Breve crónica del chile

(1)-(2)-3

  2. Albur, letras y ritual

 

Opera 7 screen capture {float: left; margin-right: 0.5em}Lejos de la cocina, el chile es protagonista en el albur: el juego de palabras, señales o imágenes de doble sentido. No es necesario estar inmerso en una cultura donde la picardía manda para imaginar qué papel le toca al chile y cuál es su connotación sexual. © Imagen: Felipe Huerta.
El chile y sus vistosos colores que van desde el verde, el amarillo, el anaranjado y el rojs en multitud de gamas adornan ofrendas, altares y santos en iglesias y cementerios. Son empleados para hacer amuletos contra el mal de ojo, para sahumar las casas embrujadas o hacer limpias a quien lo necesita. Y en otros casos se convierte en símbolo de una picante alegoría.

 

En el reino del siempre jamás.
La Princesa, agotada, era todavía consciente de su transformación; una transformación veloz, aunque la sabía no permanente. El argumento eterno del Rey, que usualmente abrigaba con entusiasmo, le pareció falaz, carente de sentido: “les perdono el daño que me hacen, por lo bien que me saben”. La Princesa y el Rey, que en su momento yacían adormilados y mareados, plenos frente a la mesa, ahora sufrían las consecuencias de la indulgencia. De Árbol y Serranos, traicioneros; nada como la algarabía sin consecuencias del Manzano. O de plano la revolución silenciosa Habanera. De Árbol y Serranos, las entrañas al rojo vivo. En el pequeño reino envuelto en vapores pesados y un miasma de gaseosos caldos putrefactos, la Princesa Plumita y el Rey Cara de Pun estaban solos, arrepentidos... como tantas otras veces. © Luis Fernando Guadarrama


En ciertos grupos otomíes se venera al espíritu del chile que se recorta en papel amate: la figura es bendecida por el chamán y colgada en el altar casero como augurio de una buena cosecha. El chile puede ser condimento para la imaginación que llega a materializarse en las leyendas:

El Chile o Las Lenguas de Fuego de Kukuantú

Cuando todo era nada, la nada era el principio. Y es que cuando el hombre no sabía como explicar las cosas que le sucedían y todo aquello que lo rodeaba, simplemente se limitaba a vivir; a ese tiempo sin memoria el universo entero lo llamó: la nada. Y fue un enorme hoyo negro plagado de leyendas.
Una de ellas relata que la tierra entera era atravesada desde su corteza hasta lo más profundo de su corazón por pequeñas lenguas de fuego, rojas y ardientes como nunca más se han visto.
En el centro del planeta habitaba un pueblo llamado Kukuantú, que en su lengua significaba: los que se protegen del fuego; tal era su eterna y desdichada historia de lucha contra estas pequeñas llamaradas que los invadían sin respiro.
Cuentan los sabios de épocas posteriores que una mañana cansados de su vida de reconstruir murallas que vez tras vez eran cercenadas por su voraz enemigo, decidieron de común acuerdo ceder.
Fue entonces cuando una gran explosión sacudió al planeta, que ya no volvió a ser el mismo.
Incontables lenguas de fuego invirtieron entonces su ataque y fueron disparadas desde la explosión en el centro del corazón de Kukuantú hacia la superficie.
Una vez alcanzado el aire emergieron cual frutos de un arbusto desconocido. En algunos pueblos los nativos se acercaron con recelo y tocaron su suave piel y notaron que era buena a sus manos, aunque no pasó mucho tiempo para que descubrieran su fuego abrasador al usar esas mismas manos para frotar sus ojos o sus labios. Otros simplemente desearon reconocer su aroma y fueron presa del mismo mal en sus narices vírgenes al fruto de la llama antigua.
Después de muchos años y de cientos de frustrados intentos de conquista, el hombre logró dominar a tan extraño enemigo; y lo hizo usando la más vieja forma de dominio que el universo conoce: devorándolo.
Empero, nadie en el mundo entero niega la venganza de las lenguas de fuego de Kukuantú; en el momento póstumo, en su último segundo de vida, recuerdan el poder ancestral que las arrojó desde el corazón de la tierra y arden en la boca de los hombres haciéndolos llorar como pobres verdugos arrepentidos. © Marcela Fumale

 

leer Breve crónica del chicle