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de L. M. Panero
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Leopoldo María Panero |
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De En lugar del hijo: |
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| Le pregunté entonces cuáles creían que habían sido las causas de aquella enfermedad, deseoso de una explicación un poco más racional que el gesto hosco de la criada: «Bueno, si Obidos hubiera sido una gran ciudad como aquélla de la que usted viene —Londres, me refiero, ¿no es cierto que usted vivía allí?— entonces se hubiera podido diagnosticar mejor la enfermedad, y se hubieran hallado las causas, supongo, aunque a decir verdad la dolencia era bastante extraña. Sin duda, la contrajo en su última expedición, donde conoció a la que había de ser su esposa: en aquel viaje encontró, por lo visto, la felicidad al mismo tiempo que la semilla de la muerte. Por cierto que fue providencial aquel encuentro con esa otra expedición de la que me dijo que formaba parte miss BIack, porque de otro modo hubiera muerto mucho antes o se hubiera perdido: en efecto, había emprendido aquella expedición completamente solo, a excepción de algunos indígenas que al final le abandonaron, por razones que nunca supe muy claramente. »Pese a que, como le digo, aquella enfermedad tenía un innegable fondo orgánico —tan innegable que le ocasionó la muerte— sin duda también puso en ella mucho de su neurosis: en efecto, ¿sabe usted lo que me dijo en una ocasión? Me dijo que aquella anormal debilidad que le quitó la vida le sobrevenía especialmente "después del acto sexual" »¿No le parece significativo?» añadió entonces Adams con una sonrisa de complicidad, sabiendo por anteriores conversaciones que yo tenía algunos conocimientos de psicoanálisis, y contesté vagamente que sí, que eso sin duda debía de ser significativo. ••• Al volver aquel día de casa de Mr. Adams era de noche cerrada: tanto tiempo había durado su relato, y sus gestos, al final tan pobres como intensos, por efecto del alcohol que había bebido junto conmigo. Sin embargo, aquella a la que ya sin vergüenza llamaba madre estaba aún levantada: había aún luz en su cuarto: y aquel hecho —el de que aún estuviera levantada a esas horas— me inquietó débilmente: tal vez me había estado esperando. Al pasar por su cuarto llamé, para disipar su inquietud tanto como la mía. Al entrar en él, la abierta sonrisa que me dirigió, como el amanecer, lo borró todo. Le dije que había estado charlando con Mr. Adams, y que me había hecho un relato parecido a la locura: le pregunté también por qué no dormía; ella me respondió con una banalidad que recibí con alivio, y que volvió a cerrar la puerta por la que esa noche se había insinuado lo horrible. Me hizo saber que había estado leyendo, simplemente, y que la lectura la había desvelado; y señaló un libro de un tal Ambrose Bierce, que hojeé viendo que estaba abierto en el lugar de un cuento titulado «la muerte de Halpyn Fraiser»; se trataba, comentó al ver mi ignorancia, de un relato «fantástico», como se suele decir, que complicaba el hecho simple que es la muerte hasta hacerlo parecer un lujo: el lujo que la literatura es. Añadió que se aburría mucho en aquella ciudad, y me interrogó si a mí no me ocurría lo mismo. «En cierto modo sí», le contesté, «como decía Proust, cuando una ciudad se conoce, deja de parecerse a su nombre; y aquélla ya lo había perdido»; y esta cita de Proust desvió unos minutos la conversación hacia ese énfasis con que se habla de aquello en que creemos sólo a guisa de limosna, lo literario. La sensación de calor ocupaba las pausas del diálogo: y le sugirió una frase: dijo que sólo las moscas merecían esta ciudad y este país, pero sobre todo la ciudad. «Un día tal vez sean ellas las únicas habitantes del mundo: y entonces esta ciudad será la capital del planeta, con toda probabilidad.» Recuerdo que no supe si sonreír. Luego dijo: «Quisiera que me hablaras más de la vida en Londres. Tal vez decida ir allí». «No sé cómo es la vida allí», le contesté, «sólo sé cómo son sus noches.» Y le hablé un poco de la vida nocturna en Londres, y también de mis horribles tíos. Ella, sin prestar demasiada atención a mi respuesta lamentable, me aclaró que, pese a haber viajado mucho, no había estado nunca en Inglaterra, pero que pensaba que debía haber allí más vida intelectual que en Dinamarca —su país natal— y, por supuesto, que en Obidos. «No lo creo así» repliqué lacónicamente. Y la conversación, que había durado lo que dura relatarla, terminó ahí, por mi culpa. Luego, en mi habitación, con la luz apagada, poco antes de dormirme, me acuerdo que «pensé», como se piensa medio dormido, deshilvanadamente, en la razón, que en otra situación de mi alma me habían parecido simplemente inexistente, en por qué los huracanes llevan siempre nombres de mujer, como la muerte. A la mañana siguiente, la criada me trajo el desayuno. Noté claramente que, desde que había podido observar el cariño que yo profesaba a mi madre, su trato conmigo se había enfriado, casi no me hablaba, y cuando lo hacía, sus frases eran insignificantes, necesarias. Pero hubo algo que no logré comprender: cuando le pregunté ansiosamente si mi madre ya estaba despierta, me miró con una sonrisa que parecía de piedad —hubiera comprendido la antipatía, el odio, pero ¿por qué la piedad? Tal vez pensaba que Julia era una devoradora de hombres, como suele decirse, y que yo había de ser su próxima víctima. No le di ninguna importancia y, una vez que me hube desayunado y vestido, me encaminé al dormitorio de mi madre. Después de los saludos y las frases inconsistentes de rigor que se intercambian, por la mañana, quienes resucitan del sueño y se recuerdan, y al verla más hermosa que nunca —hermosa como una palabra o como una felicidad alcanzada por error—, le dirigí lo que era, en realidad, una declaración de amor: le propuse que, una vez que se hubiera leído el testamento, regresara conmigo a Europa. Ella me contestó que no había tal testamento, por lo que ella creía, pero que de todos modos quizás convenía consultar al abogado de Obidos —pues sólo había uno, un viejo alcohólico que, por otra parte, era más que probable que hubiera olvidado las últimas voluntades de mi padre, caso de haber algunas—. Y añadió que, antes de regresar a Europa, pensaba emprender, en homenaje a mi padre, una última expedición al fondo del Amazonas, a la misma región complicada en la que le había encontrado. Y me invitó calurosamente a que le acompañara, arguyendo que aquello hubiera sido lo que más complaciera a mi padre. No necesito decir que acepté inmediatamente, con esa peligrosa sencillez de la alegría. Ese día me acompañó a visitar «la ciudad de las moscas», cosa que yo hasta entonces no había hecho, a excepción del recorrido inconsistente hacia la casa de Adams, cercana a la nuestra. En el curso de esa visita turística nos encontramos al abogado en cuestión, con un maculado traje blanco, y sin afeitarse al parecer desde hacía dos días. Pensé en él con esa curiosidad que algunos confunden con la compasión, y me divirtió la idea de que en esas ciudades literarias —Tánger, u Hong-kong, u Obidos— era inevitable encontrar, fiel a su puesto de mando, a un extranjero alcohólico, lo mismo que en las aldeas hay tontos o locos. Mr. Simpson, que así se llamaba el hombre, si lo había, al ver a un joven desconocido junto a mi madre se acercó para curiosear también y, tras de averiguar por Julia que yo era el último de los Brown, se apresuró a explicarme que mi padre había dejado una carta sellada exclusivamente para mí, aunque como era de esperar no había testamento. Añadió que me aguardaba en su despacho el jueves, es decir dentro de un par de días. Expresé mi sorpresa porque no hubiera dicho nada a propósito de mi madre, pero se limitó a decir: «La carta sólo a ti te concierne, jovencito; y te aconsejo que no faltes, si en algo estimas aún a tu padre, porque, aunque yo ignoro por completo su contenido, me dijo que era muy importante, y me encargó que tuviese buen cuidado de no abrirla más que en el caso de que muriera, y únicamente en tu presencia; así que ya lo sabes». Y me gritó al despedirse cuál era su dirección: un nombre extraño, parecido al de algunos hongos. Atribuí la gravedad con la que me había dicho todo esto a su temprana borrachera, y no le hubiera dado al asunto más importancia si no hubiera percibido en los ojos de mi madre una expresión de terror extraña, ante esta noticia inesperada. Tal vez, pensé al principio, se debió simplemente al agravio que para ella suponía que mi padre no hubiera tenido un pensamiento para ella cuando concibió la posibilidad de su muerte. Y, sin embargo, como luego habría de saber, no había pensado más que en ella. Lo cierto es que desde ese instante la actitud de mi madre hacia mí varió por completo: a sus amabilidades de antaño sucedieron miradas de desconfianza, y pareció perder súbitamente todo otro interés en mí. Mi alma entonces se desplomó como lo haría cualquier noche aquel borracho, a quien cargué con la culpa de todo, maldiciéndolo en secreto, como a un dios. Pero de todos modos no lograba explicarme qué diablos tenía yo que ver tanto con el abogado como con mi padre, al que también empecé a odiar por suponerlo igualmente responsable de aquel desvío. Y fue aquello lo que me hizo plenamente consciente de que había empezado a pensar en mi madre en los términos del amor. Faltaba una sola fecha para el día anunciado por el abogado Simpson, y esa noche, tras de pensarlo innumerables veces —yo que puede decirse que nunca había pensado—, me decidí por fin a hablarle seriamente a Julia tratando de indagar a qué se debía una mutación tan sorprendente en sus relaciones conmigo. Tan confuso estaba que entré en su cuarto sin llamar: era una hora tardía de la noche, pero lo mismo que la vez anterior, había aún luz en su cuarto, si bien, como pude comprobar cuando estuve dentro, no demasiada. La encontré casi desnuda, por lo que retrocedí inmediatamente e iba a balbucear unas palabras de excusa cuando creí ver, antes de que acabara de cubrir sus piernas con el camisón, un enorme falo entre ellas. Completamente aturdido por aquella visión incierta debido en parte a su brevedad —pues sólo duró un instante, ya que el descenso de la camisa de noche la interrumpió en seguida— y a la penumbra, y presa de los temores más potentes debido precisamente a su escaso grado de certeza, y más aún de explicación, o adecuación alguna de todo ello con el fantasma de la realidad, salí casi corriendo de la habitación, y cerré apresuradamente, sin saber casi por qué, la mía con llave. Pero, pasadas algunas horas, no me quedó para defenderme de la razón que sitiaba aquel recuerdo de una sensación tan horrenda como imposible de ajustar en toda hipótesis de la mirada, no me quedó para defenderme más que una explicación: que yo estaba loco, lo mismo que mi padre. No es necesario decir que aquella «explicación» no tuvo otro premio que el insomnio. De manera que estaba despierto cuando, horas más tarde, oí pasos provenientes del dormitorio de mi madre. Hubo un instante en que pensé salir para pedirle excusas por aquella huida que tanto había debido sorprenderla si no afligirla; pero con ese pensamiento se cruzó otro, el de huir de allí, tan pronto como pudiera, de aquella ciudad y de aquel misterio. Luego, oí cerrar la puerta de la calle suavemente, y al día siguiente supe por la criada, que me lo comunicó con aire de buena noticia, que mi madre había desaparecido. Cada vez más confundido, me dirigí sin embargo al domicilio del viejo abogado, quien me dio la noticia atroz, que ya corría por toda la ciudad, de que la tumba de mi padre había sido profanada, esa misma noche, su cadáver desenterrado y su cabeza, o lo que quedaba de ella, seccionada cruelmente y ¡robada! Todo aquello tenía la calma y la exactitud de la pesadilla. Tan aturdido estaba que no recordé entonces aquello a lo que había ido, la famosa carta. Me disponía a marcharme cuando el abogado me retuvo, diciendo: «Calma, jovencito» y esta vez el apelativo que quería ser cariñoso me sonó como una bofetada o un latigazo, «tal vez esta carta nos aclare algo de lo que está sucediendo.» Y, tras de rebuscar unos minutos en su desvencijada caja fuerte, sacó una carta cuyo sucio sobre había sido torpemente lacrado. Sentándose en su butaca e indicándome otro asiento frente a él, la abrió con dedos temblorosos y comenzó su lectura; la carta decía así: «Mi querido hijo William: ¡qué tarde me he dado cuenta de que te necesitaba! No sólo tarde sino, como se suele decir, demasiado tarde. Porque, cuando te sea leída esta carta yo habré, con toda probabilidad, muerto, víctima de... mí mismo. Hay un horrendo territorio del saber que atrae a los hombres como la tela de araña a las moscas; que atrae, sí, como atrae el abismo, como él nos llama. Que atrae, en fin, como nos atrae nuestra propia perdición: ¿quién alguna vez no ha soñado con ella? Yo franqueé sus límites, pero no me adentré suficientemente en él a nivel teórico como para prever, a tiempo, sus peligros. Preferí explorar uno de sus fragmentos que cayó un día sobre mí por azar, como caen a veces mezclados con la lluvia objetos irreconocibles para la razón, o como se encuentran signos no humanos en un meteorito. Tanto mis pasiones teóricas como mis "experimentos" —puedo llamarlos así— con ese trozo de "meteorito", se debieron a una voluntad impía de superar lo humano, a un odio satánico hacia mis semejantes: creí que el azar me había deparado la ayuda necesaria para vencerlos y destruirlos. Pero quien prepara un Crimen contra el hombre no sabe que está planeando, a oscuras, su propio suicidio... Verás por lo inconexo de estos razonamientos, o más bien de estos restos de razonamientos, que apenas tengo ya fuerzas para pensar, y menos aún para escribir: algo me las roba, precisamente aquello con lo que creí haber pactado, aquello que creí haber dominado... Me roba también la voluntad para escribir; sé que me ha descubierto y que no me dejará terminar... (A esto seguía un borrón y unas palabras vacilantes, escritas hacia abajo,' como siguiendo la dirección de la propia caída:) "Ella pertenece a un pueblo maldito por Dios" y luego, con desfallecientes mayúsculas, una orden absurda y terminante: "MATALA"» El rostro del abogado dio muestras de incredulidad y de espanto: «Esto es un asunto de locos» me dijo con un suspiro al terminar la lectura, entregándome la carta. ••• Pero lo cierto es que no tardé más que unos pocos minutos en dirigirme al bien conocido domicilio de Adams con el propósito de pedirle dinero y ayuda para una expedición a esas regiones finales del Amazonas, donde suponía que hallaría, si no lograba alcanzarla antes, a aquella mujer, si podía hablarse de ella como de una mujer. Le pedí que me sirviera como guía. Él aceptó todas las condiciones, inexplicablemente, tal vez por la breve amistad que a él me unía, tal vez por su antigua amistad con mi padre, o bien, como él dijo (temeroso, a lo mejor, de aludir a una razón emocional ante alguien que tan poco conocía) por intereses estrictamente científicos relativos a aquellas zonas inexploradas; en cualquier caso, su interés no pudo deberse a las razones que aduje, pues éstas, no sabiendo o no pudiendo explicárselo de otro modo, se redujeron a decir que Julia estaba loca y que probablemente era la autora de la mutilación del cuerpo putrefacto de mi padre. La contrata de la embarcación fue fácil, lo difícil resultó encontrar algunos indios dispuestos a servir de tripulación. Adams ya me había advertido de ese peligro: me dijo que los indios temían mucho aquellas regiones últimas y que las consideraban peligrosas y sagradas. De manera que al final propuse a Adams que nos arriesgáramos a engañarles, diciéndoles que sólo se trataba de una aventura comercial con destino a lugares más bajos, y pensando que luego, ante los hechos consumados, no tendrían más remedio que seguirnos. Adams propuso comprar un par de pistolas, y una vez hecho esto. le sugerí que partiéramos al instante, con objeto de dar más fácilmente alcance a aquella «demente» —no la califiqué de «monstruo», sólo en atención a la capacidad de fe de Adams—; tampoco le hablé de mi sospecha de que era la responsable de la «enfermedad» y de la muerte de mi padre. Adams me pidió esperar algo de tiempo para resolver algunos asuntos que él tenía pendientes en la ciudad, y decidimos finalmente que embarcaríamos al crepúsculo, y, si no era posible, al día siguiente. Esta última alternativa fue aquélla por la que al fin optamos: el viaje sería al amanecer del día siguiente. ••• El escrito en forma de relato que antecede lo que he redactado, tratando de imponer un orden en mi alma la noche de la víspera; lo que acontezca a continuación, por razones de urgencia y comodidad, lo anotaré en forma de diario, añadiendo las fechas. Relato y diario no tienen más finalidad que hablar conmigo mismo, y poder, algún día, si el porvenir es posible, recordar, recordarme. ••• 1 de septiembre. Partimos, habiéndonos provisto de todo lo necesario. Adams ha hecho un plan de viaje pensando en que dormiremos en donde nos sea posible: o bien en nuestra pequeña embarcación o bien en las chozas de las pocas tribus en las que él confía. 5 de septiembre. Gracias a las traducciones de Adams, he podido interrogar a los indígenas sobre el paso de Julia, quien, por lo que ellos nos han dicho, parece llevarnos tan sólo un día de ventaja. Día 12. Al cabo de una semana de búsqueda infructuosa, podemos ya tener la certidumbre completa de que hemos perdido, inexplicablemente, la pista. Me siento absolutamente desesperado, porque esta persecución es ya el único objeto de mi vida. Día 14. El hechicero de la tribu, en cuya aldea hemos pernoctado, nos relató, al enterarse de nuestros propósitos, y a guisa de advertencia, una leyenda que parece un cuento de hadas. Dijo que en el Alto Amazonas habitaba un pueblo de guerreras que tenían un singular arte de la guerra. Estaban, según él, provistas de poderes sobrenaturales y eran capaces de poseer el alma de los hombres, enamorándolos primero, y luego robándoles la sustancia del espíritu en el acto sexual. Dijo también que adornaban su templo con las cabezas de los hombres cuya alma habían previamente comido. Este relato no me aterrorizó demasiado porque lo intuía. Ni qué decir tiene que a Adams la historia no le pareció en absoluto una revelación. Me dijo simplemente que "ya había oído aquella absurda leyenda». En cuanto a los indios, que nos acompañan y que estaban presentes cuando el hechicero nos la relató, afirmaron también conocerla en sus líneas generales y sentir por ella el mismo horror que aquel que la contó: ésa era pues la razón de su primitivo espanto, que sólo se atrevieron a comunicar cuando aquel brujo nos advirtió, o nos amenazó, ante ellos. Sin embargo, no creo que sospechen demasiado claramente aún que nos dirigimos en la misma dirección a la que su espanto apunta, como un arco tendido hacia la imposibilidad, fuente del miedo. Adams fue, pese a no creer en él, quien me tradujo el cuento, y me resulta de gran utilidad. Día 20 de septiembre. Adams ha contraído una horrible enfermedad, que él cree ser una fiebre tropical. No hay posibilidad alguna, de cualquier modo, de encontrar aquí los remedios adecuados para ella, sean lo que sean. Día 25 de septiembre. Adams ha muerto, pese a los esfuerzos que realizó sobre su cuerpo uno de los tantos hechiceros que hemos conocido (él estuvo de acuerdo en que no había otra posibilidad que acudir a ellos, porque retroceder nos hubiera costado demasiado tiempo y hubiera significado también su muerte; de manera que, con su consentimiento, y pese a su enfermedad, proseguimos el viaje). Sin embargo, estoy ya muy cerca de mi destino y, con los pocos conocimientos que aprendí del querido doctor Adams sobre dialectos indígenas, creo que me bastará para continuar. No hay todavía rastro alguno de la mujer. 30 de septiembre. En el Amazonas hay tempestades, exactamente como en el mar. Hoy hemos tenido una, y los indios que me acompañan se han asustado enormemente, porque ya adivinan, o saben cuál es el territorio que estamos atravesando. Dicen que ha sido el castigo por haber violado las fronteras del reino prohibido de las que ellos llaman «Mujeres Inmortales». 2 de octubre. Los indios que me acompañaban acaban de abandonarme, robándome la embarcación. Pero estoy, según creo, ya en el lugar que perseguía, y solo, ¡por fin! Si no se hubieran largado creo que habría acabado con ellos, porque no deseo que nadie sepa el secreto que te protege, adorada Chrisaldt —como supe por aquel hechicero que te llamabas en realidad—, tú a la que persigo porque ya te he encontrado, en el lugar más secreto de mi alma. Tú, a quien amo como no he amado a la vida ni a mi padre, al que sé que mataste de ese modo tan hermoso. Tú, de quien ya sé que el cuerpo no es un cuerpo de mujer, porque es el cuerpo de una diosa. Tú, que no duermes, porque los dioses no duermen. Espero que algún día, después de que mi alma haya pasado por entero a ti, beses en el Templo de UIm los labios de mi calavera vacía, y recuerdes lo que fui, antes de ser Tú. Los restos de mi cuerpo serán entonces un juguete de los dioses, y mi alma será... inmortal, como sólo sabe serlo lo que se olvida de sí mismo —para amar.
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