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de I. Ducasse
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Isidore Ducasse, Conde de Lautréamont |
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Selección del Canto Cuarto: |
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| 4.
Soy sucio. Los piojos me roen. Los cerdos vomitan al mirarme. Las costras
y las escaras de la lepra han convertido en escamosa mi piel cubierta de
pus amarillento. No conozco el agua de los ríos ni el rocío de las nubes.
En mi nuca crece, como en un estercolero, un hongo enorme de pedúnculos
umbelíferos. Sentado en un mueble informe no he movido mis miembros desde
hace cuatro siglos. Mis pies han echado raíces en el suelo y forman hasta
la altura de mi abdomen una especie de vegetación viviente, repleta de innobles
parásitos, que todavía no llega a ser planta y que ha dejado de ser carne.
Sin embargo, mi corazón late. Pero ¿cómo podría latir si la podredumbre
y las exhalaciones de mi cadáver (no me atrevo a llamarlo cuerpo) no lo
nutrieran abundantemente? Bajo mi axila izquierda una familia de sapos ha
fijado su residencia, y cuando uno de ellos se mueve, me hace cosquillas.
Tened cuidado de que no se escape alguno, y vaya a frotar con la boca el
interior de vuestra oreja: sería capaz de penetrar luego en vuestro cerebro.
Bajo mi axila derecha hay un camaleón que perpetuamente les da caza para
no morirse de hambre: es justo que todos vivan. Pero cuando una parte desbarata
completamente los ardides de la otra, no encuentran nada mejor que dejar
de molestarse, y entonces chupan la grasa delicada que recubre mis costillas:
ya estoy acostumbrado. Una víbora maligna ha devorado mi verga para tomar
su lugar: esa infame me ha convertido en eunuco. ¡Oh!, si hubiese podido
defenderme con mis brazos paralizados, pero creo que se han transformado
más bien en dos leños. Sea lo que fuere, importa dejar constancia de que
la sangre ya no llega hasta ellos para pasear su rojez. Dos pequeños erizos
que no crecen más, arrojaron a un perro, que no los rehusó, el contenido
de mis testículos, y después de haber lavado cuidadosamente la epidermis,
se alojaron en su interior. El ano ha quedado obstruido por un cangrejo;
envalentonado por mi inercia, guarda la entrada con sus pinzas, haciéndome
mucho daño. Dos medusas cruzaron los mares, saboreando una esperanza que
no fue defraudada. Examinaron atentamente las dos porciones carnosas que
forman el trasero humano, y adhiriéndose al contorno convexo, las han achatado
en tal forma mediante una presión constante, que los dos trozos de carne
desaparecieron, quedando sólo dos monstruos surgidos del reino de la viscosidad,
iguales en color, en forma y en saña. ¡No habléis de mi columna vertebral
porque es una espada! Sí, sí... no prestaba atención... vuestro pedido es
justo. Queréis saber, ¿no es así?, cómo y por qué se encuentra clavada verticalmente
en mi lomo. Yo mismo no lo recuerdo con precisión; sin embargo, si me decido
a considerar como recuerdo lo que quizás no sea más que un sueño, sabed
que el hombre, cuando averiguó que yo había hecho votos de vivir enfermo
e inmóvil hasta lograr vencer al Creador, vino detrás de mí de puntillas,
pero no tan quedamente que no lo oyese. Luego no percibí nada durante un
lapso que no fue largo. Esa aguda cuchilla se hundió hasta el mango entre
las paletillas del toro de las fiestas, y su osamenta se estremeció como
un terremoto. La hoja ha quedado adherida tan firmemente al cuerpo, que
nadie hasta ahora ha podido extraerla. Los atletas, los mecánicos, los filósofos,
los médicos, han ensayado sucesivamente los medios más diversos. ¡No sabían
que el daño hecho por el hombre no puede repararse! Les perdoné la profundidad
de su ignorancia innata, y los saludé con un movimiento de los párpados.
Viajero, cuando pases a mi lado, te ruego que no me dirijas la menor palabra
de consuelo: debilitarías mi ánimo. Déjame templar mi tenacidad en la llama
del martirio voluntario. Vete… que yo no inspire piedad alguna. El odio
es más extraño de lo que crees; su conducta es inexplicable como la rotura
aparente de un palo que penetra en el agua. Tal como me ves, puedo hacer
todavía excursiones hasta los muros del cielo, al frente de una legión de
asesinos, y volver para retomar esta postura, y meditar de nuevo sobre los
nobles proyectos de venganza. Adiós, no te retendré más, y para que te instruyas
y seas cauto, reflexiona en la suerte fatal que me ha empujado a la revuelta,
cuando es probable que haya nacido bueno. Contarás a tu hijo lo que has
visto, y tomándole la mano, hazle admirar la belleza de las estrellas y
las maravillas del universo, el nido del petirrojo y los templos del Señor.
Te sorprenderá verlo tan dócil a los consejos de la paternidad, y lo recompensarás
con una sonrisa. Pero cuando piensa que nadie lo observa, échale una mirada,
y lo verás escupir su baba sobre la virtud; te ha engañado, el descendiente
de la raza humana, pero no te engañará más: en adelante sabrás todo lo que
llegará a ser. Oh padre infortunado, prepara, para acompañar los pasos de
tu vejez, el patíbulo indestructible que cortará la cabeza de un criminal
precoz, y el dolor que te mostrará el camino que lleva hasta la tumba.
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