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Rosita y su almohada
—¡Toma, antipática; toma, gordinflona, que no das más que calor! Después de esto, empezó a mover furiosa las piernas, tiró la frazada al suelo y gritó: —¡Fuera de aquí, pesada, que no haces más que molestarme! Entonces, se levantó la niña de la cama, dio una patada en el suelo y dijo molesta: —¡Estoy harta de ti, cama! ¡Siempre dormir y dormir! ¡Qué aburrimiento! Rápidamente se puso las chancleticas y, despacio y con cuidado, salió de la habitación. Una vez frente a la puerta de la calle, comprobó que ésta no estaba cerrada con llave. Por unos instantes, Rosita se quedó parada y después, sigilosamente, abrió la puerta y salió al jardín. —¡Qué bien se está sin dormir! ¡Qué bien se está sin dormir! —repetía contenta.
—¡Jau, jau! ¿Quién va? —Soy yo, Rosita. —¿Y por qué no duermes? Ya es tarde… —Es que mi cama es dura, incómoda… Me he peleado con ella. Por eso no voy adormir. —Bien hecho —dijo Puchita—. No hay nada más molesto que dormir en una cama dura. Sin embargo, mi cama es muy buena. Te acuestas sobre la paja y… a dormir. ¡Se tienen unos sueños maravillosos! ¡Anda, prueba, entra en mi casa!. —¡Qué interesante! —exclamó Rosita con alegría.
—Gracias, Puchita, tu cama es buena pero casi no quepo en ella. —iQué caprichosa eres, niña! —le dijo ofendida la perrita, y dándole la espalda volvió a entrar en su caseta, mientras Rosita corría hacia el gallinero para ver si la gallinita Pinta había puesto un huevo. En cuanto Rosita se asomó por la puerta del gallinero, el gallo Retador se paró alarmado: —¿Qué buscas, tú, aquí? —preguntó severo.
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