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Llegó el oficial a la alda en que vivía Emelia, entró en la casa y dijo:
Emelia respondió desde lo alto del horno: —¿Qué quieres de mí? —Ponte en seguida el abrigo, que tengo que llevarte a presencia del zar. —No tengo ganas de ir. El oficial montó en cólera y propinó a Emelia una bofetada. Emelia dijo para su capote: —Porque así lo manda l sollo y así lo quiero yo, mídele las costillas, estaca. La estaca se puso a golpear al oficial, que escapó de allí más muerto que vivo. El zar se asombró de que el oficial no hubiera podido con Emelia y envió a casa del tonto a su más alto dignatario, a quien dijo: —Trae a palacio al tonto de Emelia o despídete de tu cabeza. El dignatario compró pasas, ciruelas secas y rosquillas y se dirigió a la aldea. Una vez allí entró en casa de Emelia y preguntó a las cuñadas qué era lo que más le gustaba al tonto. —Si se le trata con cariño y se le promete un caftán rojo, hace todo lo que se le pide —respondieron las mujeres. El dignatario agasajó a Emelia con pasas, ciruelas secas y rosquillas y le dijo: —¿Qué haces tumbado en el horno, Emelia? Vamos a ver al zar. —Me encuentro muy a gusto aquí… —Escucha, Emelia, en palacio te tratarán a cuerpo de rey, comerás y beberás lo que quieras. ¡Ea, vamos!… —No tengo ganas de ir. —Emelia, el zar te regalará un caftán rojo, un gorro y unas botas nuevas. Emelia lo pensó y dijo: —Está bien; ve, que ya te daré alcance. El dignatario se marchó, y Emelia siguió tumbado y al cabo de un rato dijo: —Porque así lo manda el sollo y así lo quiero yo, vamos, horno, a ver al zar. Los ángulos de la isba crujieron, el tejado osciló, una de las paredes se vino abajo, y el horno corrió por la calle en dirección al palacio del zar.
—¿Qué prodigio es este? exclamó. El dignatario le dijo: —Es Emelia, que viene a verte montado en su horno. El zar salió a la puerta de palacio y dijo al tonto: —Tengo muchas quejas de ti, Emelia. Has atropellado a un montón de gente. —¿Por qué no se apartaron al ver el trineo? En aquellos instantes, la princesa María, la hija del zar, estaba mirando por la ventana. Emelia la vio y dijo para su capote: —Porque así lo manda el sollo y así lo quiero yo, que se enamore de mí la hija del zar… Luego, añadió: —¡Ea, horno, vámonos a casa! El horno dio la vuelta, corrió a la casa, se metió en ella y se detuvo donde estaba antes. Emelia seguía tumbado en lo alto. Mientras, en palacio todo eran gritos y lágrimas. La princesita María echaba de menos a Emelia, no podía vivir sin él y pedía a su padre que la casara con el tonto. El zar, entristecido, dijo a su dignatario: —Si no traes a Emelia vivo o muerto, puedes despedirte de tu cabeza. Compró el dignatario vinos dulces y delicados manjares y se fue en busca de Emelia. Entró en la isba y se puso a agasajar al tonto. Emelia bebió y comió por tres, pero el vino se le subió a la cabeza, y se tendió en el horno. El dignatario aprovechó la ocasión, lo llevó a su carreta y se dirigió con él a palacio. El zar ordenó inmediatamente que le trajeran un barril con aros de hierro. Metieron en él a Emelia y la princesita María, lo calafatearon y lo arrojaron al mar. Al cabo de un tiempo, Emelia se despertó y vio que lo rodeaba una oscuridad impenetrable. —¿Dónde estoy? —preguntó. Le respondió una voz: —¡Qué desesperación, Emelia! Nos metieron en un barril y nos arrojaron al mar azul. —¿Quién eres? —inquirió el tonto. —Soy la princesita María —dijo la voz. Emelia musitó: —Porque así lo manda el sollo y así lo quiero yo, sacad el barril a la seca orilla, a la arena amarilla, vientos desatados. Soplaron con fuerza los vientos. El mar se agitó y arrojó el barril a la seca orilla, a la arena amarilla. Emelia y la princesita María salieron de su prisión. —¿Dónde vamos a vivir, Emelia? —dijo la princesita—. Haz una choza, por mala que sea. —No tengo ganas. Como la princesita insistiera, Emelia dijo: —Porque así lo manda el sollo y así lo quiero yo, que aparezca un palacio de piedra con el tejado de oro. Apenas Emelia hubo dicho estas palabras, cuando apareció un palacio de piedra con tejado de oro. En torno se extendía un verde jardín esmaltado de flores, en el que cantaban armoniosos los pajaritos. La princesita María y Emelia entraron en el palacio y se sentaron a la ventana. —Emelia —dijo la princesita—, ¿no puedes convertirte en un apuesto galán? Emelia, sin pensarlo más, musitó: —Porque así lo manda el sollo y porque así lo quiero yo, seré de hoy en adelante un apuesto galán. Emelia adquirió al instante un aspecto tan arrogante y apuesto, que ni en los cuentos podía encontrarse un mozo tan agraciado. Quiso el azar que saliera de caza el monarca y viera aquel palacio donde antes no había edificio alguno. —¿Quién ha osado construir un palacio en mis tierras sin pedirme permiso? —exclamó indignado el zar, y envió a sus criados a enterarse de quién vivía allí. Los criados llegaron al pie de la ventana y preguntaron. Emelia respondió: —Decidle al zar que venga a visitarme y yo mismo se lo diré.
—¿Quién eres, galán? —Te acuerdas del tonto Emelia, que fue a verte montado en su horno y lo hiciste meter, junto con tu hija, en un barril que arrojaron al mar. Pues yo soy ese mismo Emelia. Si me viene en gana, puedo incendiar tu reino y arrasarlo. El zar se llevó un susto de muerte e imploró perdón, diciendo: —¡Cásate con mi hija, Emelia, y toma mi reino, pero no me mates! En fin, dieron un festín fabuloso, y Emelia se casó con la princesita y se puso a gobernar el reino. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
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