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Luis Felipe Hernández
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Intercambio de fluidos
Entras al cuarto obscuro. Dark room le llaman, en recuerdo a su origen en los bares de San Francisco primero y New York después. No ves nada, pero tampoco esperabas ver nada. De hecho, te chocan los idiotas que ahí sacan su encendedor y lo prenden, sea que vayan a fumar o no. Piensas que la obscuridad ha de ser total para que valga el nombre. También te revientan los tipos que entran gritando “darling, ¿estás aquí?” pues consideras, por razones que no has analizado, que en el cuarto obscuro todo debería ser silencio y acción. Muchas veces te has preguntado por qué entras a un dark room en los antros que lo tienen, si te parece que es el colmo del anonimato, de lo escatológico, de lo promiscuo. Ya en la tenue luz de la barra o de la pista de baile resulta bastante difícil ver las caras de los parroquianos, más aún en esa obscuridad en la que sólo escuchas jadeos y frotamientos, respiraciones agitadas y uno que otro bisbiseo. Te lo preguntas también porque no consideras adecuado tocar el cuerpo de otro sin verle la cara, sin saber si es blanco o negro, guapo o terriblemente feo, pero ahí estás, cerciorándote una y otra vez de que tu cartera está bien escondida dentro de una de tus botas y de que en cuanto te sientas a disgusto saldrás sin problema. Alguien te aborda. Sin palabras de por medio rodea con un brazo tu cintura y te aproxima. Detectas un bigote tupido. Es más alto que tú. Te ensaliva. Es tan sorpresivo su ataque, tan sin preámbulos, que no sientes el más leve goce, el mínimo placer. Respondes en forma automática al duelo de lenguas y tus manos informan a tu cerebro de la complexión del tipo, lo firme de sus caderas, la mala calidad de la chamarra de cuero que porta. Lleva el pelo recogido en una cola de caballo. Te toca las nalgas, te aprieta más contra sí. Hace que toques su bragueta, fuertemente abultada. Pone una de sus manos, anchas a cuanto te parece, sobre tu nuca. Sabes lo que desea, pero a pesar de que te jala decidido, te zafas y decides salir de ahí. Él no te retiene. Siempre pasa lo mismo. Entras sin saber para qué y cuando eres abordado te rehusas a participar. Te sientes devaluado dentro del dark room y peor una vez has salido de él. Esperas en la barra. Quieres verlo salir, verlo a la luz de esa engañosa iluminación azul neón del bar. Los minutos pasan. Él no sale. Cuando has bebido toda tu cerveza, decides volver a entrar, esperando reconocerlo entre las sombras. Te resulta imposible detectarlo. Hay varias chamarras de cuero ahí dentro. Tratas de tocar cabezas en pos de la cola de caballo, pero fracasas una y otra vez. Empiezas a sentir una erección y es que la idea de la caza te excita. La idea de buscar sin que el otro sepa que es buscado. No, este no es. Este otro tampoco. ¿Es posible que haya salido mientras tú…? No, sólo hay una entrada a esa cueva de sexo anónimo. Te recargas en una pared. De pronto sientes su presencia. No es tanto un sentimiento como el inmediato recuerdo de su olor. Un olor peculiar, no de loción, no de sudor, sino su olor. Olor que incrementa la irrigación de sangre en tu bajo vientre y endurece más tu deseo. Una de sus manos toca el cierre de tu pantalón y tú le permites bajarlo. Hábilmente, extrae tu carnal firmeza. Percibes que su cuerpo se pone en cuclillas frente a ti, te atreves a tocar su cabeza y sí, encuentras el pelo recogido hacia atrás en esa cola de caballo. Te dejas hacer; su boca es cálida, acuosa, te traga por completo. Apoyas tus manos en sus hombros, sintiendo ese suave vaivén cuyo ritmo se acelera a ratos y te hace disfrutar mucho. Su bigote en ocasiones te raspa, en otras te hace cosquillas. Él se aferra y tú quisieras que se levantara, agradecerle con un beso su buena disposición, invitarlo a salir de ahí y tomar un trago a tus expensas. Él prosigue, cada vez más rápido, tú vas a explotar de un momento a otro, temes que hacerlo tenga consecuencias. Con sus manazas aprisiona tus nalgas fuertemente, ya no crees poder aguantar mucho más y a pesar de que estás gozando, de que quisieras prolongarlo, disparas en su boca una, dos, tres veces, con fuerza que en mucho supera la sorpresa que te causa que él no escupa, no se retire, trague todo. Hasta la última gota. Poco a poco una parte de ti desfallece y él se levanta, estiras tu mano para darle una caricia, agradecido, pero sólo logras asir el aire. Él se ha marchado. A toda prisa subes tus pantalones y sales del cuarto obscuro metiéndote la camiseta en ellos, con el cinturón sin abrochar y tu pecho aun jadeante. Luego de haber estado inmerso en la obscuridad, ahora la pista y el lugar todo parecen brillar de iluminación. No lo identificas. Quizá no salió del cuarto, pero no sabes si debas volver a entrar. Te quedas parado. En tu mente retumba el reproche de haber incurrido en un grave riesgo. Te aterra la posibilidad de contraer la enfermedad, pero esa descarga tuya fue total, irreflexiva, ansiada y largamente esperada. Finalmente te dices que nada podrá suceder, aunque sabes que no podrás convencerte por mucho que lo repitas. Está hecho ya. El sonido de las bocinas es insoportable. Ves pasar infinidad de caras a ambos lados de donde te encuentras. No, no, no. Ninguno es él. Tus ojos no dejan de mirar alternativamente al gentío y a la entrada del cuarto obscuro. Ni rastros de la cola de caballo, bigote tupido y chamarra de cuero. Vas a la barra, sin dejar de mirar aquel umbral. Pides una cerveza nuevamente y apuras un trago largo. Los minutos transcurren lentos, muy lentos. Terminas tu cerveza y entras decidido al dark room. Le hablarás, en susurro. Le dirás “gracias, te invito una copa” y esperas que con eso baste para sacarlo de ahí y ver sus facciones. Una vez frente a frente, con los rostros iluminados, indagarás acerca de él y qué tipo de prácticas acostumbra; le cuestionarás acerca del intercambio de fluídos y tratarás de sacar su teléfono por si acaso. Te ríes de tu tonto plan ¿Qué crees que opine si acaba de hacer lo que acaba de hacer contigo? Ahora el cuarto obscuro está atiborrado y percibes que hay corrillos formados entre la multitud del reducido espacio. Será como buscar una aguja en un pajar, a obscuras y con los ojos vendados. El hacinamiento humano es excesivo. Su olor, de pronto, te alerta, lo distingues del resto que brota de los cuerpos en brama. Lo sientes cerca, muy cerca de ti más no identificas el sitio del que proviene. Entre los hombres en celo, te mueves hacia uno y otro rincón y el olor te sigue, cada vez más cerca, pero no está detrás de ti. Cuando te vuelves el olor parece estar enfrente, a tu lado, atrás. Es cómo si fuera tu propio olor caminando contigo. Te pasas la mano por el pelo y la detienes a medio camino de tu cráneo: tu pelo rizado es ahora completamente lacio, estirado hacia atrás y tu mano termina su interrumpido recorrido en una cola de caballo que nunca habías tenido. Sudas frío, te llevas maquinalmente la mano a la boca, sólo para ahogar un grito cuando percibes sobre tu labio superior un tupido bigote. Sales de ahí despavorido y a empujones te diriges al baño, sientes que la angustia, la sorpresa te han secado la garganta hasta dolerte tragar la saliva que escasamente produces. Te miras en el sucio y diminuto espejo del lavabo. Una pequeña cicatriz ajena destaca en tu mejilla, una nariz aguileña sustituye a la que siempre fue tu orgullo y tu mirada encuentra en la imagen los ojos más perversos que jamás hayas visto. Cuando exclamas en voz alta “ ¡Pero cómo diab…!”, el tono es cavernoso, profundo. No es tu voz. No son esas tus manos, velludas y anchas, no es tuya esa prominente nuez en la garganta. Miras a tu rededor. Los hombres que orinan en el mingitorio común te ven desconfiados, tienes una expresión que les intimida. Debes hablar con alguien, explicar, explicarte lo absurdo de la situación, pero te das cuenta que te tomarían por un loco. Regresas a la pista. La gente te sofoca, las luces parpadeantes te hacen daño, no soportas el volumen de la música. Quieres salir de ahí, gritar, quisieras despertar de una pesadilla que sin embargo sabes que no es tal. Vas de un lado a otro con empellones y tropiezos a cada paso. Buscas con los ojos desorbitados. Alguien derrama accidentalmente su vaso lleno sobre de ti y rompes en furia contra él; una furia que nunca antes habías experimentado. Los guardias de seguridad te aplican una llave de judo y te sacan a empellones del lugar, con lujo de violencia pero sin golpearte. “ Te advertimos que no volvieras aquí si ibas a provocar pleitos, maldito gañán de mierda, esta fue la última vez” y te dejan en la calle. Llueve a cántaros. Maquinalmente metes las manos en los bolsillos y descubres una sucia cartera que no trae sino una identificación que corresponde, en todo detalle, con la imagen que viste en el espejo del lavabo. Tienes que volver a entrar, tienes que ver al tipo del bigote y cola de caballo. A ese, que se identifica cómo Edgardo García. A ese que ahora eres tú. Bajo el torrencial aguacero, cruzas la calle y te guareces en un pequeño toldo de un negocio cerrado que está casi frente al bar. Buscas la hora en tu muñeca pero ahí no hay reloj sino una esclava de dudoso oro, con las iniciales grabadas, E G. Sin embargo, tu chamarra de piel es tu chamarra, no la de cuero de aquel y tus botas… no, no hay botas en tus pies, sino viejos zapatos tenis. Tratas de pensar. Si esto no es un sueño, la transformación (de algún modo tienes que llamarla) ha sido imperfecta, no lograda del todo. Sí, resulta absoluta en lo más esencial, los rasgos faciales y complexión de tus miembros, pero, absurdo consuelo inútil, no en el atuendo. Tu chamarra sigue siendo tuya. La lluvia arrecia y de pronto ves asomar una cabeza rizada por la puerta del bar, para desaparecer enseguida nuevamente. Era tu cabeza, eras tú. O alguien que se parece mucho a ti. Cruzas la calle, te acercas chorreando agua y tratas de explicar al fortachón de la entrada que necesitas entrar, pero él se pone en guardia con una macana que extrae de su cinturón. “No le busques, hermano, ya quemaste tu último cartucho” dice balanceando amenazador la macana en su puño. Insistes, él se muestra impaciente y poco tolerante a tus ruegos. Vuelves desolado al precario refugio de aquel toldo. Las lágrimas se confunden con la lluvia en tu rostro acongojado. Tiritas de frío cuando ha dejado de llover. El bar está a punto de cerrar, el cielo ya es rojizo, pronto amanecerá. Entonces le ves salir. Es tu viva imagen, tus rizos pelirrojos, tu aristocrática nariz, tu delgado cuerpo… o lo que eras. En todo eres tú, excepto en esa pesada chamarra de cuero negro que lleva, que llevas puesta. Cruzas rápido la calle, pero en cuanto te descubre, corre a una velocidad que no le conocías, esto es, que no creías capaz de alcanzar. Dobla la esquina, vas tras él pero te lleva ventaja, sube a una motocicleta y arranca a todo motor, perdiéndose de tu vista en unos segundos. Esa motocicleta te resulta familiar. Te quedas en medio de la calle, empapado, atónito, jadeante. Entonces recuerdas: la moto te la regaló tu papá cuando saliste de la preparatoria.
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