Opera 7 screen capture {float: right; margin-left: 0.5em}Ojo del mes, octubre-noviembre, 2004

Léolo, de Jean Claude Lauzon

reseña de Rodolfo J. M.

 

Opera 7 screen capture {float: left; margin-right: 0.5em}El 10 de agosto de 1997 una avioneta se estrelló en los bosques del norte de Québec. Sus dos únicos tripulantes, una joven pareja, murieron en el accidente. Ella era modelo y conductora de un programa de televisión, se llamaba Marie Soleil Tougas. Él se llamaba Jean Claude Lauzon y era director de cine, su filmografía era breve, apenas 2 películas, Un zoo le nuit (1987) y Léolo (1992). Y aunque ésta última es una de las películas más bellas filmadas, es muy probable que el nombre del director no te sea familiar. De hecho, no sería de extrañarse que tampoco hubieras visto la película. No existe edición en DVD, la versión VHS es joya de coleccionistas. Ni siquiera existe el soundtrack, a pesar de ser uno de los más atractivos que me vienen a la memoria (Tom Waits, Lorena Mckenitt). Es como si las circunstancias hicieran un esfuerzo para sepultar a Léolo en el olvido. Un esfuerzo inútil por cierto, ya que la película goza de una amplia y fiel audiencia que la hace circular en copias pirata, muchas veces grabada de la televisión; se han escrito ensayos e incluso libros sobre la película; se le ha analizado desde el psicoanálisis y desde la sociología; el impacto de su discurso narrativo y cinematográfico ha derribado las fronteras que le ha impuesto la falta de difusión. De hecho, por primera vez en mucho tiempo puedo utilizar el término “de culto” sin sentir que estoy usando una palabra vacía.

Analizar las razones que mantienen vigentes a la película y a su creador sería muy complicado. Hablar de la película en sí lo es, no sólo porque para mí es una película cicatriz, muy ligada a mi historia personal, sino porque se trata de un discurso que admite múltiples lecturas, todas ellas complejas, todas ricas y hermosas. Es como si Lauzon hubiera sabido que se trataba de su última obra y por ello mismo la filmara con toda la intensidad que le fue posible. No hay desperdicio. Cada uno de los elementos, fotografía, música, diálogos, estructura narrativa, todos fueron elaborados con minuciosidad pasmosa, siguiendo la lógica de los sueños y la poesía.

Opera 7 screen capture {float: right; margin-right: 0.5em}Imposible olvidar a ese niño que desde pequeño decide huir de la locura y la miseria familiar siendo Otro, reinventándose (Los que no creen más que en su propia verdad me llaman Leo Lozeau..., A partir de este sueño, exijo que se me llame Leolo Lozonne...); encontrando en el acto de escribir la libertad, la evidencia de que hay más vida de la que se puede abarcar. (...Bastaba con que me pusiera a leer o escribir para que Bianca viniera a cantar para mí. El domador tenía razón había un secreto en las palabras engarzadas...) En este sentido, Léolo es una película sobre la redención que implica la escritura, y sobre el fracaso de tal redención. Leólo no escribe para ser “escritor”, no ve en esa actividad un merito intelectual, no le interesa renovar la literatura ni integrarse a canon alguno; se trata de un acto vital que le permite abrir puertas hacia ese mundo soñado que es Sicilia y al cual pertenece.

No hay que ignorar el carácter autobiográfico del filme, Lauzon vivió su infancia en el ghetto francocanadiense, y perteneció a una familia que (al igual que la de Léolo) vio a todos sus miembros, salvo la madre, internados en el hospital psiquiátrico. El encuentro con “El domador de versos” también pertenece a la historia biográfica de Lauzon. El domador de versos, ese hombre afable y enigmático que aparece a lo largo del film, hurgando entre la basura en busca de cartas y hojas de diario, de fotografías y apuntes sueltos, no sólo es quien introduce en casa de los Lozeau el primer libro que Léolo ha de leer ("L´avalée des avalés" de Rejean Ducharme), sino que también se convierte en una especie de ángel guardían que más que cuidar del niño camina a su lado. "...El domador cree que las imágenes y las palabras deben mezclarse en las cenizas de los versos, para renacer en la imaginación de los hombres..." Lauzon tuvo su domador, un importante director de cine canadiense que se convirtió en el tutor de aquel muchacho rebelde al que le bastaron 2 películas para pertenecer a ese impactante grupo de cineastas que ha ofrecido Canadá en las últimas décadas (Cronenberg, Arcand ­que tiene un breve papel como director de la escuela de Léolo­, Egoyan). Sin embargo Lauzon juega en otra liga, imposible relacionarle con las fábulas escatológicas de Cronenberg, o con el discurso intelectual de Arcand y Egoyan. Lauzon es poesía callejera, exorcismo.

Opera 7 screen capture {float: left; margin-right: 0.5em}Porque sueño no lo estoy. Se repite Léolo a lo largo de la película, negando así su realidad inmediata. Pero esta huída no sólo le alejará de su familia y su identidad sino que le llevará a un camino que se estrecha y oscurece tanto que ni el mismo domador de versos podrá sacarlo de ahí. Italia se desvanece, junto con Bianca, junto con la esperanza que Léolo sembraba en sus escritos, junto con los sueños que le salvaban de ser y estar.

"Porque sueño no lo estoy. Porque sueño, sueño. Porque me abandono por las noches a mis sueños antes de que me deje el día. Porque no amo. Porque me asusta amar. Ya no sueño. Ya no sueño. A ti la dama, la audaz melancolía, que con grito solitario hiendes mis carnes ofreciéndolas al tedio. Tú que atormentas mis noches cuando no sé qué camino de mi vida tomar... te he pagado cien veces mi deuda. De las brasas del ensueño sólo me quedan las cenizas de la mentira, que tú misma, me habías obligado a oír. Y la blanca plenitud, no era como el viejo interludio y sí, una morena de finos tobillos que me clavó la pena de un pecho punzante en el que creí, y que no me dejó más que el remordimiento de haber visto nacer la luz sobre mi soledad".