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Léolo, de Jean Claude Lauzon |
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reseña de Rodolfo J. M.
Analizar las razones que mantienen vigentes a la película y a su creador sería muy complicado. Hablar de la película en sí lo es, no sólo porque para mí es una película cicatriz, muy ligada a mi historia personal, sino porque se trata de un discurso que admite múltiples lecturas, todas ellas complejas, todas ricas y hermosas. Es como si Lauzon hubiera sabido que se trataba de su última obra y por ello mismo la filmara con toda la intensidad que le fue posible. No hay desperdicio. Cada uno de los elementos, fotografía, música, diálogos, estructura narrativa, todos fueron elaborados con minuciosidad pasmosa, siguiendo la lógica de los sueños y la poesía.
No hay que ignorar el carácter autobiográfico del filme, Lauzon vivió su infancia en el ghetto francocanadiense, y perteneció a una familia que (al igual que la de Léolo) vio a todos sus miembros, salvo la madre, internados en el hospital psiquiátrico. El encuentro con “El domador de versos” también pertenece a la historia biográfica de Lauzon. El domador de versos, ese hombre afable y enigmático que aparece a lo largo del film, hurgando entre la basura en busca de cartas y hojas de diario, de fotografías y apuntes sueltos, no sólo es quien introduce en casa de los Lozeau el primer libro que Léolo ha de leer ("L´avalée des avalés" de Rejean Ducharme), sino que también se convierte en una especie de ángel guardían que más que cuidar del niño camina a su lado. "...El domador cree que las imágenes y las palabras deben mezclarse en las cenizas de los versos, para renacer en la imaginación de los hombres..." Lauzon tuvo su domador, un importante director de cine canadiense que se convirtió en el tutor de aquel muchacho rebelde al que le bastaron 2 películas para pertenecer a ese impactante grupo de cineastas que ha ofrecido Canadá en las últimas décadas (Cronenberg, Arcand que tiene un breve papel como director de la escuela de Léolo, Egoyan). Sin embargo Lauzon juega en otra liga, imposible relacionarle con las fábulas escatológicas de Cronenberg, o con el discurso intelectual de Arcand y Egoyan. Lauzon es poesía callejera, exorcismo.
"Porque sueño no lo estoy. Porque sueño, sueño. Porque me abandono por las noches a mis sueños antes de que me deje el día. Porque no amo. Porque me asusta amar. Ya no sueño. Ya no sueño. A ti la dama, la audaz melancolía, que con grito solitario hiendes mis carnes ofreciéndolas al tedio. Tú que atormentas mis noches cuando no sé qué camino de mi vida tomar... te he pagado cien veces mi deuda. De las brasas del ensueño sólo me quedan las cenizas de la mentira, que tú misma, me habías obligado a oír. Y la blanca plenitud, no era como el viejo interludio y sí, una morena de finos tobillos que me clavó la pena de un pecho punzante en el que creí, y que no me dejó más que el remordimiento de haber visto nacer la luz sobre mi soledad".
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