Opera 7 screen capture {float: left; margin-right: 0.8em}La princesita rana

 

Érase hace mucho un rey que tenía tres hijos. Cuando se hicieron mayores, el rey los reunió y les dijo:

—Mis queridos hijitos, quisiera casaros antes de hacerme viejo, deseo tener nietos y entretenerme con ellos. Los hijos le respondieron:

—Si es así, padre, danos tu bendición. ¿Con quién quieres casarnos?

—Mirad, hijitos, tomad cada uno una flecha, salid al campo y disparadla: donde caiga, hallaréis vuestra suerte.

Los hijos se inclinaron profundamente ante el padre, tomaron cada uno una flecha, salieron al campo, tensaron sus arcos y la dispararon.

La flecha del hermano mayor cayó en el palacio de un boyardo, cuya hija la levantó. La del mediano fue a parar al espacioso patio de un mercader, y la recogió una hija de este.

La flecha del hermano menor, el príncipe Iván, ascendió muy alto y se perdió de vista. El príncipe fue en busca suya y, tras de andar y andar sin descanso, llegó a un pantano. Había allí una rana, que levantó la flecha. El príncipe Iván le dijo:

—Rana, ranita, dame mi flecha.

La rana le pidió:

—Cásate conmigo.

—¿Que dices? ¿Acaso puedo yo casarme con una rana?

—Cásate conmigo, esa es tu suerte.

El príncipe Iván quedó triste y cabizbajo, pero ¿qué podía hacer? Tomó la rana y se la llevó a casa. Hubo tres bodas en el palacio del rey: la del hijo mayor con la hija del boyardo, la del mediano con la hija del mercader y la del malhadado príncipe Iván con la ranita.

Un buen día, el rey hizo llamar a sus hijos y les dijo:

Opera 7 screen capture {float: left; margin-right: 1em}—Quisiera saber cuál de vuestras mujeres tiene mejores manos para la costura. Decidles que, para mañana, deben hacerme una camisa cada una.

Los hijos se inclinaron ante el padre y salieron para cumplir su deseo.

Llegó el príncipe Iván a sus aposentos muy acongojado y abatió la cabeza sobre las manos. La ranita, dando saltos por el piso, le preguntó:

—¿Por qué te veo tan cabizbajo, príncipe Iván? ¿Qué pena te acongoja?

—Mi padre ha ordenado que le hagas para mañana una camisa.

- No te preocupes, príncipe Iván, y acuéstate, que mañana será otro día.

El príncipe Iván se acostó, y la ranita saltó a la terracilla del palacete, se desprendió de su piel y se convirtió en Basilisa la Sabia. Era tan bella, que ni en los cuentos tenía igual.

Batió palmas Basilisa la Sabia y dijo con voz sonora:

—iMadrecitas, ayas mías, acudid sin dilación! Haced, para mañana por la mañana, una camisa como la de mi padre.

Muy temprano, cuando el príncipe Iván se despertó, la ranita seguía saltando por el palacete, pero en la mesa había una camisa envuelta en un fino lienzo. Muy contento, el príncipe Iván le llevo la camisa a su padre. Mientras, el rey recibía los regalos de los otros dos hermanos. El mayor desenvolvió la camisa, el rey la tomó en sus manos y dijo:

—Esta camisa no es para llevarla en palacio.

Desenvolvió la camisa el mediano, y el rey dijo:

—Esta camisa no vale más que para ir al baño.

Desenvolvió el príncipe Iván su camisa con bellos bordados de oro y plata, y el rey exclamó nada más verla:

—iEsta camisa es para lucirla en las fiestas!

Los hermanos mayores regresaron a sus aposentos, comentando:

—Sí, está visto que no debimos reírnos de la mujer del príncipe Iván. No es una rana, sino una bruja…

El rey de nuevo hizo llamar a sus hijos y les pidió:

—Que vuestras mujeres me cuezan para mañana un pan. Quiero saber quién de ellas lo hace mejor.

El príncipe Iván regresó a casa muy entristecido. La ranita le preguntó:

—¿Qué pesar te agobia?

Respondió el príncipe:

—Para mañana hay que cocerle un pan al rey.

—No te preocupes, príncipe Iván, y acuéstate, que mañana será otro día.

Las mujeres de los hermanos mayores se rieron primero de la rana y luego enviaron a una vieja criada a que mirase cómo cocía el pan.

La ranita era muy lista y se lo figuró. Hizo la masa y la echó por un agujero que había abierto en lo alto del horno. La vieja criada corrió a contarlo a las mujeres de los hermanos, y ambas hicieron, punto por punto, lo mismo que la ranita.

Mientras, la ranita salió a la terracilla, se convirtió en Basilisa la Sabia y batió palmas:

—iMadrecitas, ayas mías, acudid sin dilación! Cocedme un pan esponjoso y blanco como el que comía yo en casa de mi padre.

Muy temprano, cuando el príncipe Iván se despertó, el pan estaba ya en la mesa, adornado con mucho ingenio: a los lados ostentaba unos arabescos, y en lo alto, una ciudad con sus puertas.

Se alegró el príncipe Iván, envolvió el pan en una rodilla y lo llevó a su padre. El rey estaba recibiendo los panes de los hijos mayores. Sus mujeres habían vertido la masa en el horno, como les dijera la vieja criada, y les había salido el pan requemado y negro, como un tizón. El rey tomo el pan del hijo mayor, lo miró y dijo que lo dieran a la servidumbre. Lo mismo hizo con el del mediano. Pero cuando el príncipe Iván le entregó su pan, dijo:

—Este pan es para ser comido en las fiestas.

Aquel mismo día, el rey ordenó a sus hijos que a la tarde siguiente asistieran, con sus esposas, al festín que pensaba dar.

Otra vez regresó el príncipe Iván a sus aposentos sombrío como un nublado, gacha la cabeza. La ranita, saltando por el piso, le preguntó:

—Cua-cua, príncipe Iván, ¿qué pena te acongoja? ¿Es que tu padre no ha sido cariñoso contigo?

—Ranita, ranita, ¿cómo quieres que no esté acongojado? Ha ordenado mi padre que vaya contigo al festín. Dime, ¿puedo, acaso, mostrarte a la gente?

La ranita respondió:

—No te apenes, príncipe Iván, ve solo al festín, que yo te seguiré. Cuando oigas ruidos y truenos, no te asustes. Si alguien te pregunta, di: “Es mi ranita, que viene en una cajita”.

El príncipe Iván fue solo al festín. Los hermanos mayores llevaron a sus mujeres, muy engalanadas, con toques de colorete en las mejillas, con las cejas y las pestañas sombreadas. Se burlaron del príncipe Iván diciéndole:

—¿Por qué has venido sin tu mujer? Podrías haberla traído envuelta en el pañuelo. ¿Dónde has encontrado a esa beldad? De seguro que tuviste que recorrer todos los pantanos.

El rey, sus hijos, las dos esposas y los invitados se sentaron a las mesas de roble con blancos manteles y empezaron el festín. De pronto oyeron ruidos y truenos. Los invitados se asustaron y se levantaron de sus asientos, pero el príncipe Iván les dijo:

—No teman, queridos invitados, es mi ranita, que viene en una cajita.

Ante la puerta del palacio real se detuvo una carroza tirada por seis caballos blancos, y de ella salio Basilisa la Sabia vistiendo un traje azul cuajado de estrellas, la luna clara luciendo sobre sus cabellos. Y era tan bonita, que parecía salida de un cuento. Descanso Basilisa su brazo en el del príncipe Iván y se dirigió con él hacia las mesas de roble cubiertas de blancos manteles. Opera 7 screen capture {float: right; margin-left: 0.5em}

Los invitados se pusieron a comer y beber entre alegres bromas. Basilisa mojó sus labios en uno de los vasos y echó en su manga izquierda el resto del vino. Luego tomó un alón de cisne, lo comió y se echó los huesos en la manga derecha.

Las mujeres de los príncipes mayores vieron aquello y se apresuraron a imitarla.

Terminado el festín, le llegó la hora al baile. Basilisa la Sabia tomó de la mano al príncipe Iván y se puso a danzar con tanto brío y gracia, que todos quedaron boquiabiertos. Luego sacudió la manga izquierda y ante ella apareció un lago; sacudió la derecha, y por la superficie del lago se deslizaron unos cisnes de plumaje blanco como la nieve. El rey y sus invitados no cabían en sí de asombro.

Las mujeres de los príncipes mayores salieron también a bailar, sacudieron una manga y salpicaron a los invitados, sacudieron la otra, y los huesos volaron en todas direcciones. Uno le dio en un ojo al rey, que, indignado, echó de allí con cajas destempladas a sus dos nueras.

Mientras tanto, el príncipe Iván salió sin ser visto, corrió a sus aposentos, encontró allí la piel de la rana y la arrojó al fuego.

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