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Leopoldo María Panero

Mi madre

 

La calidad de científico-etnólogo y explorador de mi padre le obligó a dejarme en manos de unos tíos y a confiar mi educación a ellos, lo que también se debió a la inexistencia de una madre —mi madre había muerto al nacer yo—. Su muerte, y la repercusión que tuvo en Angus Brown —tal era el nombre de mi padre—, y que se tradujo en miradas de reproche demasiado explícitas, me hicieron desde un principio considerar mi existecia como algo innoble que debía ser ocultado.

Hasta ser mayor de edad viví casi completamente solo, ya que mis compañeros de escuela y de universidad sólo me inspiraban un profundo miedo: puede decirse que fue el miedo el único sentimiento que dio algo de vida a mi alma, y el único que siempre me llegaron a inspirar los seres humanos; de manera que los escasos movimientos que alguna vez hice para acercarme a ellos fueron torpes y desmesurados, y sus resultados, que en ninguna ocasión dejaron de ser desastrosos, me alejaron aún más de una humanidad que acabé detestando casi tanto como a mí mismo. Mis exiguas esperanzas estaban concentradas todas en la figura de mi padre, cuyo rechazo había fundado al parecer mi existencia; un rechazo que nunca dejé de esperar que algún impreciso milagro transformara en amor.

Fue exactamente cuando alcancé la mayoría de edad cuando el hombre en torno al cual se había anudado la insolubilidad de mi vida nos dio a todos —empezando por mis tíos— una gran sorpresa, casándose por segunda vez. En efecto, de sobra me era conocido el gran amor que profesó siempre a mi madre; en especial porque mi abandono hablaba de ella demasiado expresivamente. Su segunda mujer, nos decía en sus cartas, era una doctora escandinava, colega suya en el Brasil, a la que había conocido inesperadamente en el curso de su última expedición a los lugares más oscuros del Amazonas. Ella formaba parte de otra expedición científica paralela a la suya, y nada más conocerse se habían enamorado. Su nombre de soltera era Julia Black, y a juzgar tanto por las palabras hiper-elogiosas de mi padre como por algunas fotos que nos envió, era una joven singularmente hermosa, extremadamente rubia, alta y fuerte, curtida por aquellos climas.

Bastó aquello para que mis tíos, que eran hermanos de mi primera madre, se pusieran de nuevo a murmurar de su cuñado, diciendo que «ese Brown» como le llamaban, nunca había querido a mi primera madre, y llegando incluso a insinuar —naturalmente que no en mi presencia, pero mi principal venganza contra ellos consistía en espiarlos— sospechas que ya les había oído ponunciar desde mi más temprana infancia, pero que sólo ahora comprendía: lo creían impotente, e incluso homosexual. No sé, ni quiero saber, porque demasiado me lo imagino, cómo explicaban mi horrendo nacimiento, pero el caso es que así pensaban respecto a mi padre. Y eso fue lo que en ellos motivó la sorpresa ante su segundo matrimonio, no la creencia en el amor a quien pagó con su vida mi nacimiento, amor éste del que, pese a la evidencia, habían siempre descreído. Esa maligna sorpresa, pues, sólo fue desviada por un rasgo que le atribuían a la sustituta de su hermana, y que era, al decir de ellos, una marcada masculinidad. Un día les oí, en efecto, decir: «Las delicadezas de Agnes (ése era el nombre de mi primera madre) no eran para ese m…; no es extraño que prefiera a ese virago»; y no sé entonces qué me detuvo para entrar donde ellos y gritarles que su «educación» había fracasado con estruendo, porque, pese a sus esfuerzos para que yo no fuera un Brown, mi padre era aún lo único que amaba.

•••

A raíz de este segundo matrimonio me di cuenta, sin embargo, de que el recuerdo de Agnes no había a pesar de todo disminuido lo bastante en mi padre para que yo gozara de alguna acogida en su espíritu: las cartas que entonces me envió repletas de negativas apoyadas en los pretextos más frágiles, con respecto a mi propuesta de acompañarle ahora, y a mi demanda de conocer a mi madrastra, indicaban a las claras que tampoco ahora, no sé si por la misma causa que antaño o por alguna otra razón, mi presencia le agradaba lo más mínimo.

Sin embargo, aquel matrimonio había de durar poco: no tardarían en llegar otras cartas en las que comenzaba a dar noticia de una extraña enfermedad, de síntomas bastante indefinidos, y que tanto él como los médicos creían había contraído en aquellas regiones completamente inexploradas hasta entonces, en las que había conocido a Julia: se trataba, al parecer, por las explicaciones que él daba, de una extraña y progresiva pérdida de la vitalidad, de una fatiga sobrenatural que le invadía cada vez en mayor medida, ante esfuerzos más y más mínimos. Como también decía que esa extraña dolencia iba acompañada de transtornos emotivos —hablaba de profundas depresiones— e incluso intelectuales, no necesito decir que mis tíos se apresuraron a pensar que se trataba de una enfermedad mental, sin más complicaciones _porque para la gente cuya salud es su estupidez, esta «explicación» lo torna todo en extremo «simple». Debo confesar que, por mi parte, cogí esa enfermedad con cierto agrado, porque sólo ella, y el presagio quizás de una muerte cercana, me acercaban por primera vez a mi padre. Pero pronto, para contradecir las sospechas malignas de mis tíos y arrebatarme a mí aquella alegría egoísta, habría de saber, por una breve y retórica comunicación de mi segunda madre, que mi única esperanza había muerto. Sí, muerto, simplemente, pese a que yo jamás podría comprenderlo. Mi vida se extendía ante mí desde ese instante con toda su ridiculez, como una broma. Sin embargo, aún me quedaba aquella mujer para poder llamarla «madre»: y con desesperación me aferré a lo poco que me quedaba, que era ella. Le escribí entonces cartas tan encendidas diciéndole que mi mayor deseo ahora era tratar de consolarla, y añadiendo además el pretexto de poder asistir a la lectura de un testamento que por lo demás me parecía improbable (dados los escasos bienes que con toda seguridad había dejado mi padre), que no tuvo más remedio que agradecérmelo y contestarme, expresando un vago consentimiento de que podía ir allí cuando gustase.

Mi propósito, debo reseñarlo, no sólo era conocerla, sino también indagar las verdaderas causas de aquella enfermedad y de aquella muerte oscura, porque presentía que había en todo ello algo extraño, mucho más extraño que una extraña y desconocida enfermedad de los trópicos; aunque nada de esto le dije a la que esperaba fuera en verdad mi segunda madre, o, dado que no había conocido a aquella otra a la que había dado muerte involuntariamente, acaso mi primera y única madre.

Y, animado por ese doble propósito, me despedí con verdadero alivio de mis tíos y me dispuse a emprender el largo viaje hasta el Brasil, con algo de dinero que me prestaron algunos amigos de mi padre.

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En verdad que nunca pensé que m resultaría tan difícil llegar a la ciudad brasileña de Obidos, en el Bajo Amazonas, que era el lugar donde había vivido mi padre mayor tiempo y donde había muerto, al tiempo que el sitio en el que —suponía— me esperaba mi «segunda madre», como empezaba a llamarla en mi pensamiento. El barco que me trasladó desde Europa me dejó en Río, y desde allí emprendí el viaje por tierra, parte en jeep y parte a lomos de mulos: un viaje de miles de kilómetros por caminos apenas visibles, si no inexistentes, a través de lugares que tenían todo el colorido de lo que no existe: selvas y altas montañas, como en una mala novela de aventuras —esta vez sin héroe—. Mi única ayuda fue un guía indígena que me proporcionaron, en la capital, unos amigos de mi difunto padre en cuya casa me había hospedado durante mi breve permanencia en aquella ciudad abigarrada.

Debo decir que lo que me animó a continuar hasta el final de esa imposibilidad que fue mi viaje, fue sobre todo, al margen de los motivos ya mencionados, la vaga esperanza de compensar así a mi padre de alguna forma por aquel daño que al nacer le había hecho y de escribir con mi fatiga un homenaje desesperado a su nombre.

Finalmente pude ver el gran río, el Amazonas, que mi padre, por lo que había oído decir innumerables veces a mis tíos, al tiempo que por lo que yo había podido deducir de sus cartas escasas, había amado tanto.

Días más tarde llegué a Obidos: Obidos es una capital-capital sí, de la comarca del mismo nombre —cuya población era —y a buen seguro lo seguirá siendo en el futuro, si es que no decrece— de unos 20,000 habitantes, casi todos indios, descendientes, de los pauxis, que fueron los primitivos habitantes de aquel laberinto, y cuyo nombre llevó la zona en el tiempo en que se abría como un bostezo a la historia.

Las construcciones oscilaban allí por aquel entonces entre unas pocas viviendas de marcado estilo colonial, y una inmensa mayoría de húmedas cabañas pertenecientes a los indios, cuya muchedumbre cercaba las casas de los blancos como una boca ávido de cerrarse. Los habitantes de estas últimas, pese a las leyendas que los designan como perezosos, no dejaban nunca de agitarse de un lado a otro, como insectos, y al igual que ellos animados de una misteriosa vida psíquica colectiva, y no individual: aquello parecía un vasto hormigueo en el que los blancos desempeñaran el papel de hormigas y los otros el de los misteriosos pulgones —esos esclavos casi invisibles.

Mi madrastra, debido a la incertidumbre de los medios de transporte que habrían de llevarme hasta ella y a mi desconocimiento de aquella ciudad, me aguardó en su casa —en la casa de mi padre— en lugar de ir a esperarme a lugar alguno. Y gracias a mi guía indígena que, pese a no saber tampoco el emplazamiento de aquella casa, hizo las averiguaciones correspondientes cerca de sus hermanos de raza, pronto me encontré frente a un pórtico colonial cuya puerta se abrió a la primera llamada dejando ver a aquella mujer singular.

Me pareció, al natural, aún más atractiva de lo que yo había podido ver en las fotografías: semejante a un sueño habido en aquellas tierras, o acaso a un despertar. Así pues, mi primera reacción fue de entusiasmo al contemplar su realidad como un asombro. La abracé, con miedo, porque yo era al fin un extraño. Ella me devolvió el abrazo y me invitó a entrar, con palabras banales y una sonrisa. Ya dentro, tardé en hablar, pero cuando lo hice fue sin parar, feliz en el habla porque en ella me olvidaba. Recuerdo que rió alguna que otra vez.

Fue sólo al cabo de un rato de estar con ella cuando sentí una sensación que no sabía si era imaginada o tenía por el contrario la bajeza de lo real: me pareció que me miraba con algo así como avidez, no como al hijo de su marido ni tampoco como a su hijo, sino como a un posible amante. Aquello me repelió, porque yo no quería a una amante, sino a alguien que imitara bien la palabra «madre»: y, sin embargo, aquella impresión, de ser cierta, hubiera correspondido a un hecho, si bien indigno, explicable por cuanto ella era mucho más joven que mi padre, y tenía sólo quizás unos pocos años más que yo. Pero yo buscaba una palabra y no un ser vivo.

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Aquella primera noche que cayó sobre mí estando en casa de mi segunda madre, inseguro como un huésped del azar, pues nada sabía de lo que habría de ocurrir, tuve una pesadilla que habría luego de repetirse, como lo abyecto. Su protagonista era mi madre, pero transformada, con rostro y cuerpo de hombre: la vi en esa facha masticando con codicia unos huesos que recordaba habían sido antes yo, y extrayendo con delicia su tuétano para también devorarlo. Pero lo extraño era que sentía aquello yo también como una voluptuosidad —unas enormes carcajadas servían de coro e inquietud—, y pensé —en mi sueño— que era yo quien me reía de mi mismo, y de mi muerte: todo ocurría en las márgenes de un río.

Al despertar, consideré el acto caníbal una metáfora del deseo de mí que había creído ver en mi madre, y atribuí mi propio placer a ese triste símbolo que es el Edipo. En cuanto a las aguas que bordeaban aquel gesto, se limitaban a apoyarlo, porque el agua, como yo sabía —por mis conocimientos de esa ciencia supuesta que es el «psicoanálisis»—, simbolizaba el mal.

Lo verdadero se demostró ser, después de esa interpretación, sólo el infinito calor que reinaba en mi habitación, que a buen seguro había contribuido a formar la pesadilla.

Esa misma mañana habría de conocer a la única sirviente de la casa, que por lo que supe lo fue siempre de mi padre desde que él habitó esta ciudad, y que el día de mi llegada estaba fuera. Era una india vieja, rugosa como la tierra que a fuerza de hollarla tiene sentido y nombre. Pronto descubrí que era aborrecida de mi segunda madre, quien la insultaba y maltrataba tanto como podía, con esa crueldad que empleamos paro lo inútil, para lo solo, o para la verdad. La vieja sentía por aquella a la que le costaba trabajo dar el apodo respetuoso de «señora», un odio parecido o quizá mayor; tanto es así que me preguntaba por qué no se habría marchado de ahí después de morir mi padre —tal vez porque el odio es una amistad, y une más que cualquier sentimiento—. Al tiempo que ese odio, había, al menos eso creí observar, un extraño pavor en las miradas de aquella terca superviviente —a mi padre y a sí misma— dirigía a la que me empeñé en llamar «madre»; y digo extraño aunque, pensándolo bien, nada más fácil que ese miedo ante un ser que estaba siempre a punto de maltratarla, y que se comportaba con ella lo mismo que con un sapo.

De cualquier modo, la vida en aquella casa se me hizo poco a poco bastante agradable: Julia me trataba con igual cariño que si yo fuera mi padre, con la misma ternura ávida con la que le debió acariciar; me relataba anécdotas de sus expediciones y de las de Angus, como ella le llamaba, me hablaba también de él a secas adivinando mis torpes deseos de tener un nombre, y un día llegó incluso a halagarme diciéndome cuánto se había sorprendido al verme por vez primera, al observar que era idéntico al muerto, tanto que creyó con terror que él había vuelto de donde no se vuelve.

Únicamente me produjo extrañeza que evitara referirse a la enfermedad y a la agonía inverosímiles de mi padre; me conformé, sin embargo, con darle a esto la explicación humana del dolor, que a veces, es sabido, no quiere multiplicarse con la herida de la palabra.

Para compensar esa laguna en su discurso, decidí acudir a la vieja sirvienta, quien, después de muchas intentonas fallidas de acercamiento, poco a poco me convidó a sus recuerdos.

Me relató con horror el aspecto que ofrecía mi padre en los últimos días, y después de muerto: anormalmente enflaquecido, la cara chupada, los ojos hundidos; dijo que parecía mucho más viejo de lo que era realmente, y que en verdad le había parecido —añadió dejando ver en una amarga sonrisa sus dientes podridos y negros— de todos los cadáveres, el que más se parecía a esa palabra. Le pregunté si sospechaba las causas de aquello, y me contestó —tras de haberse permitido una vacilación y un miedo— señalando lentamente hacia la habitación de mi madre. Y como no se atrevió o no supo decirme más, atribuí aquello a un propósito incoherente de vengarse de su ama detestada, achacándole cosas de las que sólo Dios, o su hermano el diablo, puede ser culpable.

Y el aspecto hediondo de la vieja, en contraposición al de mi atrayente madrastra, reforzó, he de decirlo, aquella sospecha de falsedad.

De cualquier modo, aquel gesto siniestro de su mano había logrado inquietarme, lo que, unido al calor y a la sospecha de una pesadilla debida a él como la del primer día, me impidió dormir, de manera que me levanté y me dirigí a lo que según me había dicho Julia fue el despacho de mi padre, con el propósito de explorar su biblioteca en busca de una lectura.

Al examinar ésta, me quedé profundamente sorprendido. Aquello parecía más bien la biblioteca de un niño que la de un científico. Apenas había estudios serios de antropología o étnica, mientras que la mayor parte de los volúmenes eran recopilaciones de leyendas —más que sobre el río Amazonas sobre su nombre: es decir, acerca del mito de las Amazonas. Por el contrario, la realidad del río y de su población aparecía menospreciada, en algunos breves libros sobre el tema.

La abundancia eran, como digo. estudios sobre el mito griego de las Amazonas; también infolios dedicados a la vida del explorador español Orellana, cuya experiencia improbable en los márgenes del gran río, en los que creyó haber luchado con guerreras parecidas a las Amazonas legendarias, dio su nombre a ese inmenso espacio acuático que antes los misioneros, por su grandeza, habían nombrado «río-mar»).

Pero, por si faltara poco para completar la sensación de extrañeza y desilusión que aquellos hallazgos me habían producido, allí estaban también montones de recortes de periódicos con noticias de sucesos infrecuentes (a buen seguro producto también de ese calor fabricante de pesadillas) acaecidos en el Estado de Amazonas, la mayoría referentes a asaltos a la población por parte de una suerte de vampiros hembra, por así decirdo: algunos de los cuales eran, según relato de los supuestos testigos, mujeres hermosas e increíblemente rubias, que, para compensar aquel exceso de belleza, portaban al parecer, como corresponde a cualquier vampiro que se precie, dientes puntiagudos y horrendos. Finalmente, adornaba la biblioteca una abundante colección de obras de ocultismo. Llena de nombres para mí desconocidos, al mismo tiempo que libros acerca de herejías como la gnosis, y algunos tratados sobre el culto hindú de Kali. Ni que decir tiene que todo aquello me pareció totalmente absurdo, y estuve por pensar que la hipótesis de mis tíos relativa a la locura de mi padre era desgraciadamente cierta. Pero, de ser así, su muerte seguía siendo inexplicable, porque nadie muere por estar loco; la locura es peor que la muerte.

Pero algo aclararía en seguida, al menos en parte, aquel laberinto de libros y recortes. En efecto, cuando aún llevaba pocos días en Obidos, fue a visitarme expresamente un íntimo amigo de mi padre, que se había enterado de mi llegada aun cuando con algo de retraso (me extrañó, y así se lo dije, que mi madre no le hubiera informado, dado que era de suponer que se conocían); se trataba de un colega etnólogo que había acompañado a mi padre en numerosas expediciones y cuyo nombre era John Adams. Al principio, mis conversaciones con él fueron lo que se denomina «cordiales», humanas y faltas de interés, inhibidas dentro del corsé de la «educación» que es un valor que sólo aprecian los que no confían en la vida. Pero cuando tuvo alguna confianza conmigo me habló de lo que fue la última obsesión de mi padre, que había dado lugar tanto a aquella enredada biblioteca como a sus últimas expediciones. Se trataba, como yo ya sabía por aquella extensa «bibliografía», del mito de las Amazonas. Le dije lo poco que yo sabía por los libros aquéllos o más bien por sus títulos: escasamente más que una alarma. Él me completó la información rápidamente. Dijo que esa singular obsesión había partido, según él creía, de un misterioso encuentro en el Alto Amazonas que le había ocasionado alguna herida: al parecer esa herida, había sido la que le trastornara el sentido, si no la razón, pues ésta la conservó siempre, o al menos hasta que le atacó la última enfermedad pues sin duda, añadió, se trató realmente de una enfermedad orgánica. «En qué consistió ese encuentro, nunca llegué a saberlo, porque su padre me dijo que prefería no relatarlo por miedo a que le tomaran por loco —dijo a este propósito exactamente, según creo recordar—, que callarse o hablar de ello era siniestramente igual, porque de cualquier forma nadie le daría crédito; sin embargo, no debió tratarse más que de un encuentro con alguna tribu salvaje o caníbal, del que escapó por milagro, y que le ocasionó un shock que favoreció la formación de su idea fija. Después de ese desdichado encuentro, se había entregado a la lectura con ferocidad: y los libros que usted ha encontrado son como el semen seco de aquel arrebato casi sexual. Había explorado en principio todo lo relativo al mito griego de las Amazonas, después algunos datos de las leyendas precolombinas que él ligó a ese mito por medio de una conexión imaginaria; y finalmente se había dedicado nada menos que al ocultismo; y, aunque muy rara vez me había hablado de sus "hallazgos" en este dominio, sabiendo sobradamente de mi aversión por ese tipo de "conocimientos", sin embargo, lo hizo en alguna ocasión, más que por afán de una comunicación que el tono desengañado de su voz evidenciaba como no siendo su esperanza, simplemente, creo, por la razón de que aquello, al menos hasta su casamiento, era lo único que ocupaba su mente, y no tenía ninguna otra cosa de qué hablar. Por lo que me parece recordar, la justificación que me dio para ese género de indagaciones fue que, en el dominio del mito y de la religión, todos los símbolos tuvieron primitivamente un sentido claro y material, que sólo el polvo había desdibujado, como la vejez hace con los rostros; así, decía él, se había convertido lo que en principio fue algo plenamente racional en artículo de fe y en misterio; y el ocultismo, decía, era lo que estaba más cercano de eso que él llamaba "el núcleo material de la religión".»

Mientras Adams hablaba, yo pensaba para mis adentros que, después de todo eso, no era tan descabellado como para necesitar atribuirlo a ningún «shock», pero le dejé que continuara sin interrumpirle.

«Sé lo que está usted pensando, que no hay aquí nada irracional», dijo entonces leyendo en mi mirada, «pero ya le dije que la razón nunca la perdió, sólo el sentido: lo inverosímil no era este razonamiento, por otra parte, sino el ejemplo que proponía para probarlo: en efecto, aludía para ello al símbolo de la mujer diablo: la Sophia de los gnósticos, la diosa Kali de los hindúes, etc., mito del que afirmaba que poseía un fundamento material, que él, decía, estaba por descubrir.

»Pero parece que estas obsesiones cesaron a raíz de su segunda boda», continuó Adams, «como si más bien que un shock o una herida la verdadera causa de aquel delirio hubiera sido la soledad, y hubiera bastado el amor para ponerle fin. En efecto, después de su boda no volvió a hablar de amazonas ni de mujeres-diablo, aunque, a decir verdad, en una ocasión me pareció que alguna huella de anormalidad había quedado en su cabeza: fue cuando me dijo una vez en un susurro casi ininteligible que "había pactado con el Demonio". Nunca supe si aquello era una broma o algo peor.

»Pero, de todos modos, hasta su enfermedad, seguí sosteniendo con él agradables conversaciones científicas, que no dejaban lugar a dudas de que el padre de usted no estaba realmente loco, sólo quizás era algo singular, o estaba un poco neurótico. Su enfermedad no sé si deterioró sus capacidades intelectuales: es de suponer que lo haría en alguna medida; lo que sé de cierto le sustrajo fue su facultad de expresarse correcta y linealmente. Aunque él decía que estaba perdiendo progresivamente su inteligencia, pero no ya en el sentido de que ésta estuviera sufriendo algún deterioro, sino literalmente como si la estuviera perdiendo, como si la enfermedad le estuviera despojando de ella, como si la inteligencia fuese un objeto, una cosa que nos pudieran robar. Esa era la tesis que sostenía con firmeza en sus últimos días, y cada vez con menos claridad, porque a veces creo que aquella enfermedad quizás dañó seriamente su cerebro.»

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