubierto de tres capas de sangre y esperma mezclados, a fin de no manchar
su babosa saliva. Dijo que se consideraba, con justo título, superior a
mí, no por el vicio, sino por la virtud y el pudor; no por el crimen, sino
por la justicia. Dijo que merecía ser condenado al suplicio a causa de mis
innumerables faltas; que se me quemara a fuego lento en un brasero encendido,
para arrojarme luego al mar, siempre que el mar se dignara recibirme. Que,
puesto que me vanagloriaba de ser justo, yo que lo había condenado a las
penas eternas por una insignificante rebelión sin consecuencias graves,
debía dictar severa justicia contra mí mismo, y juzgar imparcialmente mi
conciencia cargada de iniquidades… ¡No brinques de esa manera! ¡Cállate…
cállate… si alguien llegara a oírte! Te volveré a colocar entre los otros
cabellos, pero espera primero a que el sol se oculte en el horizonte a fin
de que la noche encubra tus pasos." Hizo una pausa y aunque no lo viese,
comprendí por ese lapso forzoso de silencio, que una oleada de emoción levantó
su pecho tal como un giratorio ciclón levanta una familia de ballenas. ¡Pecho
divino que un día manchó el amargo contacto de las mamas de una mujer impúdica!
¡Alma regia, entregada en un momento de extravío al cangrejo de la corrupción,
al pulpo de la debilidad de carácter, al tiburón de la abyección personal,
a la boa de la amoralidad, y al caracol monstruoso de la imbecilidad! El
cabello y su amo se abrazaron estrechamente como dos amigos que se vuelven
a encontrar después de larga ausencia. El Creador prosiguió tal como un
acusado que compareciese ante su propio tribunal. "¿Y qué dirán los hombres
de mí, ellos que tanto me veneraban, cuando lleguen a conocer los extravíos
de mi conducta, el andar vacilante de mi sandalia por los laberintos fangosos
de la materia, la trayectoria de mi marcha tenebrosa a través de las aguas
estancadas y de los húmedos juncos de la charca donde, envuelto por la niebla,
se vuelve morado y ruge el crimen de pata sombría!… Comprendo que debo trabajar
mucho en mi rehabilitación futura, para poder reconquistar su estima. ¡Soy
el Gran Todo, y, sin embargo, hay algo en mí que me hace sentir inferior
a los hombres a los que he creado con un poco de arenilla! Cuéntales alguna
mentira audaz y diles que jamás he salido del cielo, donde estoy permanentemente
encerrado, absorbido por las tareas del trono, entre los mármoles, las estatuas
y los mosaicos de mi palacio. Me presenté ante los hijos celestiales de
la humanidad y les dije: Arrojad el mal de vuestras cabañas y dad entrada
en vuestro hogar al manto del bien. Aquel que ponga la mano sobre uno de
sus semejantes provocándole una herida mortal en el pecho con el hierro
homicida, que no espere los efectos de mi misericordia, y que se cuide de
la balanza de la justicia. Irá a esconder su tristeza en los bosques, pero
el murmullo de las hojas a través de los espacios claros cantará a sus oídos
la balada del remordimiento; y huirá de esos parajes pinchado en la cadera
por la zarza, el espino y el cardo azul, sus rápidos pasos obstaculizados
por la elasticidad de las lianas y las picaduras de los escorpiones. Se
encaminará hacia los guijarros de la playa, pero la alta marea con su rocío
y su proximidad peligrosa, le explicarán que no ignoran su pasado; entonces
él se lanzará en ciega carrera hacia lo alto del acantilado, en tanto que
los vientos estrepitosos del equinoccio, al penetrar en las grutas naturales
del golfo, y en las canteras excavadas bajo la muralla de rocas resonantes,
mugirán como las inmensas manadas de búfalos en las pampas. Los faros de
la costa lo perseguirán hasta los límites del septentrión con sus destellos
sarcásticos, y los fuegos fatuos de las marismas, simples vapores en combustión
con sus danzas fantásticas, harán temblar los pelos de sus poros, y volverse
verde el iris de sus ojos. Que el pudor tome así vuestras cabañas y esté
seguro a la sombra de vuestros campos. De ese modo vuestros hijos se criarán
hermosos y reverenciarán a sus padres con agradecimiento; de otro modo,
enfermizos y encogidos como el pergamino de las bibliotecas, avanzarán a
grandes trancos, encabezados por la rebeldía, contra el día de su nacimiento
y el clítoris de su madre impura.' ¿Cómo se van a someter los hombres a
esas leyes, si el legislador mismo es el primero que se rehúsa a ceñirse
a ellas?… ¡mi vergüenza es inmensa como la eternidad!" OÍ al cabello perdonarle
humildemente su secuestro, puesto que su amo había obrado con prudencia
y no con ligereza, y el último y pálido rayo de sol que iluminaba mis ojos
se retiró de los barrancos de la montaña. Vuelto hacia él le vi plegarse
como un sudario… ¡No brinques de esa manera! ¡Cállate… cállate… si alguien
llegara a oírte! Te volveré a colocar entre los otros cabellos. Y ahora
que el sol ya se ha ocultado en el horizonte, viejo cínico y cabello doméstico,
arrastraos los dos bien lejos del lupanar, mientras la noche, extendiendo
su sombra sobre el convento, encubre vuestros pasos furtivos que se demoran
en la llanura… Entonces el piojo, saliendo súbitamente de detrás de un promontorio,
me dijo, erizando sus garras: "¿Qué piensas de esto?" Pero yo no quise contestarle.
Me alejé de allí y llegué al puente. Borré la inscripción primera y la reemplacé
por ésta: "Doloroso es guardar como un puñal un secreto así en el corazón,
pero juro no revelar nunca aquello de lo que fui testigo al entrar por primera
vez en ese terrible torreón." Arrojé por encima del parapeto el cortaplumas
que me había servido para grabar las letras, y, haciendo algunas consideraciones
sobre la chochera del Creador, quien, ¡ay!, haría sufrir a la humanidad
por mucho tiempo todavía (la eternidad es larga), sea por el ejercicio de
la crueldad, sea por el espectáculo innoble de los chancros que ocasiona
un gran vicio, cerré los ojos como un hombre ebrio ante el pensamiento de
tener a un ser semejante por enemigo, y proseguí con tristeza mi camino
a través del dédalo de calles.
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