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de Jean Ray
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Jean Ray |
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En Los veinticinco mejores relatos negros y fantásticos |
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EL MANUSCRITO FRANCÉS «Ahora estoy seguro. »Me señalaron al cochero más antiguo de la ciudad en la taberna Kneipe, donde se bebe la cerveza de octubre más espirituosa y perfumada. »Le invité a beber; luego le ofrecí tabaco azafranado y un daalder de Holanda. Juró que yo era un príncipe. »—Un príncipe, claro que sí —exclamó—. ¿Qué hay más noble que un príncipe?.. ¡Que vengan todos los que me contradigan, y les cruzaré con el cuero de mi látigo! »Le señalé su droschke, amplio como una salita de espera. »—Ahora, lléveme al callejón de Sainte-Bérégonne. »Me miró atónito. Luego, estalló en carcajadas. »—Es usted un tipo gracioso. ¡Oh, sí, muy gracioso! »—¿Por qué? »—Porque es ponerme a prueba. Conozco todas las calles de la ciudad. ¿Qué digo las calles?.. ¡Los adoquines! Y no existe ninguna calle de Sainte-Béré…, ¿qué? »—Bérégonne. Dígame: ¿no está por la parte de la Mohlenstrasse? »—Pues no —dijo con tono terminante—. Eso existe aquí como el Vesubio en San Petersburgo. »Nadie mejor que él conocía la ciudad; nadie sabía sus recovecos mejor que este magnífico bebedor de cerveza. »Un estudiante que, en una mesa vecina, escribía una carta de amor y nos escuchaba, añadió: »—Además, no existe ninguna santa de ese nombre. »Y la mujer del tabernero replicó con cierta rabia: »—No se fabrican nombres de santos como si fueran salchichas judías. »Calmé a todo el mundo con vino y cerveza del año, y una gran alegría anidó en mi corazón. »Ese schutzmann que desde por la mañana hasta por la noche recorre la Mohlenstrasse, tiene una cabeza masiva de dogo inglés; pero se ve que es hombre que conoce su oficio. »—No —dijo lentamente, de regreso de un largo viaje por entre sus pensamientos y sus recuerdos—, eso no existe por aquí, ni en toda la ciudad. »Ahora bien: por encina de su hombro veo el corte amarillo del callejón de Sainte-Bérégonne, entre la destilería Klingbom y una tienda de granos y semillas anónima. »Debo volverme con una velocidad descortés para no mostrar mi dicha. ¿El callejón de Sainte-Bérégonne? ¡Ah, ah! No existe ni para el cochero, ni para el estudiante, ni para el agente de policía local, ni para nadie. »¡Existe solamente para mí! ••• »¿Cómo he hecho este extravagante descubrimiento? »Pues…, por una observación casi científica, como se diría pomposamente en nuestro cuerpo doctoral. »Mi colega Seiffert, que enseña Ciencias Naturales, haciendo estallar en las narices de sus alumnos balones llenos de gases extraños, no encontraría nada que censurar. »Cuando recorro la Mohlenstrasse, debo franquear, para pasar de la tienda de Klingbom a la de los granos y semillas, cierta distancia que recorro en tres pasos, lo cual me lleva un par de segundos. Por el contrario, he observado que las gentes que recorren el mismo camino pasan inmediatamente de la casa del destilador a la del semillero sin que sus siluetas se proyecten sobre el hueco del callejón de Sainte-Bérégonne. »Después, preguntando hábilmente a unos y a otros, he llegado a saber que para todos y en el plano catastral de la ciudad, sólo una pared medianera separa la destilería Klingbom del inmueble del vendedor de granos. »De ello he sacado la conclusión que para todo el mundo, excepto para mí, esta callejuela existe más allá del tiempo y del espacio. »Me divierto mucho al escribir esta frase, con la que mi colega Mitschlaf sazona copiosamente su curso de Filosofía: Más allá del tiempo y del espacio. »¡Ah, ah! Si él supiese tanto como yo sobre este tema… ¡Es un pedante con cara de búfalo! Pero todo lo que él cuenta de esas ciudades de humo son pobres fantasías que no pueden aferrar más que los frágiles sueños de algunos ignorantes. »Hace varios años que yo conozco esta callejuela misteriosa, pero jamás me he aventurado por ella, y creo que personas más valerosas que yo hubieran vacilado en hacerlo. »¿Qué leyes rigen este espacio desconocido? Una vez agarrado por su misterio, ¿me devolverá a mi mundo? »Me he forjado, por último, razones diversas para convencerme de que este mundo era inhospitalario para un ser humano, y mi curiosidad ha capitulado ante el miedo. »Sin embargo, lo poco que yo veía de esta escapada sobre lo incomprensible, ¡era tan trivial, tan ordinario, tan mediocre!.. »Debo confesar que la vista estaba cortada inmediatamente, a diez pasos, por una curva brusca de la callejuela. Por tanto, todo lo que yo podía ver eran dos altas tapias mal encaladas y sobre una de ellas algunos caracteres en carbón: Sankt-Beregonne gasse. Además, un empedrado verdoso y desgastado que faltaba un poco antes de llegar a la curva cerrada, y un suelo informe que dejaba brotar los viburnos. »Este arbusto enclenque me parecía que vivía según nuestras estaciones, porque yo le veía, a veces, con un poco de verdor y algunas bolas de nieve entre sus ramitas. »Hubiera podido hacer curiosas observaciones en cuanto a la yuxtaposición de esta loncha de un cosmos desconocido sobre el nuestro; pero eso me hubiera obligado a estancias más o menos largas en la Mohlenstrasse, y Klingbom, que me veía con frecuencia mirar fijamente a sus ventanas, concibió sospechas injuriosas para su esposa y me lanzaba miradas feroces. »Por otra parte, yo me preguntaba por qué, dentro de la vastedad del mundo, ese extraño privilegio me tocó en suerte a mí solo. »Yo me pregunto, digo… »Y ello me lleva a pensar en mi abuela materna. Aquella mujer, alta y sombría, que hablaba tan poco y que parecía seguir, con sus inmensos ojos verdes, las peripecias de otra vida en la pared que tenía delante. »Su historia era oscura. Mi abuelo, que era marino, la había arrancado, según parece, de manos de los piratas de Argelia. »A veces ella paseaba sus largas manos blancas por encima de mis cabellos, murmurando: »—Él quizá… ¿Por qué no?.. ¿Después de todo..? »Lo repitió la noche en que moría, añadiendo, mientras su mirada moribunda erraba por entre las sombras: »—Él irá quizá… allí donde yo no pude volver… »Aquel día soplaba una terrible tempestad. Cuando mi abuela murió y cuando se encendían los cirios, un inmenso pájaro de tempestad rompió los cristales de la ventana y fue a agonizar, sangrante y amenazador, sobre el lecho de la muerta. »Es la única cosa especial que recuerdo de mi vida; pero eso ¿tiene alguna relación con el callejón de Sainte-Bérégonne? »Fue la rama del viburno quien hizo surgir la aventura. ••• »¿Soy sincero completamente al buscar en aquello este capirotazo inicial que puso en movimiento los mundos y los acontecimientos? »¿Por qué no hablar de Anita? »Hace algunos años, las abras hanseáticas veían llegar aún, saliendo de las brumas como bestias avergonzadas, extraños y pequeños navíos enjarciados al estilo latino: tartanas, sacolevas o speronares. »Inmediatamente una risa colosal conmovía el puerto, llegando hasta las más sórdidas cervecerías; risa, los patronos descargadores rendían a ella sus bebidas, y los marineros de Holanda, de rostros de cuadrantes de reloj, masticaban sus largas pipas de espuma blanca de Gouda. »—¡Ah! —exclamaban—. He aquí los lugares de sueño. »Yo he sentido cada vez mi alma desgarrada ante esos sueños heroicos que venían a morir en la formidable risa germánica. »Se contaba que las tristes tripulaciones de estos navíos vivían en un sueño loco, a lo largo de las costas doradas del Adriático y del mar Tirreno, situando en nuestro cruel Norte, un país hermoso y fantástico, hermano gemelo de la isla Thulé de los antiguos. »No mucho más inteligentes que sus antepasados del año mil, habían conservado como patrimonio las leyendas de las islas de diamantes y de esmeraldas, leyendas nacidas cuando sus padres tropezaban con la vanguardia deslumbrante de un banco de hielo a la deriva. »El poco progreso que habían experimentado sus mentes en el transcurso de los últimos siglos, la brújula marina, la aguja magnética que señalaba siempre con su punta de metal hacia el Norte, fue para ellos una prueba final del misterio del Septentrión. »Un día que el sueño marchaba como un nuevo Mesías sobre el oleaje picado del Mediterráneo; que las redes no habían pescado más que peces envenenados por el coral del fondo; que Lombardía no había enviado trigo ni harina a las miserables tierras del Sur, habían izado las velas al viento de la tierra. »Su flotilla había erizado el mar con sus duras alas; después, una a una, sus barcas se habían hundido en medio de las tempestades del Atlántico. El golfo de Gascuña había destruido lentamente la flotilla para pasar sus restos a los dientes de granito de la extrema Bretaña. Algunos de esos cascos de gruesa madera fueron vendidos a los mercaderes de maderas de Alemania y Dinamarca. Uno de ellos murió en su sueño, matado por un iceberg que se consumía al sol, a la altura de las islas de Lofoten. »Pero el Norte cubrió de flores las tumbas de esos navíos, proporcionándoles un dulce epitafio: «Las lugres del sueño», que si hace reír a los groseros marineros, a mí me emociona y, si pudiera, me embarcaría en ese sueño, el cual, subido a bordo, permanece allí hasta la consumación de los siglos. »Quizá sea también porque Anita es hija de esos navíos. ••• »Vino de allá abajo, muy pequeña, en los brazos de su madre, en una tartana. La barca fue vendida. La madre murió. Sus hermanitas también. El padre, que partió en un velero de las Américas, no volvió más, ni el velero tampoco. Anita se quedó sola; pero su sueño, que condujo la barca a esos muelles de madera mohosa, no le ha abandonado: ella cree en la suerte nórdica, y la quiere ásperamente, yo diría que casi con odio. »En aquel Tempelhof de las lámparas de luces blancas, Anita baila, canta, lanza flores rojas que vuelven a caer como lluvia de sangre sobre ella o se chamuscan a las llamas cortas de los quinqués. A continuación deambula por entre el público, tendiendo, a guisa de platillo, una concha de nácar rosada. En ella le echan dinero, hasta oro, y es entonces únicamente cuando sus ojos sonríen, fijos un segundo, como una caricia, en el hombre generoso. »Yo he echado oro, oro, yo, humilde profesor de gramática francesa en el Gymnasium, por una mirada de Anita. ••• »Notas breves. »He vendido mi Voltaire. A veces leía a mis alumnos fragmentos de su correspondencia con el rey de Prusia. Esto le gustaba al director del colegio. »Debo dos meses de pensión a Frau Holz, mi patrona. Me ha dicho que es muy pobre… »El administrador del Instituto, a quien he pedido un nuevo adelanto sobre mi sueldo, me ha contestado, con apuro, que le era muy difícil concedérmelo, que el reglamento lo prohibía… No le he escuchado más. Mi colega Seiffert se ha negado rotundamente a prestarme algunos táleros. »He dejado un pesado soberano de oro en la concha de nácar. La mirada de Anita me ha quemado durante mucho tiempo el alma. »Luego he oído reír en los bosquecillos de laureles de Tempelhof y he reconocido a dos bedeles del Gymnasium, que huían en la sombra. »Era mi última moneda de oro. Ya no tengo más dinero… »Al pasar por delante de Klingbom, en la Mohlenstrasse, una calesa de Hanover, con cuatro caballos, me ha rozado. »Asustado, he dado un par de saltos dentro del callejón de Sainte-Bérégonne. Mi mano, maquinalmente, ha desgarrado una rama de viburno. »Está sobre mi mesa. »Me abre, de golpe, un mundo inmenso, como la varita de un mago. ••• »Razonemos, como diría Seiffert, el avaro. »Ante todo, mi asustado retroceso en la callejuela de Sainte-Bérégonne y mi inmediato regreso a la Mohlenstrasse demuestran que ese espacio es de tan fácil acceso y salida para mí como cualquiera otra calle de la ciudad. »Sin embargo, la rama es un aporte, digamos… filosófico, inmenso. Ese trozo de árbol es «demasiado» en nuestro mundo. Si en cualquier selva americana cogiese una rama de arbusto y la trajese aquí, no cambiaría con tal acción el número de ramas de árboles que existen en toda la tierra. »Pero, trayendo del callejón de Sainte-Bérégonne esa rama de viburno, aumento ese número en una unidad intrínseca, que todos los crecimientos tropicales no hubieran podido proveer al reino vegetal terrestre, puesto que la he cogido de un plano que, solamente para mí, es de existencia real. »Puedo, pues, gracias a ella importar un objeto al mundo de los hombres, y en él nadie podrá disputarme su propiedad. ¡Ah! Nunca propiedad alguna habrá sido más absoluta, puesto que, no debiendo nada a ninguna industria, el objeto en cuestión aumenta, sin embargo, el patrimonio inmutable de la tierra… »Mi argumentación continúa; corre amplia como un río, que arrastra flotillas de palabras y rodea islotes de llamadas a la filosofía: se abastece de un enorme sistema de afluentes de lógica para llegar a demostrarme a mí mismo que un robo en el callejón de Sainte-Bérégonne no es lo mismo que uno en la Mohlenstrasse. »De acuerdo con ese galimatías, juzgo la causa decidida. »Me bastará con evitar las represalias de los enigmáticos habitantes de la callejuela o del mundo adonde ella conduce. »Creo que en las salas de fiestas de Madrid y de Cádiz, los conquistadores, derrochando el oro de las nuevas Indias, se preocupan muy poco de la ira de los lejanos pueblos expoliados. »Mañana entro en lo Desconocido. ••• »Klingbom me ha hecho perder el tiempo. »Creo que me esperaba en el pequeño vestíbulo cuadrado que se abre sobre su tienda y sobre su despacho a la vez. »A mi paso, cuando apretaba los dientes para sumergirme, con la cabeza agachada, en la aventura, me atrapó por un lado de mi abrigo. »—¡Ah señor profesor! —gimió—. ¡Qué mal le conocía! ¡No era usted! ¡Y yo, que llegué a sospechar, ciego de mí! Ella se ha marchado, señor profesor, y no con usted. ¡Oh, no! Usted es un hombre decente. No, señor, con un inspector de transportes. Un hombre mitad cochero, mitad escribiente. ¡Qué vergüenza para la casa Klingbom! »Me había hecho entrar en una trastienda tenebrosa y me servía aguardiente perfumado con naranja. »—¡Y decir que desconfiaba de usted, señor profesor! Siempre le veía mirando las ventanas de mi mujer; pero ahora sé que es a la esposa del almacenista de semillas a quien usted ronda. »Yo trataba de disimular mi apuro levantando mi copa. »—¡Eh, eh! —exclamó Klingbom, sirviéndome una nueva copa de aguardiente anaranjado—. Me gustaría mucho verle jugar una trastada, señor profesor, a ese malvado de semillero que se complace de mi desgracia. »Con sonrisa de cómplice, añadió: »—Quiero darle una buena noticia: la dama de sus pensamientos se halla en este instante en el jardincillo, haciendo y deshaciendo guirnaldas de papel. Venga a verla. »Me condujo por una escalera de caracol hacia una ventana torva. Vi los cobertizos repletos de la destilería Klingbom humear por entre un juego inextricable de corralillos, jardincillos melancólicos y arroyuelos cenagosos, apenas más largos que un paso. Era en esta perspectiva donde debía sumergirse la callejuela singular. »Pero donde yo hubiera debido verla, desde lo alto de mi observatorio, no se veía más que esta humosa actividad de los edificios Klingbom y el jardín oxidado de parietarias del vecino de las semillas, donde una figura delgada se inclinaba sobre áridos parterres. »Un último trago de aguardiente con naranja me produjo mucho valor y, al abandonar a Klingbom, no di más que algunos pasos para hundirme en el callejón de Sainte-Bérégonne. ••• »Tres puertecillas amarillas en la pared blanca… »Más allá de la curva de la callejuela, los viburnos continuaban poniendo su nota verde y negra entre las losas. Después aparecieron las tres puertecillas amarillas, dándose codo con codo casi, y proporcionando, a lo que hubiera debido ser extraño y terrible, el aspecto pueril de una calle de santurronería flamenca. »Mis pasos resonaban muy claros en el silencio. »Golpeé en la primera puerta. Sólo la vida vana del eco se despertó detrás de ella. »La callejuela se alargaba cincuenta pasos más hacia una nueva curva. »Lo desconocido sólo se descubriría con parsimonia, y la parte de mi descubrimiento de hoy no era más que dos paredes, mal blanqueadas, y esas tres puertas. Pero ¿toda puerta cerrada no es en sí misma un potente misterio? »Golpeé con más fuerza la triple puerta. Los ecos partían con grandes ruidos y trastornaban, con confusos rumores, los silencios agazapados al fondo de prodigiosos pasillos. A veces parecían imitar pasos muy ligeros; pero estas fueron las únicas respuestas del mundo enclaustrado. »Había cerraduras como en todas las puertas que yo acostumbraba ver. La tarde de la antevíspera había tardado una hora en abrir la de mi piso con un alambre retorcido, y ese era un trabajo fácil de realizar. »Mis sienes sudaban un poco. En mi corazón sentía un poco de vergüenza. Saqué del bolsillo la misma ganzúa y la deslicé en la cerradura de la primera puertecilla. »Y como la de mi piso, se abrió con toda facilidad. ••• »Ahora me encuentro, en mi habitación, entre mis libros, con una cinta roja desprendida de un vestido de Anita sobre mi mesa y tres táleros de plata en mi mano crispada. »¡Tres táleros! »Les digo que con mi propia mano he asesinado mi destino más bello. »Ese mundo nuevo sólo se abría para mí. ¿Qué esperaba de mí este universo más misterioso que los que gravitan en el fondo del Infinito? »El misterio me hacía adelantos, me proporcionaba sonrisas, como una muchacha bonita. Y entré como ladrón. »He sido mezquino, vil, absurdo… »He… »Pero ¡tres táleros! »¡Cómo se hace mezquina esta aventura que debía ser prodigiosa! »Tres táleros que el anticuario Gockel me ha entregado a regañadientes por aquel plato cincelado… Tres táleros… Pero es una sonrisa de Anita. »Los he arrojado bruscamente en un cajón. Llamaban a mi puerta. Era Gockel. »¿Era ese el malévolo anticuario que había depositado con desprecio el plato de metal sobre su mostrador repleto de fruslerías carcomidas y rotas? »Ahora sonreía, calificando mi nombre, que él pronunciaba mal, de Herr Doktor y Herr Lehrer. »—Creo —dijo— que le he hecho una gran injusticia, Herr Doktor. Ese plato vale algo más. »Sacó una bolsita de cuero y, de repente, vi brillar la sonrisa amarilla del oro. »—Pudiera ser que usted tuviera objetos de la misma procedencia —continuó. Quiero decir, del mismo estilo. »No se me había escapado el cambio. Bajo la urbanidad del anticuario velaba el espíritu del encubridor. »—La cuestión es —dije— que uno de mis amigos, sabio coleccionista que se halla en situación difícil, por tener que pagar ciertas deudas, desea convertir en dinero algunas piezas de su colección. No quiere darse a conocer. Es sabio y tímido. Ya se considera demasiado desgraciado por tener que desprenderse de los tesoros de sus vitrinas. Deseo evitarle una tristeza más. Le presto, pues, ese servicio. »Gockel movió la cabeza frenéticamente. Pareció embobarse de admiración por mí. »—Así es como yo considero la amistad. ¡Ach, Herr Doktor! Leeré esta noche el De amicitia, de Cicerón, con redoblada alegría. ¿Por qué no tendré yo un amigo como su infortunado sabio tiene en usted? Pero yo quiero contribuir un poco a su hermosa acción, comprando todo lo que su amigo quiera vender y pagándole un buen precio, un bonísimo precio… »La curiosidad me picaba en aquel momento. »—Yo no he mirado muy bien ese plato —dije con altivez—. No era de mi incumbencia y, además, yo no entiendo. ¿Qué clase de trabajo es?.. ¿Bizantino? »—No sabría decirlo con exactitud. Bizantino, sí…, tal vez… Tengo que hacer un estudio detenido de él. Pero —continuó, serenado de golpe—, en todo caso, es algo que buscará el aficionado, el entusiasta. »Y con tono que zanjaba toda veleidad de información, dijo: »—Es lo que nos interesa más a los dos…, y a su amigo también, ni que decir tiene. »Aquella noche, muy tarde, acompañé a Anita por las calles azuladas por la luna hasta el muelle de los holandeses, donde su casa se agazapaba al fondo de un macizo de altos lilos. »Pero debo volver a mi relato, a ese plato, vendido por táleros y oro, que me ha valido por una noche la amistad de la muchacha más bonita del mundo. ••• »La puerta se abrió sobre un largo pasillo de losetas azules. Una vidriera rayada difundía la luz allí y desgarraba las sombras. Mi primera impresión de hallarme en un santuario de flamencos se acentuó sobre todo cuando, al final del vestíbulo, una puerta abierta me introdujo en una amplia cocina abovedada, de muebles rústicos, brillantes de cera y de encáustico. »Ese cuadro era tan tranquilizador que pregunté en voz alta: »—¡Eh! ¿Hay alguien ahí arriba? »Una potente resonancia refunfuñó, pero ninguna presencia llegó a manifestarse. »Debo confesar que en ningún momento me extrañaron ese silencio y esa ausencia de vida, como si me las hubiese esperado. »Más aún: desde que me di cuenta de la existencia del enigmático callejón no pensé ni un solo minuto en que hubiera eventuales habitantes. »Sin embargo, acababa de entrar allí como un ladrón nocturno. »No tomé ninguna precaución para abrir cajones provistos de cubiertos y de mantelerías. Mis pasos retumbaban libremente en las habitaciones contiguas, amuebladas como locutorios de convento; en una magnífica escalera de caoba que… »¡Ah! En esta visita hubo materia de que asombrarse. »¡Esta escalera no conducía a ninguna parte! »Llegaba hasta la pared sin brillo como si, más allá de la barrera de piedra, se prolongase aún. »Todo esto estaba bañado por este fulgor marfileño de los cristales desportillados que formaban el techo. Entreví, o creí entrever, en el enlucido de la pared una forma vagamente repugnante; pero al mirarla con mayor atención, vi que estaba formada de finas resquebrajaduras y que se asemejaba solamente a los monstruos que distinguimos en las nubes y en los encajes de las cortinas. Por lo demás, eso no me turbó, porque, al volver a fijarme en ella por segunda vez, no la vi ya en la red de grietas de la pintura. »Regresé a la cocina, donde, por una ventana con barrotes, vi un patinillo tenebroso, que formaba un pozo entre cuatro tapias inmensas y llenos de musgos. »En un aparador vi un pesado plato que me pareció que tenía algo de valor. Me lo metí debajo del abrigo. »Estaba decepcionado. Me parecía haber robado una moneda de diez céntimos de la hucha de un niño o de la media de lana de una pariente anciana. »Y fui en busca de Gockel, el anticuario. ••• »Las tres casitas son idénticas; en todas ellas encuentro la cocina limpia, los muebles avaros y brillantes, el mismo fulgor irreal y crepuscular, la misma tranquila serenidad y ese muro insensato ante el cual termina la escalera. En todas ellas he encontrado el plato pesado e idénticos candelabros. »Me los he llevado y… »Y al día siguiente me los he vuelto a encontrar en su sitio. »Los llevo a casa de Gockel, quien los paga con una amplia sonrisa. »Es una locura. Me noto un alma monótona de faquir cambista. »Robo eternamente en una misma casa, en las mismas circunstancias, los mismos objetos. Me pregunto si esa no es una primera venganza de este desconocido sin misterio. ¿No es una primera ronda de condenado lo que yo realizo? »¿No será la condenación la repetición sempiterna del pecado por la eternidad de los siglos? »Un día no fui allí. Había resuelto espaciar mis lamentables incursiones. Tenía una reserva de oro. Anita era feliz y me demostraba la más hermosa ternura. »Aquella misma noche Gockel fue a visitarme, preguntándome si no tenía nada que vender. Me ofreció un poco más de dinero todavía, ante mi asombro, y terminó por hacer una mueca cuando le hice partícipe de mi decisión. »—Monsieur Gockel —le dije cuando se iba—, sin duda usted ha encontrado un adquiridor regular de objetos, ¿no? »Se volvió lentamente y me plantó su mirada directamente en los ojos. »—Sí, Herr Doktor. Pero no le diré nada como no me hable usted de… su amigo, el vendedor. »Su voz se hizo grave. »—Tráigame todos los días objetos; dígame cuánto oro quiere por ellos y yo se lo daré sin más regateo. Estamos atados a la misma rueda, Herr Doktor. Tal vez lo pagaremos más tarde; mientras tanto, vivamos la vida tal como la amamos: usted, con su hermosa amiga; yo, con mi fortuna. »Nunca más, ni Gockel ni yo, sacamos a relucir este tema; pero Anita se volvió de pronto muy exigente y el oro del anticuario se escapaba como agua por entre sus manos nerviosas. »Entonces sucedió que cambió, si puedo expresarme de tal forma, la atmósfera de la callejuela. »Oí las melodías. »Por lo menos, me parecía que era una música maravillosa y lejana. Hice una nueva llamada a mi valor, y formé el proyecto de explorar el callejón más allá de la curva y llegar hasta la canción que vibraba en la lejanía. »En el mismo instante que pasaba la tercera puerta y daba un paso en la zona que aún no había recorrido, el corazón se me oprimió de forma dolorosa. No di más que tres o cuatro pasos vacilantes. »Luego me volví. Podía aún ver un trozo del primer ramal de la Beregonnegasse, pero ya cuán mezquino. Me parecía que me alejaba peligrosamente de mi mundo. Sin embargo, en un impulso de temeridad irrazonable, corrí; luego, me arrodillé como un mozuelo que espía por encima de una valla y arriesgué una mirada sobre el ramal desconocido. »La decepción me golpeó inmediatamente como una bofetada. La callejuela continuaba su ruta serpentina, pero la nueva perspectiva no se abría de nuevo más que sobre tres puertecillas, en una pared blanca, y sobre viburnos. »Hubiera vuelto seguramente sobre mis pasos si, en aquel momento, no hubiera pasado el viento de los cánticos, lejana marea de sones desplegados… »Vencí un terror inexplicable para escucharla, para analizarla si era posible. »Me he expresado bien al decir marea: era un ruido nacido en una lejanía considerable, pero enorme, como la del mar. »Mientras lo escuchaba, no distinguía ya esos primeros soplos de armonía que había creído descubrir allí, sino una penosa discordancia, un furioso rumor de quejas y de odios. »¿No han observado ustedes jamás que los primeros efluvios de un olor repugnante son a veces suaves y hasta agradables? Recuerdo que, al salir un día de mi casa, me acogió en la calle un apetecedor olor a carne asada. «He aquí una cocina espléndida y matinal», me dije. »Pero, cien pasos más allá, aquel perfume se convirtió en un olor nauseabundo a tela quemada. En efecto, un almacén de trapos ardía, llenando el ambiente de tizones ardiendo y de pavesas humeantes. Por tanto, tal vez me engañara la apariencia primera del melodioso rumor. »—¿Y si me aventurara más allá del nuevo recodo?— me pregunté. »En el fondo, mi cobarde inercia casi había desaparecido. Franqueé en algunos segundos el espacio que se extendía delante de mí, esta vez con paso tranquilo… para encontrar, por tercera vez, el mismo decorado dejado a mi espalda. »Entonces una especie de amargo furor, en el que zozobraba mi curiosidad rota se apoderó de mi ser. »Tres casas idénticas; luego, otras tres casas idénticas más. »Nada más que al abrir la primera puerta, había forzado el misterio intercalar. »Un valor triste se apoderó de mí, ahora avanzaba por la callejuela y mi decepción aumentaba de forma alucinante. »Una curva, tres puertecitas amarillas, un grupo de viburnos; luego, un nuevo recodo, y reaparecían las tres puertecillas en la pared blanca y la sombra proyectada de los carboncillos. Se desarrollaba aquello como periodos en una serie de cifras. Tras una media hora, pasada en una formidable obsesión, el recorrido de mi marcha se hizo furioso y estrepitoso. »De repente, en el último recodo que contorneé, esta terrible simetría se rompió. »Había, sí, tres puertecillas y viburnos, pero había también un enorme portón de madera gris, seboso y barnizado. Y tuve miedo de esta puerta. »Ahora oía aumentar el rumor en cercanos y amenazadores silbidos. Retrocedí hacia la Mohlenstrasse; los periodos volvieron a desfilar ante mis ojos como cuartetos de quejas: tres puertecillas y viburnos; tres puertecillas y viburnos… »Al fin titilaron las primeras luces del mundo real. Pero el rumor me había perseguido hasta las lindes de la Mohlenstrasse. Allí, se cortó de golpe, adaptándose a los alegres ruidos de la noche de la calle populosa, de forma que el misterioso y terrible silbido terminó en un lozano vuelo de voces infantiles cantando una ronda. ••• »Un terror innominado invade la ciudad. »No hablaría de él en estas breves memorias, que no interesan más que a mí mismo, si no hubiese encontrado una ligazón misteriosa entre la callejuela tenebrosa y los crímenes que cada noche ensangrientan la ciudad. »Más de cien personas han desaparecido de manera brutal. Otras ciento han sido asesinadas salvajemente. »Ahora bien: dibujando sobre el plano de la ciudad la línea sinuosa que debe representar la Beregonnegasse, callejón incomprensible que cabalga sobre nuestro mundo terrestre, compruebo con pavor que todos esos crímenes se han cometido a lo largo de ese trazado. »Así, pues, el desgraciado Klingbom fue uno de los primeros en desaparecer. Al decir de su dependiente, se desvaneció como el humo en el momento de entrar en la cámara de los alambiques. La mujer del dueño de la tienda de granos y semillas le siguió, arrebatada de su jardincillo. Su marido fue encontrado con el cráneo destrozado en su secador. »Al mismo tiempo que sigo con mi pluma la línea fatídica, mi idea se transforma en certeza. No puedo explicar la desaparición de las víctimas más que considerando su paso sobre un plano desconocido; en cuanto a los crímenes, son golpes fáciles para seres invisibles. »En una casa de la calle de la Vieille Bourse, han desaparecido todos los inquilinos. En la calle de la Iglesia se han encontrado dos, tres, cuatro, hasta seis cadáveres. En la calle de la Poste, hubo cinco desapariciones y cuatro muertos, y esto continúa, limitándose, diríase, a la Deichstrasse, donde de nuevo se asesina y se rapta. »Ahora me doy perfecta cuenta de que hablar de ello sería abrirme a mí mismo la puerta del Kirchhaùs, sombrío asilo de locos, tumba que no conoce de Lázaros, o bien dar libre juego a una masa supersticiosa y bastante desesperada para despedazarme por brujo. »Y, sin embargo, después de mi cotidiano y rápido botín, se alza dentro de mí una rabia que me empuja a vagos proyectos de venganza. »Gockel —me digo— sabe mucho más que yo. Voy a ponerle al tanto de lo que sé, y eso le obligará a hacerme confidencias. »Pero aquella noche, mientras el anticuario vaciaba su pesada bolsa en mis manos, no dije nada, y Gockel se marchó como de costumbre despidiéndose con palabras corteses, desprovistas de toda alusión al extraño negocio que nos ha atado a la misma cadena. »No obstante, me parece que los acontecimientos van a precipitarse, a lanzarse como un torrente a través de mi vida demasiado tranquila. »Me doy cuenta, cada vez más, de que la Berengonnegasse y sus casitas no son más que un disfraz, detrás del cual se oculta yo no sé qué horrible cara. »Hasta hoy, y sin duda para mi buena suerte, sólo he ido allí en pleno día; porque, para decir verdad, y sin saber demasiado por qué, he temido las noches y la oscuridad de allí. »Pero hoy me he retrasado separando los muebles y revolviendo y quitando los cajones, en mi afán obstinado de descubrir algo nuevo. Y lo «nuevo» procede de ello mismo, bajo la forma de un ruido sordo, como de pesadas puertas rodando sobre patines. Alcé la cabeza y vi que la claridad opalina se había transformado en una media luz cenicienta. Las vidrieras de la caja de la escalera estaban lívidas; los corralillos, invadidos ya por la sombra. »Sentí opresión en el corazón; pero como el ruido se repetía, reforzado por la potente resonancia del lugar, mi curiosidad fue más fuerte que mi miedo y subí la escalera para ver de dónde procedía el ruido. »Cada vez estaba más oscuro; pero, antes de saltar como un loco a la parte baja de la escalera y huir, pude ver… »¡Que ya no había pared! »La escalera terminaba en un pozo excavado en la oscuridad y de donde subían oleadas de monstruosidades. »Alcancé la puerta. A mi espalda, algo fue derribado con furor. »La Mohlenstrasse brillaba ante mí como un abra. Eché a correr. De pronto, me agarraron con fuerza salvaje. »—¡Oiga! ¿Es que cae de la luna? »Estaba sentado en el suelo de la Mohlenstrasse, frente a un marinero que se frotaba la cabeza dolorida y que me miraba estupefacto. »Mi abrigo estaba destrozado, mi cuello sangraba; no perdí el tiempo en disculparme, sino que me marché inmediatamente, ante la suprema indignación del marinero, que gritaba que, después de haberle atropellado tan brutalmente, ni siquiera le ofrecía un trago. ••• »¡Anita se ha marchado! ¡Anita ha desaparecido! »Mi corazón está desgarrado. Sollozando, he hundido la cara en mi oro inútil. »Sin embargo, el muelle de los holandeses está muy lejos de la zona peligrosa. ¡Dios mío! ¡He fracasado estrepitosamente por exceso de cariño y de prudencia! »¿No mostré un día, sin hablar de la callejuela, el trazado a mi amiga, diciéndole que todo el peligro parecía concentrado en ese recorrido sinuoso? »Los ojos de Anita brillaron de forma extraña en ese momento. »Hubiera debido recordar que el inmenso espíritu aventurero que animó a sus antepasados vivía latente en ella. »Quizá en ese mismo instante, por intuición femenina, relacionase mi repentina fortuna con esta topografía criminal… ¡Oh, cómo se derrumba mi vida! »Nuevos asesinatos, nuevos eclipses de personas… »¡Y mi Anita ha sido arrastrada por el torbellino sangriento e inexplicable! »El caso de Hans Mendell me inspira una idea descabellada: esos seres vaporosos, como él los describe, acaso no sean invulnerables. »Hans Mendell no era hombre distinguido; no obstante, es preciso creerle bajo palabra. Era un muchacho malvado que realizaba el oficio de batelero y de matón. »Cuando lo encontraron, tenía en los bolsillos las carteras y los relojes de dos desgraciados cuyos cadáveres ensangrentaban el suelo a algunos pasos de él. »Se hubiera podido creer en la completa culpabilidad de Mendell si no se le hubiese encontrado, a él también, agonizante, con los brazos arrancados del tronco. »Como era hombre de constitución vigorosa, pudo vivir lo suficiente para responder a las preguntas de los jueces y de los curas. »Confesó que, desde hacía algunos días, seguía a una sombra, a una especie de nebulosidad negra, que mataba a las personas que después él, Mendell, desvalijaba. »El día de su desgracia vio, a los rayos de la luna, a la nubosidad negra esperando, inmóvil en el centro de la calle de la Poste. Mendell se ocultó en la garita de un funcionario ausente y la observó. Vio otras formas vaporosas, sombrías y torpes, que saltaban como pelotas, desapareciendo después. »Pronto oyó voces y vio a dos jóvenes que subían por la calle. Ya no vio la nubosidad; pero, de pronto, observó que los dos jóvenes caían de espaldas y quedaban inmóviles en el suelo. »Mendell añadió que ya había observado, en siete ocasiones diferentes, la misma maniobra en esos crímenes nocturnos. »Y esperaba, cada vez, que se alejara la sombra para despojar los cadáveres. »Eso demuestra en este hombre una sangre fría formidable, digna de mejor empleo. »Cuando desvalijaba los dos cuerpos, vio con espanto que la nubosidad no se había marchado, sino que se había elevado solamente, interponiéndose entre la luna y él. »Vio, entonces, que tenía forma humana, pero muy basta. »Hubiera querido alcanzar de nuevo la garita, pero no le dio tiempo; la forma cayó sobre él. »Como Mendell era hombre de una fuerza atroz, le asestó, según él, un golpe terrible, encontrando una ligera resistencia, como si empujase con la mano una potente bocanada de aire. »Fue todo lo que pudo contar. Por lo demás, su horrible herida no le concedió más que una hora de vida después de su relato. »La idea de vengar a Anita estaba anclada ahora en mi cerebro. Dije a Gockel con toda sencillez: »—No vuelva más por aquí. Necesito venganza y odio, y su oro ya no me sirve para nada. »Me miró con ese aspecto grave que tan bien le conocía. »—Gockel —repetí—, voy a vengarme. »De pronto, su cara se iluminó, como provista de enorme alegría, y dijo: »—¿Cree usted..? ¿Cree usted, Herr Doktor, que «ellos»desaparecerán? »Entonces, bruscamente, le di la orden de que mandara a cargar una carreta con leños, bidones de petróleo y de alcohol y un barril de pólvora, y lo abandonara, sin conductor ni vigilante, en la Mohlenstrasse, a primeras horas de la mañana. Se inclinó como un criado y, al marcharse, me dijo por dos veces: »—¡Que el Señor le asista! ¡Que el Señor venga en su ayuda! ••• »Tengo la impresión de que estas serán las últimas líneas que escribo en este diario. »Los leños están apilados contra la gran puerta. Brillan de petróleo y de alcohol. Regueros de pólvora unen las puertecitas próximas con otros leños empapados de petróleo. Los huecos de las paredes están llenos de cargas de pólvora. »El silbido misterioso pasa una y otra vez en ondas continuas alrededor de mí; hoy distingo en él lamentos abominables, quejas humanas, ecos de atroces suplicios de la carne. Pero una alegría tumultuosa agita mi ser porque siento alrededor de mí una alocada inquietud que proviene de ellos. »Ellos ven mis terribles preparativos y no pueden impedirlos; porque sólo la noche, lo he comprendido perfectamente, liberta su espantosa potencia. »Pausadamente enciendo mi mechero. »Pasa un gemido, y los viburnos se estremecen, como si una fuerte brisa repentina los agitara. »Una larga llama azulada surge… Los leños se ponen a rechinar, un poco de pólvora arde… »Galopo por la callejuela sinuosa, de recodo en recodo, con un poco de vértigo en el cerebro, como si bajase demasiado rápidamente una escalera de caracol que descendiera profundamente bajo tierra. ••• »La Deichstrasse y todo el barrio está en llamas. »Desde mi ventana, por encima de los tejados, veo dorarse el cielo. »El tiempo es seco. Al parecer, no hay agua. Por encima de la calle viaja, muy alta, la banda roja de las llamas de los tizones ardiendo. »Hace ya un día y una noche que todo arde, pero el fuego se halla todavía lejos de la Mohlenstrasse. »El callejón está allí, tranquilo, con sus viburnos que tiemblan. Las detonaciones se oyen a lo lejos. »Una nueva carreta está allí, abandonada por Gockel. »No hay un alma: todo el mundo ha sido atraído por el espectáculo formidable del fuego. No se le espera aquí. »Avanzo de recodo en recodo, sembrando los leños, los bidones de petróleo y de alcohol, la oscura escarcha de la pólvora. »Y, de repente, en un recodo franqueado por primera vez, me paro petrificado. Tres casitas, las eternas tres casitas, arden tranquilamente con hermosas llamas amarillas en el ambiente apacible. Diríase que el mismo fuego respeta su serenidad, porque cumple su misión sin ruido y sin salvajismo. Comprendo que estoy en la linde roja del siniestro que destruye la ciudad. »Retrocedo, con el alma angustiada, ante este misterio que va a morir. »La Mohlenstrasse está muy cerca. Me paro ante la primera de esas puertecitas, la que abrí temblando hace algunas semanas. Aquí encenderé el nuevo brasero. »Recorro por última vez la cocina, los severos locutorios, la escalera que se hunde de nuevo en la pared, y siento ahora que todo esto se me ha hecho familiar, casi querido. »—¿Qué es aquello? »Sobre el plato, que tantas veces he robado para volverlo a encontrar al día siguiente, hay hojas cubiertas de escritura. »Una escritura elegante de mujer. »Me apodero del paquete. Este será mi último robo en la callejuela tenebrosa. »¡Los Stryges! ¡Los Stryges! ¡Los Stryges!..» ••• Así termina el manuscrito francés. Las últimas palabras, donde se evocan los impuros espíritus de la noche, están trazadas a través de las páginas en caracteres encontrados, que claman la desesperación y el terror. Así deben escribir los que, en un barco que se hunde, quieren confiar un último adiós a una familia que esperan los sobrevivirá. ••• Esto fue el año pasado en Hamburgo. Sankt-Pauli y sus Zillerthal y su alucinante Peterstrasse, Altona y sus boîtes no me habían producido, la víspera y la antevíspera, más que un ligero placer. Anduve por la antigua ciudad que olía mucho a cerveza fresca y que yo llevaba en mi corazón, porque me recordaba las ciudades de mi juventud, que tanto había amado. Y allí, en una calle sonora y vacía, vi el nombre del anticuario «Lockmann Gockel». Compré una antigua pipa bávara de truculentos adornos. El comerciante se mostró amable. Le pregunté si el apellido Archipêtre le decía algo. El anticuario tenía un rostro de tierra gris que, por las noches, se hacía tan blanco que surgía de la sombra como si una llama interna lo hubiese iluminado. —¿Ar-chi-pê-tre? —preguntó—. ¡Oh señor! ¿Qué dice usted? ¿Qué sabe usted? No tenía razón alguna para hacer un misterio de este relato, encontrado entre viento y papeles rotos. Se lo conté. El hombre encendió un mechero de gas de un modelo arcaico, cuya llama danzó y silbó tontamente. Vi sus ojos cansados. —Era mi abuelo— me respondió cuando hablé del anticuario Gockel. Acabé mi relato y un suspiro profundo se elevó de un rincón oscuro. —Es mi hermana— dijo. Saludé a una persona aún joven, bonita, pero muy pálida, que, inmóvil entre las sombras más grotescas, me había estado escuchando. —Casi todas las noches —continuó él con voz angustiada—, nuestro abuelo hablaba de eso a nuestro padre, y este se entretenía con nosotros relatándonos ese tema fatal. Ahora que mi padre ha muerto, nosotros hablamos de ello también. —Pero —dije nervioso— gracias a usted vamos a poder hacer averiguaciones referentes a la misteriosa callejuela, ¿no es así? Lentamente, el anticuario alzó la mano. —Alphonse Archipêtre fue profesor de francés en el Gymnasium hasta el año mil ochocientos cuarenta y dos. —¡Oh! —exclamé decepcionado—. ¡Qué lejos está eso! —El año del gran incendio que estuvo a punto de destruir Hamburgo. La Mohlenstrasse y el inmenso barrio comprendido entre ella y la Deichstrasse no era más que un brasero. —¿Y Archipêtre? —Vivía bastante lejos de allí, hacia Bleichen. El fuego no alcanzó su calle; pero a la mitad de la segunda noche, la del seis de mayo, una noche terrible, seca y sin agua, su casa ardió, ella sola, entre las otras que, por milagro, fueron respetadas. Murió entre las llamas. Por lo menos, no se le volvió a encontrar. —El relato…— dije. Lockmann Gockel no me dejó acabar. Estaba tan contento de encontrar un derivado que se apropió golosamente del tema apenas enunciado; afortunadamente, contó casi lo que yo quería saber. —El relato ha constreñido, en todo esto, el tiempo, como el espacio se ha constreñido sobre este lugar fatídico de la Beregonnegasse. Así, pues, en los archivos de Hamburgo se habla de atrocidades que se cometieron durante el incendio por una banda de malhechores misteriosos. Crímenes inauditos, pillajes, tumultos, rojas alucinaciones de las masas, todo eso es completamente exacto. Ahora bien: esas perturbaciones tuvieron lugar varios días antes del siniestro. ¿Se da usted cuenta de la figura que yo acabo de emplear sobre la contracción del tiempo y del espacio? Su rostro se serenó un poco. —La ciencia moderna, ¿no está acorralada a la debilidad euclidiana por la teoría de ese admirable Einstein que el mundo entero nos envía? ¿Y no debe admitir, con horror y desesperación, esta ley fantástica de contracción expuesta por Fitzgerald-Lorentz? ¡La contracción, señor! ¡Ah, esa palabra encierra muchas cosas! La conversación parecía derivar por una travesía insidiosa. Sin ruido, la joven trajo altas copas de cristal llenas de vino amarillo. El anticuario levantó la suya hacia la llama, y colores maravillosos se extendieron, como un río silencioso de gemas, sobre su mano delgada. Dejó a un lado su disertación científica y volvió al relato del incendio. —Mi abuelo y las gentes de su época contaron que inmensas llamas verdes salían de los escombros hasta el cielo. Los alucinados vieron entre ellas rostros de mujeres de una ferocidad indescriptible… El vino tenía un alma. Vacié la copa y sonreí a las palabras aterrorizadas del hombre. —Esas mismas llamas verdes salieron de la casa de Archipêtre y rugieron tan horriblemente que, según dicen, la gente moría de terror en la calle. —Monsieur Gockel —pregunté—, ¿su abuelo no habló jamás del misterioso comprador que, cada noche, venía a adquirir los mismos platos y los mismos candelabros? Una voz cansada respondió por él, con palabras casi idénticas a las que daban fin al manuscrito alemán: —Una anciana alta, una vieja inmensa, con ojos de pulpo en una cara inaudita. Daba bolsas de oro tan pesadas que nuestro abuelo tenía que dividirlas en cuatro partes para poder llevar su contenido a la caja de caudales. La joven continuó: —Cuando el profesor Archipêtre vino a nuestra tienda, la casa Lockmann-Gockel estaba al borde de la ruina. A partir de ese momento, prosperó y se enriqueció. Aún lo somos, muy ricos, enormemente ricos, gracias al oro de…, ¡oh, sí!.., de esos seres de la noche. —Ya no existen— murmuró su hermano, volviendo a llenar las copas. —¡No digas eso! Ellos no pueden habernos olvidado. Piensa en nuestras noches, nuestras noches espantosas entre todas. Todo lo que yo puedo esperar ahora es que haya, o que haya habido al lado de ellos, una presencia humana a la que quieran y que interceda por nosotros. Sus hermosos ojos se abrían desmesuradamente sobre el pozo negro de sus pensamientos. —¡Kathie, Kathie! —exclamó el anticuario—. ¿Es que has visto de nuevo..? —Todas las noches están allí «las cosas», tú lo sabes perfectamente —dijo la muchacha en voz tan baja que parecía un susurro doloroso—. Se apoderan de nuestros pensamientos en cuanto el sueño nos vence. ¡Oh! ¡No dormir más!.. —¡No dormir más!— repitió su hermano, como un eco de terror. —Surgen de su oro, que nosotros guardamos, y que, a pesar de todo, tanto amamos; se alzan de todo cuanto hemos adquirido con esa fortuna infernal… Volverán siempre, mientras nosotros duremos y dure esta tierra de desgracia. |