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Luis Felipe Hernández
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Maybe this time
Esperas que no le haya sucedido nada. Joaquín quedó en llegar a las nueve y ya son las nueve y diez. Es la primera vez que visita tu casa y la segunda que lo verás. Se conocieron en el baile de carnaval, tú ibas disfrazada de Cenicienta y él, porque sabes que cada destino está escrito, nada menos que de Príncipe. A medianoche, luego de bailar juntos, una voz interior —quizá la certeza de haber encontrado el verdadero amor luego de treintaisiete años de espera— te impulsó a hacer la invitación para hoy y él tomó nota de tu dirección. Verificas nuevamente que todo esté a punto. La exquisita cena, el vino que abriste hace unos minutos para que se ventile, tus discos de comedias musicales. Flores por doquier y múltiples velas encendidas confirman que el ambiente no puede ser más romántico. En la mesa de la sala, entre tu colección de perritos de cerámica, esperan ansiosos las nueces y cacahuates que acompañarán el aperitivo: cinzano para ti, para él lo que pida. El espejo del baño te lanza piropos, estás seductora y provocativa con ese vestido floreado y zapatos blancos. Tu lecho no cabe de gusto, le has puesto las sábanas que bordaste para cuando llegara el momento de entregarte al hombre de tus sueños. Maybe this time canta esperanzada Liza Minelli en tu fiel tocadiscos de acetatos. Nueve y cuarenta. Le sonríes. “Pasa, por favor. Bienvenido”. Es obvio que entre ustedes hay empatía, pues tú no haces mención a su retraso y él tampoco. También es lógico que se presente con las manos vacías, si no conoce aún tus gustos. Joaquín echa un vistazo a la estancia y en su leve sonrisa puedes leer que aprecia a las mujeres que tienen la delicadeza de proteger con plástico sus muebles. Para mostrar que está deseoso de complacerte, cuando le pides su gabardina te la da sin más. Admiras la honradez y seguridad con que responde a cada una de tus preguntas: que si le costó trabajo llegar, “no, está fácil”; que si conoce el rumbo, “sí, cómo no”; que si había mucho tráfico, “regular, es viernes”. Confiada, decides averiguar algo más personal, “¿Qué quieres beber?”, “Un whisky” responde. Su agudeza mental descifra el súbito retorcer de tus dedos —nunca compras whisky porque te baja la presión— y corrige: “Mejor un vasito con agua”. Siempre te ha resultado muy excitante el misterio, ansías descubrir qué clase de velada pasional se desencadena cuando el hombre empieza bebiendo agua. Sirves dos vasos. Solidaria, has dicho adiós a tu cinzano. Lo observas mientras come cacahuates. Todo en él denota prosperidad; sabes que la abundancia abdominal es símbolo de status. Su cabello, que en el baile te pareció negro, luce ahora cobrizo. En su sonrisa se intercalan versallescamente el marfil y el oro. Por la forma en que está vestido, alguien podría pensar que ha ido a visitar a un viejo amigo que lo invitó de última hora a jugar dominó. Pero no tú, que puedes reconocer a un rey aún cuando pretenda ocultarse en harapos. Respecto a tu propio atuendo, Joaquín piensa que te hace ver tan hermosa e irresistible que no puede verbalizarlo y se contenta con meterse un puñado de nueces a la boca. Entre dos seres destinados a la felicidad conjunta, no hacen falta palabras. Sólo la voz de Shirley MacLaine revela tus pensamientos: If my friends could see me now. Tienes predilección hacia los hombres que saben tomar decisiones y él es uno de ellos; a tu “cenamos cuando me digas” responde sin titubeos “ya, si quieres”. Sobre el níveo mantel, caen rojos manchones de vino mientras él lo sirve, ¡Cuán sutil modo de indicarte lo mucho que lo perturbas! Corta el spaghetti en múltiples pedacitos, con lo que te hace saber cómo está su corazón por ti. No prueba tu pay de limón porque dice que ya está lleno. Deduces que se encuentra colmado de amor. “Pero sí te acepto un cafecito” concede. Es majestuosa e imponente la forma como eructa al levantarse de la mesa. El café lo toman sentados en el love seat y él tararea la canción de West Side Story que suena en el ambiente. Desearías cambiar tu nombre, para que te cantara al oído: “María, María, María…” Joaquín recarga su cabeza en tu hombro, cual rendido caballero resguardado en su amada y experimenta así la profunda paz en que puede sumergirse a tu lado. Durante media hora, quizá como ofrenda, ha derrochado sobre tu hombro su propia saliva. Despierta con el último de sus viriles ronquidos y te explica que lo agota trabajar todo el día en el taxi. Se levanta, con la energía propia de quienes saben responder al llamado del deber y anuncia “tengo que entregar la unidad antes de las doce” Te sonríes, pues recuerdas que la carroza de Cenicienta también tenía que desaparecer a la medianoche. Su beso de despedida te recuerda aquellos que recibiste esta mañana, prodigados por tus alumnos en el jardín de niños. Sin duda la inteligencia de Joaquín le ha permitido deducir que tu teléfono no funciona, porque se ha marchado sin pedirte el número. Cuando la puerta se cierra, regresas a tu lugar en el love seat, mientras tu tocadiscos confiesa I could have danced all night. Permaneces así durante largo rato, hasta que una súbita vibración en tu espalda te alerta. Aguardas un instante, ¿acaso es una señal? Ahí está otra vez, como un zumbido intermitente. Te levantas, buscas la posible causa entre los cojines y gritas de júbilo incontenible; sí, sí, es el radio localizador de Joaquín, se le debe haber caído cuando se durmió. La generosidad del destino es tan abrumadora que prorrumpes en llanto, aprietas contra tu pecho el pequeño aparato y te sientes embargada por la misma feliz esperanza que debió vivir el Príncipe cuando encontró la zapatilla de la Cenicienta. |
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