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de I. Ducasse
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Isidore Ducasse, Conde de Lautréamont |
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Selección del Canto Quinto: |
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| 5.
¡Oh pederastas incomprensibles!, no seré yo el que lance denuestos contra
vuestra gran degradación; no seré yo el que acuda para arrojar el desprecio
en vuestro ano infundibuliforme. Basta con que las enfermedades vergonzosas
y casi incurables que os asedian lleven consigo su infaltable castigo. Legisladores
de instituciones estúpidas, inventores de una moral estrecha, alejaos de
mí, pues yo soy un alma imparcial. Y vosotros jóvenes adolescentes o mejor,
jovencitas, explicadme cómo y por qué (pero manteneos a una distancia conveniente,
pues tampoco yo sé resistir a mis pasiones) la venganza germinó en vuestros
corazones para prender en el flanco de la humanidad semejante guirnalda
de heridas. Habéis hecho que se ruborizara de sus hijos a causa de vuestra
conducta (que yo venero); el modo como os prostituís ofreciéndoos al primero
que llega, pone en juego la lógica de los pensadores más profundos, en tanto
que vuestra sensibilidad exagerada colma la medida de la estupefacción de
la mujer misma. ¿Sois de naturaleza más terrestre o menos terrestre que
vuestros semejantes? ¿Poseéis acaso un sexto sentido que a nosotros nos
falta? No mintáis y decidnos cuáles son vuestros pensamientos. No es un
interrogatorio lo que formulo, pues desde que frecuento como observador
la sublimidad de vuestras inteligencias grandiosas, sé a qué atenerme. Que
mi mano izquierda os bendiga, que mi mano derecha os santifique, ángeles
protegidos por mi amor universal. Beso vuestros rostros, beso vuestros pechos,
beso, con mis labios suaves, las diversas partes de vuestros cuerpos armoniosos
y perfumados. ¿Por qué no me habéis dicho en seguida lo que erais, cristalizaciones
de una belleza moral superior? Ha sido necesario que yo adivinase por mí
mismo los innumerables tesoros de ternura y de castidad que ocultaban los
latidos de vuestros corazones oprimidos. Pechos ornados de guinaldas de
rosas y de vetiver. Ha sido necesario que entreabriera vuestras piernas
para conoceros y que mi boca se suspendiera de las insignias de vuestro
pudor. Pero (cosa importante de exponer) no olvidéis lavar todos los días
la piel de vuestras partes con agua caliente, pues de no ser así, chancros
venéreos brotarían indefectiblemente en las comisuras hendidas de mis labios
insaciables. ¡Oh! si en lugar de ser un infierno, el universo no hubiera
sido más que un inmenso ano celeste, observad el ademán que hago en el lugar
de mi bajo vientre: sí, yo hubiera hundido mi verga a través de su esfínter
sangrante, destrozando con mis movimientos impetuosos las propias paredes
de su recinto. El infortunio no habría soplado entonces, sobre mis ojos
cegados, dunas enteras de arenas movedizas; yo habría descubierto el lugar
subterráneo donde yace la verdad dormida, y los ríos de mi esperma viscoso
hubieran encontrado de ese modo un océano adonde precipitarse. Pero ¿por
qué me sorprendo a mí mismo anhelando un estado de cosas imaginario que
nunca recibirá el sello de un cumplimiento ulterior? No nos tomemos el trabajo
de construir hipótesis fugaces. Entre tanto, que venga a mi encuentro aquel
que arde en deseos de compartir mi lecho; pero pongo una condición rigurosa
a mi hospitalidad: es necesario que no tenga más de quince años. Por su
parte, que no crea que tengo treinta; ¿qué importancia tiene eso? La edad
no disminuye la intensidad de los sentimientos, muy lejos de eso; y aunque
mis cabellos se hayan vuelto blancos como la nieve, no es por causa de la
vejez, todo lo contrario, es por una causa que vosotros ya conocéis. En
lo que a mí respecta, no amo a las mujeres. Ni tampoco a los hermafroditas.
Necesito seres que se me parezcan, en cuyas frentes la nobleza humana esté
señalada con los caracteres más netos e imborrables. ¿Estáis seguros de
que aquellas que llevan largos cabellos tienen una naturaleza igual a la
mía? No lo creo, y no renegaré de mi opinión. Una saliva salobre chorrea
de mi boca, no sé por qué. ¿Quién quiere succionarla para que yo me vea
libre de ella? Pero aumenta… aumenta siempre. Yo sé de qué se trata. He
observado que cuando sorbo sangre de la garganta de los que se acuestan
a mi lado (es un error que me consideren vampiro, pues se designa así a
aquellos muertos que salen de sus tumbas; ahora bien, yo estoy vivo), devuelvo
al día siguiente una parte por la boca: ésta es la explicación de la saliva
infecta. ¿Qué queréis que haga si los órganos debilitados por el vicio se
rehúsan a cumplir las funciones de nutrición? Pero no reveléis mis confidencias
a nadie. No es en mi provecho que digo esto, es en el vuestro y en el de
los otros, a fin de que el prestigio del secreto mantenga en los límites
del deber y de la virtud a aquellos que imantados por la electricidad de
lo desconocido, tuvieran la tentación de imitarme. Tened a bien observar
mi boca (por el momento no tengo tiempo para emplear una fórmula de cortesía
más extensa); desde el primer instante os llama la atención por el aspecto
exterior de su estructura, sin recurrir a la serpiente en vuestras comparaciones;
la causa está en que contraigo los tejidos hasta reducirlos al máximo, con
el fin de hacer creer que poseo un carácter frío. El cual, como no ignoráis,
es diametralmente lo opuesto. Lástima que no pueda yo mirar a través de
estas páginas seráficas el rostro de quien me lee. Si no ha pasado la pubertad,
que se acerque. Apriétame contra ti y no temas hacerme daño; ajustemos progresivamente
los lazos de nuestros músculos. Todavía más. Creo que es inútil insistir;
la opacidad, notable por más de un motivo, de hoja de papel, es uno de los
obstáculos insuperables para el logro de nuestra completa unión. Yo experimenté
siempre un infame capricho por la pálida juventud de los colegios y por
los niños descoloridos de los talleres. Mis palabras no son la reminiscencia
de un sueño, y yo tendría que desenredar demasiados recuerdos si me fuera
impuesta la obligación de hacer desfilar ante vuestros ojos los acontecimientos
que podrían sostener, con su testimonio, la veracidad de mi dolorosa afirmación.
La justicia humana todavía no me ha sorprendido en flagrante delito, a pesar
de la indiscutible habilidad de sus agentes. Yo mismo asesiné (no hace mucho
tiempo) a un pederasta que no se prestaba con suficiente docilidad a mi
pasión; arrojé su cadáver a un pozo abandonado, y no hay pruebas decisivas
contra mí. ¿Por qué tiemblas de miedo, adolescente que me lees? ¿Crees que
quiera hacer otro tanto contigo? Te muestras soberanamente injusto… Tienes
razón: desconfía de mí, especialmente si eres hermoso. Mis partes ofrecen
eternamente el espectáculo lúgubre de la turgescencia; nadie podrá sostener
(iY cuántos no se han acercado!) que las han visto en estado de calma normal,
ni siquiera el limpiabotas que me dirigió allí una puñalada en un momento
de delirio. iEl ingrato! Yo cambio de ropa dos veces por semana, aunque
no sea la limpieza el motivo principal de mi determinación. Si no obrara
así, los miembros de la humanidad desaparecerían al cabo de algunos días
en medio de prolongados combates. En efecto, cualquiera sea la comarca en
que me encuentre, ellos me molestan continuamente con su presencia hasta
llegar a lamer la superficie de mis pies. i Pero cuál es el poder de mis
gotas seminales, que pueden atraer a todo aquello que respira y posee nervios
olfativos! Vienen desde las orillas del Amazonas, atraviesan los valles
que riega el Ganges, abandonan los líquenes polares, para emprender largos
viajes en mi busca, preguntando a las ciudades inmóviles si no han visto
pasar, un instante, a lo largo de sus murallas, a aquel cuyo esperma sagrado
embalsama las montañas, los lagos, las malezas, los bosques, los promontorios
y la amplitud de los mares. La desesperación de no poder encontrarme (me
oculto secretamente en los sitios más inaccesibles, con objeto de encender
su ardor) los empuja hacia los actos más lamentables. Se disponen trescientos
mil de cada lado, y el bramido de los cañones sirve de preludio a la batalla.
Todas las alas se ponen en movimiento al mismo tiempo, como un solo guerrero.
Los cuadros se forman e inmediatamente se desploman para no levantarse más.
Los caballos espantados huyen en todas direcciones. Los cañonazos roturan
la tierra como meteoros implacables. El teatro del combate no es sino una
vasta carnicería en el momento en que la noche revela su presencia y la
luna silenciosa aparece entre las rasgaduras de una nube. Señalándome con
el dedo el espacio que abarcan diversos sitios poblados de cadáveres, el
creciente vaporoso de ese astro me ordena considerar por un instante, como
tema de concienzudas reflexiones, las funestas consecuencias que determina
tras sí el hechizo del inexplicable talismán que me concedió la Providencia.
Desgraciadamente, ¡cuántos siglos serán todavía necesarios para que la raza
humana perezca totalmente por obra de mi pérfido cepo! De este modo un espíritu
hábil y nada jactancioso emplea, para alcanzar sus fines, los mismos medios
que parecerían, en un principio, constituir obstáculos invencibles. Continuamente
mi inteligencia se eleva hacia esa imponente cuestión, y vosotros sois testigos
de que ya no me es posible reducirme al modesto tema que en un comienzo
fue mi propósito tratar. Una última palabra… era una noche de invierno.
Mientras el cierzo silbaba entre los abetos, el Creador abrió su puerta
en medio de las tinieblas, e hizo entrar a un pederasta.
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