Breve crónica del tabaco

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Textos ganadores
de la convocatoria de minificciones:

 

 

Primer lugar
Alain Briseño

Al verse sorprendida robando el tabaco de su patrón, la cocinera dejó caer el botín sobre los charales que tenía pulverizados sobre la mesa, principal ingrediente de un extraño guiso. Apresuradamente guardó en una bolsita el revoltijo resultante y así lo entregó al señor de la casa, quien, miope y distraído como era, no reparo en el contenido. Aquel tabaco polvoriento era sencillamente delicioso. Desde entonces, la principal responsabilidad de la cocinera era conseguir el producto, y como no se atrevía a hacerse responsable también de la adicción de su patrón a fumar pescaditos, siguió preparando la mezcla a hurtadillas. Algún tiempo después, una enrarecida especie de tortugas acabó con la población de charales, volviendo imposible el conseguirlos. Tras un par de semanas de abstinencia el patrón se volvió un hombre cruel y violento, aficionado a atormentar a la cocinera, responsable ante sus ojos por aquella desgracia. Cada día pasaba mas tiempo encerrado, flotando en su tina, sin hablar con nadie como no fuera para proferir espeluznantes maldiciones. Al cabo de dos silenciosos meses varios peones se aventuraron a penetrar en el baño. La habitación estaba desierta, y en la tina llena de agua amarillenta nadaba ansiosamente un pequeño pececillo.


Segundo lugar
Planeta nicotina
Manuel Llanes


Allá en mi planeta, a la vuelta de la esquina, donde abunda la niebla, los astronautas no son como los tuyos, con escafandras y tanques de oxígeno, para bucear en lo alto. Nosotros respiramos diferente y nuestra tecnología nos favorece: bajamos a los planetas con enormes cigarros, para tener a la mano el humo que nos da la vida y llevar el vicio a todo el universo.


Tercer lugar
Humo
Cástulo Aceves Orozco


Es el cuarto cigarrillo. Da una última calada. Exhala. Lo arroja contra
el piso metalico y saca uno más de la cajetilla. De algo hemos de morir,
suele decir cuando alguién le amonesta acerca de cuanto fuma. Si algo me ha de matar, agrega poco después, ojala sea el cigarro. De pie, recargado contra el muro de acero, el fumador hace volutas sin forma. El humo empieza a llenar el poco espacio dentro de la caja metalica. Saca un sexto cigarrillo.
Afuera, el barco ha llegado a las coordenadas, sus ejecutores se
disponen a arrojar la caja fuerte al mar. Miéntras tenga oxígeno habrá llama, dice él al tiempo que la que sera su ferétro se hunde. Prende un séptimo cigarro.

 

 
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