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Emiliano González México (1955). Estudió Letras Hispánicas en la UNAM. Fue becario del Centro Mexicano de Escritores entre 1975 y 1976, así como del INBA/FONAPAS entre 1978 y 1979. Como poeta ha publicado: La inocencia hereditaria (1986), Almas visionarias (1987), La habitación secreta (1988) y Orquidáceas (1992). Su obra narrativa comprende la novela Casa de horror y magia (1989) y el volumen de cuentos Miedo castellano (1973) y es coautor de la antología El libro de lo insólito (1988). El libro de cuentos que aquí presentamos es Los sueños de la Bella Durmiente que mereció el Premio Xavier Villaurrutia 1978. Si se tiene la suerte de encontrar el libro impreso (la obra no ha sido reeditada) su lectura lo transforma en un incunable. Ha dicho el escritor Alberto Chimal: “La sensación que se produce desde los primeros momentos de la lectura es la de penetrar en un espacio mágico, cerrado en sí mismo por reglas oscuras e inviolables pero a la vez abierto a la contemplación, a un placer sin culpa.” Gocemos, sin culpa: |
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Rudisbroeck 0 los autómatas
1 A los diez días de marcha hacia el Oeste, la ciudad del otoño perpetuo se recorta en el horizonte como un espejismo trémulo, como una alucinación difusa que va tomando el aspecto, conforme avanza el viajero, de un conglomerado de torres, agujas y murallones cubiertos de enredadera. Una vez que pisamos las márgenes del río que circula en torno a la ciudad y cuyas aguas hirvientes la vuelven inexpugnable, tenemos que aguardar, en el embarcadero desierto, a un ceñudo Caronte para cruzar al otro lado. Luego, durante la travesía, el barquero nos dice el nombre del río (Tang) y de la ciudad (Penumbria) y nos pregunta: "¿Cómo llegó hasta aquí? ¿Ha cruzado el pantano verdinegro? ¿Ha rasgado la cortina de zarzas? ¿Ha tomado el empalme de los gnomos..?" Respondemos afirmativamente, aunque no sea cierto, por temor a su rostro pálido, a su mirada de gato. Cuando nos hallamos en tierra firme, nos parece abordar simplemente una barca más grande, que se balancea de modo imperceptible. También sentimos, pasado un rato, que la realidad tiene la textura, el color y la luz de un cuadro: la realidad es un cuadro y nosotros formamos parte de él. Después, nos enteramos de que el cielo es un tinte sepia surcado por nubes que prometen tormenta (sin cumplir nunca su promesa) y de que acaban de dar, para siempre, las cinco de la tarde: aún persiste el rumor de la última campanada, hecho al que tardamos un poco en acostumbrarnos. Cuando lo logramos, nuestros pensamientos tienen la misma resonancia de ese plañido, están como encantados por él, sólo se piensan pensamientos de las cinco de la tarde y quizá por eso los libros redactados en Penumbria son libros para leer en el ocaso. Pero, aunque la luz es la misma siempre, hay un sol y una luna que indican "ahora es de día" o "ahora es de noche", que sirven para hablar del ayer, del hoy, en ocasiones del mañana, sin que haya el oscurecimiento ni la luminosidad correspondientes a la noche y al día, pues la ciudad irradia esa luz ambarina con el objeto de que sean, eternamente, las cinco de la tarde. Penumbria conserva algunos ojos de agua, "restos de la lluvia de la noche anterior al día del encantamiento", que no se evaporaron nunca. ¿Lugares de interés? Un cementerio, una iglesia, una plaza, una escuela religiosa para niñas y, sobre todo, la torre de Johan Rudisbroeck, tan alta que se pierde entre las nubes: nadie, hasta ahora, ha visto su cúspide. Sobre esa torre hay una leyenda, que narraré más tarde. Quisiera evocar, por el momento, la imagen de Penumbria tal y como se me apareció hace veinte años: radiante, del color de la miel, porosa; húmeda y cálida a la vez como un cadáver en descomposición, pero fascinante y bella como una hoguera. Yo erré por sus callejuelas, expurgando cada rincón y cada esquina, deteniéndome a mirar aparadores, entrando en librerías polvosas, pateando una botella rota o silbando, con la cabeza en blanco. Me senté en las bancas de la plaza, deambulé por los muelles. Visité la tienda de antigüedades del perverso Mefisto, donde, bajo un techo del que cuelgan falos de trapo y en un ambiente cargado de porcelanas, prismas y baúles el cliente deja pasar el tiempo, sorpresa tras sorpresa, y donde, apenas halla lo que buscaba, una nueva maravilla le sale al paso. Mefisto, último vástago de una familia de aristócratas dedicados a la compraventa de objetos preciosos, es un hombre de pelo cano y rostro de bruja que al reír muestra una cadena de dientes ennegrecidos y una lengua blanca. Sus ojos fueron amarillos: ahora no tienen color. Una especie de mameluco gris rayado de arabescos envuelve sus formas femeninas, y cuando se nos acerca desde la trastienda, contoneándose, dudamos por un instante de su verdadero sexo. Con voz de pájaro nos pregunta qué puede hacer por nosotros y antes de que respondamos comienza a mostrarnos, como él dice, su "modesto repertorio de bizarrías". Quiere actuar un poco: tomando una cajita de marfil ensalza sus virtudes, nos cuenta cómo la obtuvo y para qué sirve, agitando sus manos esqueléticas, rebosantes de anillos; se pone una diadema, ensaya una sonrisa cándida que resulta patética, nos dice que la diadema tiene cualidades mágicas y las enumera; nos invita a bajar al sótano, donde guarda sus verdaderas joyas, "sus tesoros": un collar de amatistas "para regalar a la esposa el día de su cumpleaños", del que nadie puede desembarazarse una vez que ha ceñido el cuello y que va reduciendo su diámetro hasta estrangularnos; un reloj que da la hora sólo momentos antes de la muerte de su dueño; un retrato que cobra vida, se sale del cuadro y merodea por la tienda cuando Mefisto se va; un pequeño bailarín de cuerda que toma proporciones gigantescas mientras duerme el niño o la niña a quien lo obsequiaron; un huevo de jade que al ser agitado emite una risa diabólica; un caballito de carrusel que relincha, voltea la cabeza y se encabrita para horror del jinete; una llave de plata que, suspendida en el aire, busca el ojo de cerradura más arbitrario, ya sea el de la puerta que nos conduce al infierno o el de la que nos lleva al paraíso, y que nos obliga a seguir su curso hasta llegar a esa puerta y abrirla… Estos y otros objetos desfilan ante nuestro reiterado asombro, como una trouppe de fenómenos al compás de un pregonero delirante. Salimos del sótano agobiados, nos despedimos de Mefisto y, en la calle, nos damos cuenta de que no hemos comprado nada. Recuerdo que yo prometí no volver jamás, que anduve un buen rato por el malecón y que terminé, con el vago propósito de mitigar los nervios, en la primera taberna que se me puso enfrente: La mansión del Zu, donde, como el título indica, se bebe Zu, elíxir que suelta la lengua y predispone al ensueño. Los hombres de mar, los capitanes nostálgicos, los antiguos grumetes pendencieros frecuentan ese lugarejo, para soñar y recordar tempestades, para jugar a los dados y escuchar cuentos. Yo ocupé una mesa remota, con la intención de beber a solas, pero no pasó mucho tiempo antes de que un anciano medio borracho se sentara frente a mí y exigiera ser escuchado. Me habló de muchachas de ojos de gacela, me habló de planicies habitadas por gigantes, me habló de cuestiones marinas y terrestres con una voz que no era marina ni terrestre. Yo bebía y escuchaba, y al fin le pregunté por Rudisbroeck. Su cara se ensombreció. Dijo que no sabía nada y miró su copa vacía. Sin titubear pedí otra, advirtiendo: "Yo invito." La bebió de un solo trago y guardó silencio. ¿Cuántas copas de Zu le soltarían la lengua? Ordené tres más, que bebió sin decir palabra. Cuando me disponía a invitar la última dijo que sería inútil: "De Rudisbroeck nadie habla ni hablará." Entonces miré mi reloj. "Mire", le dije. "El único reloj que anda en toda Penumbria." Lo examinó, azorado. "Será suyo si me habla de Rudisbroeck." Ordenó otra copa de Zu y, guardándose el reloj en el bolsillo de su deteriorado gabán, recitó: "¿Ha visto la escuela religiosa de la calle Mommo? Pues bien… a ella acuden sólo las jovencitas más hermosas de Penumbria y permanecen internas varios años, aprendiendo a hilar en la rueca, a comportarse bien y a escribir sagas en estilo elegante. No ha estado usted ahí, seguramente. Yo trabajé de barrendero, hace mucho. Es un sitio melancólico, lleno de fuentes redondas y de sauces milenarios. Las niñas andan en cueros por el patio, juegan en cueros, trabajan en cueros. La idea es imponer un clima de libertad que haga soportables el encierro, el aburrimiento, las infinitas tareas: desnudez, juegos y el alivio ocasional de un chico aparentemente furtivo que en realidad sostiene tratos con Sor Orfila, la directora, o con cualquiera de las maestras. Ese día es la gloria para el muchacho, como podrá imaginarse. Además, sólo se le concede una vez en su vida… Una especie de iniciación por la que todos los hombres de Penumbria han pasado de jóvenes, excepto yo." Señaló la región correspondiente a su ingle y murmuró: "La perdí en una invasión, hace doscientos años."
2 Hubo un vacío entre nosotros, que mi amigo intentó llenar de Zu. Como no bastara con ello, las palabras fueron brotando… en orden riguroso, lo que me hizo pensar que no era la primera vez que contaba la historia: "De los primeros jóvenes que probaron la tibia hospitalidad de Sor Orfila, el más singular fue Johan Rudisbroeck. En la torre que ahora lleva su nombre, Johan vivía entregado a grimorios, al opio, a la composición de sonetos eróticos y sobre todo a sus autómatas, a sus terribles muñecos inanimados, a sus maniquíes de pesadilla que, bajo las manos incansables de aquel artífice, parecían escuchar, mirar, oler con una intensidad mayor que la de los hombres. Algo sagrado, algo infernal desplazaba a esos robots por las escaleras de caracol y por el sombrío jardín interior de Rudisbroeck; los hacía hablar, cantar o reír con sus voces metálicas, los hacía bailar con sus piernas de hierro, fregar platos, barrer patios atestados de hojas muertas, desempolvar anaqueles… "Ya era grande su fama cuando Rudisbroeck fue invitado por Sor Orfila, imprudentemente, a pasar una noche en su colegio con una chiquilla de apenas trece años, hija del entonces rey de Penumbria y de un hada oscura, tan oscura que de ella no pervive nada sino el testimonio de su cólera… "La joven, llamada Glinda, respondió aquella noche a los embates de Johan como una verdadera amante, lo enardeció y apaciguó a capricho, le hizo perder la cabeza y recobrarla y perderla de nuevo. Al despuntar el alba, fatigados los dos, pactaron con sangre y urdieron un plan: "Rudisbroeck, en la soledad propicia de su torre, fabricaría un androide rigurosamente idéntico a Glinda, su doble exacto, que tendría el deber de sustituirla en el colegio una vez que ambos amantes se hallaran juntos. Para Glinda, que conocía una puerta secreta ignorada por las monjas, escapar no era difícil: Johan transmitiría mentalmente a Glinda, llegada la noche, que la primera parte del plan había tenido éxito. Entonces, Glinda acudiría a la puerta secreta, dejaría pasar a su réplica y se fugaría con Rudisbroeck… "No sonaba mal, a Johan y a Glinda les pareció muy fácil. Pero, tres meses después, ante la segunda versión mecánica de Glinda, Johan se percató de que el mágico soplo de vida (esa violenta coloración en las mejillas) que había insuflado a su muñeca ocultaría por tres años, cuando mucho, la estratagema: tenía que hacerla crecer, naturalmente, como todas las muchachas, envejecer y morir como todas las mujeres. Además, tenía que hablar como Glinda, guardar los recuerdos, el historial y las manías de su amada. El tejido de caucho imitaba fielmente la porosa textura de la carne de Glinda; los ojos azules, las manos con hoyuelos, la suave curva de la espalda, las nalgas prominentes y las piernas rollizas correspondían al modelo original. Su voz, al cabo del tiempo, fue adoptando las modulaciones apropiadas. También los recuerdos (en ese complicado mecanismo de relojería que es el cerebro de un robot) llegaron a ser los mismos: imágenes, pesadillas y fantasías que Johan escuchó por primera vez, en agotadoras sesiones de percepción extrasensorial, salidas de los labios de Glinda II. El movimiento de aquellos labios era turbador, pero Johan sabía que Glinda, su Glinda, palpitaba en cada palabra dicha por el androide, y que el androide aprendía en las mañanas y en las noches, siempre que Glinda le suministraba lentamente, desde su alcoba o desde los patios del colegio, la información indispensable, anotada por Rudisbroeck, apenas salía de los labios del dummy, en una libreta verde. Al finalizar cada sesión Johan y Glinda se comunicaban brevemente, ya sin el tamiz de Glinda II, para decirse 'hasta mañana' o 'hasta la noche', descansaban y dejaban descansar a la muñeca. "Johan fue olvidándose de sus otros golems, de modo que éstos detuvieron sus faenas y quedaron inmóviles, oxidados por la lluvia. Glinda II era casi perfecta, era su obra maestra, su golpe final. Pero Glinda I había crecido, imperceptiblemente: pronto cumpliría los catorce años, mientras Glinda II permanecía instalada en los trece y ahí seguiría, impasible, a menos que Rudisbroeck ideara algo. Y ese algo no estaba en los ajados volúmenes de electricidad. ¿Estaría en los de magia…? "Glinda no le dio tiempo de responder a esa pregunta. En una de tantas mañanas le ordenó: 'Recógeme hoy en el colegio, a las cinco de la tarde. Las monjas rezan hasta pasadas las seis, y ya estoy harta'. Johan respondió: '¡Nos descubrirán..! La muñeca funciona indefinidamente, pero no envejece…' Y Glinda: 'Ya idearemos algo. Por favor, Johan… antes de que sea demasiado tarde…' "Johan accedió: habiéndole indicado Glinda la correcta ubicación de la puerta secreta, se dirigió a ella seguido por el androide, que andaba como una verdadera princesa y que preguntaba constantemente: '¿Me veo bien? ¿Me veo bien?'. Johan respondía: 'Tan bien como Glinda', y reanudaba la marcha."
3 Llegado a este punto, el viejo se detuvo. Elocuentemente: cayó al suelo, llevándose una botella consigo (desde hacía un rato su voz titubeaba). Un marinero se acercó para ayudarme a levantarlo. Quiso abrirle los ojos con golpecitos en la mejilla y le puso una copa entre los labios. El viejo negó con la cabeza y dijo: "Mañana, quizás… vuelva mañana." Pensé que no podría dormir sin haber escuchado el final de la historia; que perdería algo mucho más valioso que mi reloj si me largaba en ese instante. Pero convencerlo era imposible: su memoria, o su inspiración, estaba embotada, y en pocos minutos comenzaría a delirar. "Mañana", le dije, "volveré. Y quiero un final redondo." Asintió con la cabeza. "Tendrá su final. Si así lo quiere, tendrá dos." El marinero me tomó del brazo. "Venga conmigo", dijo. "Es la hora de los comediantes." Lo miré a la cara. No tenía nariz, era tuerto y la nuez de Adán le bailaba en la garganta. Escupió, insistiendo: "Es la hora de los comediantes. Venga conmigo." Lo seguí. Había un amontonamiento a la salida de la taberna. Gente que gritaba. Rostros pintarrajeados. Entre la multitud, gesticulando, vi a Mefisto. "¡Queremos a los comediantes!", era el grito más notable. Un merolico pregonaba obscenidades, juraba complacer a los espectadores con exóticas danzas y fenómenos curiosos de la naturaleza, con maravillas del mundo visible y del mundo invisible. "¡Queremos a los comediantes!", respondía la multitud. El marinero, con aspecto de veterano, palmeaba en el hombro a los individuos que nos rodeaban. Ellos, mirándolo, sonreían. Luego, al mirarme a mí, reían a carcajadas. Alguien, por encima de mi hombro, susurró: "Forastero, ¿eh?.. Llega usted a tiempo." Volví la cabeza. Una doble cadena de dientes afiladísimos y un par de luciérnagas ávidas fue todo lo que distinguí bajo aquella capucha. La multitud me arrastró, confusamente, al fondo de un teatro en tinieblas, en cuyo frontispicio alcancé a leer: PAPÁ FRITZ Y SU GRAN GUIÑOL |