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2. Mastica, sopla y explota
Debería existir un medidor para saber cuántas horas-saliva hemos dedicado a rumiar con ayuda de un chicle. De los chicles masticados, algunos son historia: está el que nos acompañó a la cama porque olvidamos, o no quisimos, escupirlo y terminó pegado en nuestra cabellera. O el que alguien arrojó a la acera, bajo los rayos del sol, con la consistencia idónea para pegarse en la suela de nuestro zapato o en la tela de nuestra ropa. O la bola inmensa que nos provocó dolor de quijada pero nos hizo ganar aquel concurso de bombas. Algunos chicles terminan en el basurero pero otros construyen auténticos cementerios bajo los pupitres, las mesas y las sillas. Hay tantas anécdotas como formas y colores en esta golosina. Bajo envolturas clásicas o de diseños sicodélicos los encontramos en forma de láminas, esferas o cubos. En ellos se usan todos los tonos del arco iris, y pueden tener relleno o estar confitados. En paquete o en máquina expendedora los hay picantes, ácidos o afrutados. El chicle, en su sencillez, se ha convertido en icono o cliché de actitudes y personajes. Ha superado su estigma de caries, pues existen los chicles libres de azúcar. Ayudan a tener buen aliento, a mejorar la salivación y hasta como vehículo para abandonar el vicio de fumador.
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