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Regresó a casa Basilisa la Sabia y vio que la piel había desaparecido. Se dejó caer en un banco y, triste, cariacontecida, reprochó al príncipe Iván: —¡Ay, príncipe Iván! ¿Qué has hecho? Si hubieras esperado tres días más, habría sido tuya para siempre. Ahora tendremos que separarnos. Búscame en el fin mismo del mundo, en el rincón más lejano de la tierra, en los dominios de Koschéi el Inmortal… Basilisa la Sabia se transformó en un cuclillo gris y salió volando por la ventana. El príncipe Iván lloró amargas lágrimas, se inclinó profundamente, mirando a los cuatro puntos cardinales para despedirse de su tierra amada, y se fue en busca de su mujer. Nadie sabe cuanto anduvo, pero lo que sí se sabe es que sus botas quedaron sin suelas, sus ropas se hicieron jirones y su gorro quedó destrozado por las lluvias. Un buen día se encontró con un viejo en mitad de un camino. —iBuenos días, galán! ¿Adónde vas, qué camino llevas? El príncipe Iván contó al anciano su desgracia. El anciano le dijo: —¡Ay, príncipe Iván! ¿Por qué se te ocurriría quemar la piel de la ranita? No se la habías puesto tú, y no eras tú quien debía quitársela. Basilisa la Sabia nació más lista, más inteligente que su padre. Enfadado por eso, el le ordenó que viviera tres años transformada en rana. En fin, ¡a lo hecho, pecho! Toma este ovillo: síguelo sin miedo a dondequiera que ruede. El príncipe Iván dio las gracias al anciano y echo a andar en pos del ovillo. Rodaba el ovillo, y el príncipe Iván lo seguía. En medio de un campo se tropezó con un oso. El príncipe Iván aprestó su arco, dispuesto a matar a la fiera. Pero el oso le dijo con voz humana: —No me mates, príncipe Iván, que algún día te prestaré un buen servicio. Se compadeció el príncipe Iván del oso, bajó el arco y siguió su camino. De pronto vio un ánade volando sobre su cabeza. Aprestó el príncipe su arco, pero el ánade le dijo con voz humana: —No me mates, príncipe Iván, que algún día te prestaré un buen servicio. Se compadeció el príncipe del ánade y siguió su camino. De súbito vio una liebre que corría veloz. El príncipe Iván aprestó rápido el arco, dispuesto a disparar, pero la liebre le dijo con voz humana: —No me mates, príncipe Iván, que algún día te prestaré un buen servicio. Se compadeció el príncipe de la liebre y siguió su camino. Llego al mar azul y vio que en la orilla yacía un sollo. Boqueando, el pez le dijo: —iAy, príncipe Iván, compadécete de mí, échame al mar azul!
—Isba, isba, detente con la pared trasera mirando al bosque y con la puerta hacia mí. La isba se detuvo con la pared trasera mirando al bosque y con la puerta hacia el príncipe. Iván entró y vio que en la novena hilera de ladrillos de la estufa estaba durmiendo la bruja Yaga Pata de Palo, los dientes sobre un estante y la nariz clavada en el techo. —¿Qué te trae por aquí, galán? —preguntó la bruja al príncipe—. ¿Vas en busca del destino o huyes de él sin tino? El príncipe Iván le respondió: —Antes de ponerte a preguntar, vieja bruja, deberías, darme de comer y de beber y prepararme un baño. La bruja Yagá Pata de Palo preparó un baño al príncipe, le dio de comer y de beber y le hizo luego la cama. Entonces, el príncipe Iván le contó que iba en busca de su mujer, Basilisa la Sabia. —Ya estaba enterada —le dijo la bruja—. Tu mujer vive ahora en el palacio de Koschéi el Inmortal. Difícil te va a ser quitársela, vencer a Koschéi no es coser y cantar. La muerte de Koschéi se encuentra en la punta de una aguja, la aguja está encerrada en un huevo, el huevo lo lleva dentro un pato, el pato vive dentro de una liebre, la liebre está encerrada en un cofre de piedra, y el cofre se halla en la copa de un alto roble del que cuida Koschéi como de las niñas de los ojos. Hizo noche el príncipe Iván, en la isba de la bruja, que, a la mañana siguiente, le dijo dónde se encontraba aquel roble tan alto. Mucho anduvo el príncipe Iván, cuanto, nadie lo sabe, pero, por fin, vio un alto y rumoroso roble, en cuya copa descansaba el cofre de piedra. No había forma de alcanzarlo. De pronto apareció, como por arte de birlibirloque, un oso,
que arranco de cuajo el roble aquel. El cofre cayó y se hizo añicos. Salió
de él una liebre que echó a correr como alma que lleva el diablo. Pero
otra liebre le dio alcance y la hizo trizas. De la liebre muerta salio
un pato que voló alto, hasta el mismo cielo. Pero hete aquí que un ánade
se precipitó sobre él y le dio un terrible aletazo. El pato dejó caer
un huevo, y el huevo se hundió en el mar azul… El príncipe Iván estalló en amargo llanto. ¿Cómo iba a encontrar el huevo en el fondo del mar? Pero, de pronto, nado hacia la orilla un sollo, llevando en la boca el huevo. El príncipe Iván partió el huevo, sacó la aguja y quiso romperle la punta. El príncipe no cejaba en su empeño, y Koschéi el Inmortal se retorcía y agitaba. Pero todos sus esfuerzos fueron vanos, ya que el príncipe logro, por fin, romper la aguja. Koschéi tuvo que morir. Entró el príncipe Iván en el blanco palacio de Koschéi. Basilisa la Sabia salió corriendo a su encuentro y le besó en sus labios de miel. Regresaron el príncipe Iván y su Basilisa la Sabia a su hogar, y en el vivieron, felices y contentos, hasta muy entrada la vejez. |